Syriana: intriga internacional, versión para adultos
Hace poco leía un comentario sobre Viernes 13 en And You Call Yourself a Scientist!, sitio web donde la bióloga australiana Liz Kingsley desmenuza admirablemente el cine de ciencia ficción y terror. Como siempre, sus comentarios son inteligentes y acertados; en pocas palabras, le tengo envidia. Pero esta vez lo que más me llamó la atención es la parte donde menciona que los críticos de cine son como niños chiquitos: se la pasan diciéndole a los cineastas cómo deben hacer sus películas y cuando los directores les hacen caso, cambiando elenco y guiones, los críticos nunca quedan conformes.

George Clooney en Syriana
Algo similar debe haber pensado Stephen Gaghan por la forma en que la crítica reaccionó ante Syriana, su segundo trabajo como director tras alcanzar la fama como guionista con Traffic. Los especialistas en cine siempre se andan quejando de que el cine debería ser más complejo, manejar temas polémicos de una forma adulta y no ceder a la presión hollywoodense por buscar siempre el más bajo común denominador. Gaghan hizo justamente lo que le pidieron con Syriana, sólo para encontrarse con que la crítica se quejó al unísono de que la trama es demasiado complicada, que no se entiende lo que pasa y que el argumento tiene “cabos sueltos”. Cuánta razón tienes, Liz.
De hecho, Syriana tiene muchos puntos en común con Traffic. Hay varias tramas que se desarrollan de forma paralela, ilustrando la forma en que los diversos intereses de Estados Unidos le dan forma a su política exterior e incluso al trabajo de sus legisladores, así como el efecto que esto tiene en el resto del mundo, en especial en Medio Oriente, región de primerísima importancia en la actualidad debido a la riqueza de sus pozos petroleros, codiciados por el voraz mercado norteamericano y por potencias emergentes como China. ¿O qué? ¿Creyeron que los gringos invadieron Irak para evitar que Saddam Hussein le regalara sus -imaginarias- armas de destrucción masiva a Al Qaeda?
Al igual que en Traffic, Gaghan se sirve de un puñado de personajes-emblema para llevar al espectador a través de un viaje cínico y tenebroso por las entrañas de las estructuras de poder que controlan nuestras vidas sin que ninguno de nosotros pueda hacer algo por impedirlo. Sus personajes están tan atrapados dentro de estas redes de corrupción y poder como lo está el público de sus películas. Aquí los modernos Virgilios que conducirán al inerme espectador por los nueve círculos de la política son: Bob Barnes (George Clooney), un agente de la CIA preocupado por la desaparición de un misil y su probable destino como herramienta para futuros ataques terroristas; Bennet Holiday (Jeffrey Wright), un abogado al servicio del Senado de Estados Unidos encargado de investigar posibles actos de corrupción en la fusión entre dos empresas petroleras gringas que solín disputarse el mercado; Bryan Woodman (Matt Damon), empleado de una de estas empresas que se convierte en asesor de un príncipe árabe que quiere utilizar los recursos generados por el petróleo para mejorar el nivel de vida de sus súbditos; entre otros que aparecen brevemente, sin poder destacar sobre los demás, integrando un mosaico que revela la imposibilidad de elegir a un protagonista que se convierta en el motor de la historia.
En parte los críticos gringos (y, me temo, no pocos mexicanos) tienen razón: la trama es sumamente complicada, Gaghan omite muchos elementos clave para entender la historia y Syriana carece de la estructura tradicional de un thriller político, donde todas las piezas encajan al final. Pero sólo en parte. Lo que los críticos pasan por algo es que la narración en Syriana cumple una función diferente a la que tiene en casi todas las películas maquiladas en Hollywood.

Alexander Siddig en Syriana
Mientras que éstas, desde hace varias décadas, han optado por perfeccionar un modelo de narración que tiene sus orígenes en la novela y el teatro de finales del siglo XIX, Syriana es un ejemplo de lo que en la teoría literaria se conoce como intertextualidad. Pero primero hay que aclarar lo que no es la intertextualidad. Según el modelo hollywoodense clásico cada película es un trabajo independiente que debe ser comprensible por sí mismo sin incluir referencias a otras películas, mucho menos a objetos esotéricos como libros. Claro que los remakes no son nada nuevo. Hollywood siempre se ha alimentado de otras tradiciones narrativas para confeccionar sus películas, sólo que en la primera mitad del siglo XX lo hacía con novelas u obras de teatro célebres y ahora recicla programas de televisión y películas extranjeras. De todos modos, cada película debía constituir un universo perfectamente delimitado.
Ya sé que mucha gente se emociona con el cine de Tarantino y con otros trabajos que incluyen referencias abiertas a películas anteriores (vgr. Scream), pero eso no tiene nada de novedoso. En otras artes esto se viene haciendo desde hace siglos. En el caso del cine la “innovación” consiste en llevar a la pantalla grande lo que los dramaturgos y escritores habían hecho muuuchos años antes en sus respectivos feudos. No hay que olvidar que en un principio el cine fue rechazado por la gente culta y que Hollywood surgió precisamente gracias a la falta de escrúpulos de los productores que decidieron, como Al Capone, “darle a la gente lo que quiere”. Mientras los estratos sociales que sí sabían leer y escribir preferían el teatro y la literatura, los productores se hincharon de dinero al convertir al cine en un entretenimiento para analfabetos… y hasta la fecha lo sigue siendo.
De veras, aunque haya quien piense que la obra de Costa-Gavras o de Bergman está a la altura de los mejores tratados filosóficos o políticos, la triste verdad es que las películas “profundas” lo son sólo en comparación con los fugaces divertimentos palomeros de acción, comedia o terror. Como dice Peter Greenaway, el cine todavía está muy lejos de alcanzar la madurez de otras formas de arte. Y esto nos lleva de vuelta a Syriana y la intertextualidad.
A diferencia del modelo hollywoodense clásico, compartido o más bien imitado por las industrias fílmicas del resto del mundo, el enfoque intertextual supone que cada película -así como cada novela, cada cómic, cada canción, cada obra de teatro, etc.- forma parte de un entramado en el que participan todas las demás películas y que sólo tiene sentido en relación con éstas. Es decir, para entender cabalmente una película de acción (o de vaqueros, o de espías) es necesario conocer otros ejemplos del género. Aunque parezcan muy básicos, cada uno de estos géneros posee un código necesario para comprender el relato: los personajes se dividen en buenos y malos, una vez que se resuelve el conflicto principal la historia termina, etc. Un ejemplo más claro de esto son las parodias, que para ser comprensibles dependen del conocimiento que el espectador tenga de las cintas parodiadas.

Matt Damon en Syriana
Es obvio que la intertextualidad permite alcanzar una mayor complejidad narrativa que la antigua idea de que cada relato debe ser independiente y comprensible por sus propios méritos. Hace cincuenta años, cuando los medios de comunicación no tenían el alcance que tienen ahora y cuando el público culto consideraba de mal gusto prestarle atención al cine, era lógico que los productores buscaran simplificar el contenido de sus películas, más aún si consideramos que en esa época no había forma de ver alguna cinta estrenada años antes. Por su parte, los críticos retomaron la idea de que una obra de arte debía ser única e irrepetible y así colaboraron a mantener a raya a la intertextualidad, al mismo tiempo que le exigían a los cineastas que desarrollaran al máximo las capacidades expresivas del cine.
Aquí hay una evidente contradicción. Los críticos le piden al cine que desarrolle su potencial narrativo y a la vez se lo impiden exigiendo que cada cinta sea independiente de todas las demás y, de paso, de otras manifestaciones artísticas. Por eso, cuando una película como Syriana cuenta una historia apoyándose en fuentes periodísticas externas a la narración -en otras palabras, suponiendo que el espectador está al tanto de lo que pasa en el mundo-, los críticos y una buena parte del público se quejan de que el argumento es poco claro, de que los personajes no están bien delineados y, lo más absurdo de todo, de que no tiene chiste contar eso “porque ya todos los sabemos”. Pues sí, ya lo sabemos, ¡de eso se trata!
No deja de ser curioso que nadie haya señalado que Traffic no decía nada nuevo a pesar de que, en efecto, no incluía ninguna novedad. Creo que esto se debe a que Traffic, pese a su duración y a su relativa complejidad, sí era un trabajo que se sostenía sólo. No hacía falta saber nada sobre el tráfico de drogas para entenderle y esto, claro, le restaba eficacia. Syriana, por el otro lado, le exige más al espectador. Gaghan quiere pensar que el público al que se dirige ya está enterado del tema y por eso evita las escenas donde se nos explica paso por paso cómo es que estos personajes están relacionados.
A pesar de que la intertextualidad en el cine seguramente irá en aumento con la disponibilidad de los DVDs, permitiendo así que el espectador común y corriente conozca mejor la historia de la cinematografía mundial, es de suponer que los atavismos de la crítica especializada retrasen durante algunos años la aparición de más obras como Syriana, obligándonos a consumir las mismas historias simplonas y superficiales que ellos consideran el non plus ultra de la narración cinematográfica. Lástima, tal parece que los interesados en ver un cine realmente complejo tendremos que esperar un tiempo. Por lo pronto podemos consolarnos con Syriana, un trabajo inteligente, maduro y, por supuesto, muy superior a un bodrio como Munich.
Sitio Oficial: syrianamovie.warnerbros.com
SYRIANA
Dirección: Stephen Gaghan; Guión: Stephen Gaghan, basado en el libro de Robert Baer; Producción: Jennifer Fox, Georgia Kacandes, Michael Nozik; Fotografía: Robert Elswit; Música: Alexandre Desplat; Edición: Tim Squyres; Elenco: George Clooney (Bob Barnes), Matt Damon (Bryan Woodman), Jeffrey Wright (Bennett Holiday), Chris Cooper (Jimmy Pope), William Hurt (Stan Goff), Tim Blake Nelson (Danny Dalton), Amanda Peet (Julie Woodman), Alexander Siddig (Príncipe Nasir Al-Subaai), Christopher Plummer (Dean Whiting)
EE.UU., 2005, 128 min.
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