X-Men 3: La Batalla Final (X-Men: The Last Stand)
Por José Luis Ortega Torres
Cuando supe que Bryan Singer, el dotado director de filmes como Sospechosos Comunes, El Aprendiz y renovador del cine de superhéroes gracias a su díptico sobre los Hombres X -a la par de Sam Raimi y su Spiderman- abandonaba el proyecto de la tercera parte en la saga mutante buscando revivir a Supermán, mis expectativas con esta X-Men: The Last Stand decayeron bastante y de plano se fueron por los suelos al saber que sería sustituida por el impersonal Brett Ratner.
Director de las divertidas Una Pareja Explosiva 1 y 2, díptico policíaco de pareja dispareja estelarizada por Jackie Chan y Chris Tucker y la decepcionante Dragón Rojo, Ratner no parecía ser la opción indicada para retomar la continuación de una historia que hoy por hoy puede ser considerada como un nuevo clásico de la cinematografía posmo, X Men II, película que si bien tiene sus raíces en las historietas gráficas de Marvel, presentó un guión perfectamente estructurado donde todos aquellos que fueran diferentes debían ser exterminados. Racismo, xenofobia, intolerancia y un discurso político que, amalgamado con los traumas personales de cada uno de los jóvenes alumnos de Charles Xavier, formaban un entramado inteligente que, sumada a la sensibilidad técnica de Synger, daban como resultado una película de carácter, por qué no decirlo, contestatario.
X Men III: La Batalla Final retoma la historia a los pocos días después de la muerte de Jean Grey, y si bien todos esperábamos su regreso convertida en Phoenix, no deja de ser meritorio que lo hiciera de una forma tan devastadora. Para beneplácito de los fans del díptico anterior, el guión está muy cuidado en la elaboración de la trama -lo que era de esperarse viniendo de la pluma de Zak Penn, creador de la anterior-, sin dejar de lado los tópicos de rechazo a las minorías étnicas con un nada velado mensaje de superioridad racial propio de führer hitleriano: los mutantes no son el siguiente paso en la evolución humana, simplemente son enfermos.

La mutación es tratada como un mal y los mutantes son rebajados a la categoría de apestados, de la misma manera en que la realidad sometió en algún momento de la historia a grupos diversos como, por ejemplo, los homosexuales y, más recientemente, los latinos. Tan es así que en la cinta se parte de este supuesto para justificar la inclusión de un medicamento para curar a los mutantes y hacer con ello más llevadera su vida insertándolos a la sociedad como seres productivos.
Pero más allá de las analogías políticas que el guión pueda ofrecer, también muestra la importancia que a niveles individuales tiene tomar una decisión final (como apunta el título original) sabiendo que con ello el futuro de cada individuo tomará cursos completamente distintos. Tener la capacidad de modificar el destino señalado en busca de una nueva opción de vida que no se sabe si será mejor o peor, sino diferente. En contrapartida se presenta también la imposición de ese mismo camino nulificando el libre albedrío sin detenerse a analizar que si bien para “alguien” es la mejor opción (por lo regular para las clases dirigentes y/o en el poder), eso no significa que sea el estándar del bien común.
Situación que se plantea en la cinta en dos de las mujeres mutantes más importantes en esta trilogía: Rogue y Mystique. La primera ante la oportunidad de decidir por sí misma cuál es el estilo de vida que desea llevar para su propio beneficio y en pro de su desarrollo como mujer libre de traumas y prejuicios ante un poder que no ha pedido tener y que hace de su vida algo difícil de sobrellevar, en tanto que la belleza azul de Mystique se ve forzada a ese mismo destino, pero a causa de una represión, llamémosle, proveniente del Estado a manos de una de sus instituciones represoras por antonomasía: el ejército. De esta forma, lo que para la adolescente del mechón de cabello blanco puede significar una liberación, para la metamorfa azul se convierte en una involución.

Con ello se evidencia la dificultad que representa para cada uno de los miembros de esta minoría racial vivir como seres marginales, sin importar si se ocultan en miserables cloacas citadinas o en acaudalados rascacielos por la vergüenza que provocan en sus padres, como lo es el caso de Warren Worthington III, mutante alado conocido como Ángel cuyo padre, obsesionado por esta “maldición”, se encarga de desarrollar la sustancia que habrá de inhibir el gen mutante y volver a la “normalidad” a esos pobres infectados.
El poder de decisión está presente en cada uno de los personajes de la película en distintas instancias, de la misma manera en que también lo está la responsabilidad de cometer ciertos actos y vivir con sus consecuencias, aun cuando éstas resulten dolorosas. Dolor, quizá sea esta la palabra clave en X-Men III, ya que cada uno de los implicados debe experimentarlo para poder evolucionar, no en sus poderes mutantes, sino en su capacidad de raciocinio. Así, el dolor de cada uno de ellos se convierte en el factor que los impulsará a tomar la decisión determinante que para cada uno será el punto de partida hacia un futuro donde la intolerancia seguirá siendo el pan de cada día, pero al cual podrán enfrentarse convencidos de quienes son y cuál es el papel que desempeñarán.
Los arcos dramáticos de la cinta, como podemos ver, están perfectamente trazados, sin embargo, no podemos decir que esta película desplace a los trabajos de Bryan Singer para situarse por encima de ellos porque, pasando al aspecto técnico, si bien las escenas de batalla son por demás vistosas y la película se encuentra construida de manera efectiva, Brett Ratner carece por completo de la sensibilidad artística de su antecesor y es que, si revisamos con detenimiento la obra de arte que es X-Men II, podemos darnos cuenta de que cada movimiento de cámara, cada emplazamiento, cada escena está elaborada con una intencionalidad dramática que funciona con la precisión de un reloj, por ejemplo, en los planos-contraplanos en travelling, entre Logan y Jean que, aun sin mediar palabra, denotan una carga emocional que Ratner no consigue ni siquiera emular.

Brett Ratner es un efectivo realizador de “corta y pega” sin mayores alardes de artista plástico, es decir, estamos ante una manufactura impersonal, incapaz de dotar de un sello propio a ésta o a otra de sus películas que no pasan de meros vehículos de entretenimiento -de lujo, eso sí-, pero que con esta X-Men III: La Batalla Final, contó con la buena suerte de tener un guión cuidadosamente elaborado, permitiéndole tener como resultado la mejor de sus películas hasta la fecha.
X-MEN III: LA BATALLA FINAL
(X-Men: The Last Stand)
Dirección: Brett Ratner; Guión: Simon Kinberg y Zak Penn; Producción: Avi Arad, Hugh Jackman, Lauren Shuler-Donner, Ralph Winter; Fotografía: Philippe Rousselot, Dante Spinotti; Música: John Powell; Edición: Mark Goldblatt, Mark Helfrich, Julia Wong; Elenco: Hugh Jackman (Logan / Wolverine), Halle Berry (Ororo Munroe / Storm); Ian McKellen (Eric Lensherr / Magneto), Famke Janssen (Dr. Jean Grey / Phoenix), Anna Paquin (Marie / Rogue), Kelsey Grammer (Dr. Hank McCoy / Beast), Rebecca Romijn (Raven Darkholme / Mystique), James Marsden (Scott Summers / Cyclops), Shawn Ashmore (Bobby Drake / Iceman), Aaron Stanford (John Allerdyce / Pyro), Vinnie Jones (Cain Marko / Juggernaut), Patrick Stewart (Profesor Charles Xavier), Ben Foster (Warren Worthington III / Ángel), Dania Ramírez (Callisto), Ellen Page (Kitty Pride), Daniel Cudmore (Peter Rasputin / Colosus)
Estados Unidos, 2006 - 104 min.
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