Por: José Luis Ortega Torres

Entre las principales virtudes del cine pornográfico está, en primer instancia, la de permitirle al voyeurista puñetero soñar que es él quien protagoniza las faenas sexuales que se muestran a detalle en la pantalla, aunque la calentura deba de ser desquitada contra la siempre fiel almohada.

Una vez establecido el hecho de que el voyeur tiene la capacidad de sublimar sus fantasías por vía de una transpersonalización imaginaria hacia un cuerpo que no es el propio, se entiende por qué los actores pornos más admirados son los genitalmente mejor dotados. Ahí quedan, para ejemplificar este envidioso culto, los nombre de tripiés famosos en todo el orbe como Rocco Siffredi o Nacho Vidal.

Habría que aclarar que además de sus dos docenas (o más) de centímetros sexuales, estos dos dioses barrenadores cuentan también con cierta apostura. Sin embargo, la galanura es algo meramente accesorio en un negocio donde la cara masculina no tiene mayor importancia, exceptuando por supuesto el correcto uso de la lengua. Un ejemplo de esto último sería el garañón Ron Jeremy: gordísimo, peludo del pecho y las nalgas, pero semi calvo del cráneo; narizón y por si fuera poco con ojos de rata; pequeñeces que para la industria del ajetreo corporal no tienen la menor importancia cuando se presume de “dos puños y cabeza al aire” de talento cinematográfico.

Esta exaltación al pene tamaño jumbo es básica para entender por qué la cinta pornográfica Liliana y Lorena, de manufactura mexicana, da tristeza al verla… además de hueva. Es más, podríamos calificar a esta película dirigida por Fermín Gómez como un completo fraude.

A juzgar por la anterior sentencia, más de un lector se preguntará ¿Por qué hablar de esta película pornográfica mexicana? Y la respuesta está justamente en las tres últimas palabras de este cuestionamiento: se trata de una “película pornográfica mexicana”. De inicio diremos que esta filmada en soporte de celuloide y no grabada en video, como la gran mayoría de los productos triple X de carácter casi amateur, cuya facilidad de acceso a nivel de producción, provocó un boom durante la década de los noventa que vino a estandarizar y redefinir las reglas del juego oferta/demanda de la industria del hardcore a nivel mundial, donde cualquier cachondo es capaz de jugar al pornógrafo con la handycam de papá.

En segundo término diremos que la producción de cinematografía pornográfica en México es, irónicamente, un terreno casi virgen. Filmoteca de la UNAM cuenta con algunos cortometrajes explícitamente sexuales fechados aproximadamente en la década de los años diez y veinte. De ahí en adelante, sólo se tiene documentada la existencia de Las Profesoras del Amor (1987) de Gabriel Vázquez y Traficantes de Sexo (1993) de Ángel Rodríguez, ambas con estreno en cartelera comercial.

De ahí que Liliana y Lorena se presume haya intentado seguir por esos derroteros. A juzgar por la moda en el vestir de los ahí participantes se deduce que fue filmada durante la segunda mitad de los años ochenta, quizá a medio camino de las dos cintas arriba mencionadas; o tal vez por el inicio de los noventa. Dato que se reafirma por la presencia de una de las encueratrices de moda por aquellos años, Vanessa Yudic, encarnación viva del populachero calificativo de “cuerpo de tentación y cara de arrepentimiento” y que paseó sus cositas en películas para cines de segunda y recordada por el clan cinéfago gracias a Por un Salvaje Amor, auténtica joya de culto dirigida por Christian González.

Otro de los actores clásicos del cine raspa mexicano es Agustín Bernal, gigantesco actor acostumbrado a salir de judicial ojete o de narcotraficante aún más ojete. Así que cuando se leen estos dos nombres en la publicidad del filme o en este caso, la carátula del DVD, el morbo por verlos planchando se convierte en un aliciente más para adquirirlo. A propósito, la sabrosa foto de la carátula, tristemente, no corresponde para nada a la película… primer indicio que no augura nada bueno.

Lo peor del caso es lo desmotivante que puede resultar una película pornográfica cuando nos damos cuenta de que los Hércules sexuales que en teoría deben de aparecer ahí para cumplir su cometido de fetiches sublimadores de la sexualidad propia, se ven reducidos a pequeños hombrecillos propios del país de Liliput. Entonces, el efecto de admiración/envidia por el garañón exhibicionista, termina por convertirse en una resignada mirada de compasión, y el tedio termina por hacer mella merced a una historia por demás absurda, como la de casi cualquier filme XXX genérico:

La secuencia de créditos es rutinaria por presentar en secuencias paralelas a las L & L del título en la típica escena de baño donde nos dejan ver sus regordetes cuerpecitos. Ahí, Lorena (Yudic) recuerda un hecho que la traumó desde la infancia: vio a su mamá cogiendo con su amante. Primera escena hardcore de una factura pobrísima, pero disfrazada de artie por medio de un espantoso filtro ambarino que torna la pantalla de color naranja. En realidad el color sería lo de menos si se distinguiera algo más que una masa amorfa de carne balanceándose de pie en la posición que, científicamente hablando, es conocida como “de afilador”, y que para darle sentido a la producción hardcore se limita a poner un grotesco primer plano de la penetración desde un tiro de cámara bastante extraño tomado a nivel de los genitales. Intercorte que se repite varias veces sin mayor sentido.

Porque eso sí, en el cine pornográfico, como en cualquier otro, existen normas genéricas que se deben de respetar para lograr un producto respetable. En este caso, además de la construcción técnica de la cinta (planificación, iluminación, dirección de escena, fotografía, etc.) debe de existir una caligrafía fílmica propia del género, es decir, embellecer la “escritura” de tal forma que invite a la excitación, y eso se logra por medio de la debida puesta en escena del momento sexo-genital, tanto en emplazamientos de cámara abiertos como en close-ups y planos detalle del ajetreo genital, logrando de esta forma el efecto de sublimación visual básico para el voyeur: tiene ante sus ojos una hiperrealidad, la puesta en escena de un acto sexual que nunca podrá observar en el momento que él lo esté llevando a cabo, ni siquiera con la ayuda del juego de espejos, pues al momento de ejercer el intercambio, está incapacitado de manera natural para ver sus propios genitales funcionando en lo que cinematográficamente hablando se conoce como un gran primer plano (big close up).

Pero dejémonos de análisis sobre la función del cine pornográfico y volvamos al tema de Liliana y Lorena: es una basura. Leído el anterior párrafo, pasemos ahora a cuestiones estéticas. Primero, a nivel de filmación de las escenas donde el director, Fermín Gómez (que espero no sea el mismo de la buena Don de Dios), deja claro su nula visión para la construcción de una secuencia pornográfica, donde lo único que consigue tanto a nivel money shot como en encuadres abiertos es, como mencionábamos, evidenciar una masa amorfa sobándose sin mayor ánimo de excitar al público, lo que en realidad es la finalidad última del cine hardcore.

Por otro lado, para ser un actor porno se necesita, además de un pene firme y de buen tamaño, tener presencia, desinhibición y simpatía, dones de los que la pareja de varones que realizan los actos carecen, como se ve a continuación: cuerpos antiestéticos y velludos, cero fuerza ante la cámara y lo peor del caso, armamento de calibre pequeño. Para ejemplo la escena donde está nuestra sacrificada Liliana que, al momento de iniciar la consabida fellatio, debe de tomar el pene de su compañero apenas con los dedos índice y pulgar para llevarlo a la boca y, después de un rato de jugar con él, no obtener la erección necesaria.

Punto y aparte para la debutante Marisol Barradas (de regular aparición en videohomes nacionales como Morras Desmadrosas), atractiva güerita artificial quien, como ya dijimos, debe de hacer esfuerzos sobrehumanos tratando de levantar cadáveres y darse la aburrida de su vida teniendo que sostener escenas sexuales con miembros de una flacidez penosa, motivo por el cual debieron de utilizar en reiteradas ocasiones el plano detalle utilizado en el flashback inicial.

Regordeta, pero muy antojable, Marisol Barradas es la típica vecina buenota que todo mundo quisiera tener en el piso de arriba, y es la única en esta cinta que se avienta al porno sin mayor inhibición, pues su hermana malora Lorena, es decir, Vanessa Yudic, de prominente trasero pero fea como fin de quincena, se limita a encuerarse (igual, gracias) y frotar su chaparrito cuerpo contra el de su pareja simulando un acto sexual, por supuesto que filmado en planos abiertos para disimular el fraude.

El único que se salva de esta quema es el siempre efectivo Agustín Bernal, quien en su papel de Sebastián, agente policiaco eternamente enamorado de Liliana, se limita a aparecer en su “oficina” sirviendo como su paño de lágrimas. El morbo por verlo en acción porno existirá por siempre, pero yo me pregunto si Bernal sabía qué estaba filmando, pues nunca se ve muy enterado de lo que pasa a su alrededor, aun en las poca escenas donde aparece en otra locación, igualmente como fiel escucha de Liliana.

Y como la película en algún momento debía de terminarse, el final llega de la forma más estúpida, justo después de que Lorene hace efectiva la venganza en contra de la hermana al decirle que su nuevo galán es un actor de quinta (eso sí es cierto, me cae) al que contrató para que la sedujera; le champe a su madre que por verla coger cuando era chiquita se quedó traumada y que por andar de güila (la mamá, no ella) su papá se enfermó hasta quedar en silla de ruedas. El atropellamiento alcanza el paroxismo cuando se muere el papá y escenas más adelante, cuando parece que la felicidad de Liliana por fin se consumará, se desate una balacera donde cae muerta la infame Lorena.

En fin, que en algún momento de la filmación el director perdió el juicio, porque guión no creo que haya existido, pues de hecho sólo aparecen los créditos en pantalla de “idea original”, firmada por dos mujeres: Ana Velázquez y Emma Hernández, pero jamás de un “guión”. Lamentablemente el resultado final de Liliana y Lorena nulifica toda posibilidad de intentar un análisis sobre el punto de vista de la mujer en la manufactura de la pornografía más allá de su papel activo frente a la cámara.

Lástima, pero con ejemplos como éste, se entiende perfectamente que en México la producción de cine y video pornográfico se limite lastimosamente a grabaciones clandestinas de hotelazos, aun cuando de vez en cuando surgen videos de contenido, estructura e idea bastante rescatable como lo fue el ya reseñado cortometraje Sueño Erótico, número 4 de la Colección G. E. El Reino de la Carne y el Éxtasis, publicado por una revista swinger de circulación nacional.

LILIANA Y LORENA
Dirección: Fermín Gómez; Idea Original: Ana Velázquez, Emma Hernández; Producción: Alejandro Sosa; Fotografía: Salvador Zerecero; Música: Richard Cuervo; Elenco: Marisol Barradas (Liliana), Agustín Bernal (Sebastián), Vanessa Yudick (Lorena), Jorge Almada (Rafael), Maty Samperio (la mamá)
México, 1994, 90 min.