Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Ciudades oscuras

Por: Marco González Ambriz

Fernando Sariñana es uno de los pocos cineastas mexicanos que han logrado darle continuidad a su carrera (si excluimos a los videohomeros, claro). El éxito relativo de Todo el Poder y Amar Te Duele le ha permitido filmar más que otros directores con propuestas más arriesgadas e interesantes. Pero Sariñana también ha tenido descalabros, películas que desaparecieron sin dejar rastro, y tal vez el más sonado de éstos sea Ciudades Oscuras. ¿Por qué comentarla ahora si en su momento pasó desapercibida? Por pura venganza. Yo tampoco me molesté en verla cuando se estrenó, hace unos días finalmente lo hice y ahora me quiero desquitar.

Para empezar el título debería ser Ciudades Inventadas, ya que se supone que la acción trascurre en Slim Center -es decir, el Centro Histórico de la Ciudad de México- y por lo que aparece en pantalla uno debe suponer que Sariñana no conoce el DF ni en tarjeta postal. Todo se ve falso, desde la escenografía de cartón piedra hasta el vestuario como de pastorela de escuela pública. Esto no es la realidad del Distrito Federal, es la chaira mental de unos burguesitos que tienen miedo hasta de su sombra y que sólo han visto a los pobres desde un avión. A propósito de pobreza, yo creía que Arturo Ripstein era el amo del miserabilismo autoparódico pero con esta película Sariñana le dice quítate que ahí te voy.

La trama es tan enredada que no sé ni por dónde empezar. Adaptando varios cuentos del español Juan Madrid, el guión de Ciudades Oscuras escrito por Fernando Sariñana y Enrique Rentería incluye todas las escenas impactantes que cupieron en dos horas de proyección. Como Sariñana quiso mezclar Short Cuts con Amores Perros su película es un revoltijo de judiciales, raterillos, prostitutas, alcohólicos y pordioseros que entran y salen de la trama al azar. Tal parece que Sariñana y Rentería pensaron: “si una escena tremendista es impactante, entonces veinte escenas tremendistas serán veinte veces más impactantes”. Y no, como todo pasa en una sola noche el hecho de que los personajes caigan como moscas -hay de todo: atropellados, baleados, apuñalados- produce un efecto cómico. Las muertes son tan frecuentes y tan gratuitas que al final uno espera que caiga una bomba atómica para aniquilar a los que lograron sobrevivir. Es cierto que la Ciudad de México es insegura pero si de veras fuera tan violenta como en Ciudades Oscuras aquí ya no quedaría nadie con vida.

Para integrar el elenco de tan bonita película Sariñana reunió a toda la constelación de estrellitas del nuevo cine mexicano. Para no variar el chistosito Jesús Ochoa le hace de judicial, Diego Luna es un adolescente acomplejado, la siempre sexy Leticia Huijara es la manzana de la discordia entre dos policías, la siempre ñoña Zaide Silvia Gutiérrez es una mujerzuela, no supe a quién se supone que interpreta Alonso Echánove porque no le pusieron subtítulos. Al parecer Damián Alcázar se enfermó y Ernesto Gómez Cruz estaba de viaje, de otro modo no me explico su ausencia. La participación más destacada es la de los hermanitos Bichir. Si la memoria no me falla los publicistas de Ciudades Oscuras la anunciaron como la esperada reunión de los tres Bichir… y ya vieron el exitazo que tuvieron. No, si eso que dicen los amargados de que el nuevo cine mexicano carece de actores taquilleros es puro invento. Ya en serio, hay que admitir que Odiseo Bichir es el único de los tres hermanos que está bien: su actuación es sobria, mesurada, nunca recurre a gestos y aspavientos exagerados. Ojalá pudiera decir lo mismo de Bruno, como siempre sobreactuado, como siempre haciendo una caricatura de su personaje, como siempre lo peor de la película. Demián es como la caca de perico, ni apesta ni jiede.

A pesar de tener tantas líneas argumentales, a pesar de tener un elenco multiestelar, Ciudades Oscuras es l-e-n-t-a. En parte porque todas sus escenas “de impacto” ya las hemos visto en mil películas mexicanas anteriores, extranjeras ni se diga. Pero también porque Sariñana no sabe cómo hacer para que la tensión vaya en aumento. Algo parecido le pasó en Todo el Poder (1999), donde una trama que involucraba secuestros, robos, mafiosos y policías corruptos era casi tan emocionante como una tarde en un asilo.

Lo más molesto de una película como esta es que siempre habrá quien la defienda con el argumento de que está bien hecha o de que la fotograía no está tan mal. Carajo, lo menos que se le puede exigir a una cinta profesional es que esté bien hecha. Al momento de hacer Ciudades Oscuras Sariñana ya tenía muchos años trabajando en la industria, no era un estudiante que apenas estaba aprendiendo a usar una cámara. Sí, la película tiene una estética videoclipera que disimula algunas de sus fallas, pero un bodrio de estas dimensiones necesita algo más que una buena fotografía para ser soportable. Sinceramente prefiero los videohomes. La manufactura no es muy buena, los personajes carecen de matices, las situaciones y los diálogos se repiten en tantas películas que son casi intercambiables, pero además de ser entretenidos retratan una realidad que sí conocen.

CIUDADES OSCURAS
Dirección y Producción: Fernando Sariñana; Guión: Fernando Sariñana y Enrique Rentería, sobre historias de Juan Madrid; Fotografía: Salvador Cartas; Música: Eduardo Gamboa; Edición: Roberto Bolado; Elenco: Alejandro Tomassi (El Rubio), Alonso Echánove (Casimiro), Bruno Bichir (Satanás), Demián Bichir (Mario), Diego Luna (Fede), Dolores Heredia (Lola), Héctor Suárez (Pollo), Ximena Ayala (Susana), Jesús Ochoa (Riquelme), Odiseo Bichir (Javo), Roberto Sosa (Vicente), Zaide Silvia Gutiérrez (Zezé), Eduardo Yáñez, Leticia Huijara
México, 2002, 113 min.

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