Toro Negro
Por José Luis Ortega Torres
Por lo regular acostumbro afirmar que el género documental es de los mejor que se está filmando en México. La afirmación no está tan errada si vemos recientes ejemplos cuyas temáticas son, además de interesantes, divertidas. Ser ameno en la realización de un documental es básico, sobre todo cuando el material que se presenta al público aborda fuertes contenidos de violencia moral y física… o por lo menos ese debió haber sido uno de los objetivos de Carlos Armella y Pedro González-Rubio, realizadores al alimón de Toro Negro, video documental que por hora y media sigue la vida de Fernando Pacheco, un joven impetuoso, violento, machín, borracho y golpeador; cuya única gracia es vestirse de torero para salir en medio de monumentales briagas a ridiculizar el traje de luces.
La anterior afirmación la hago como amante de la tauromaquia, por lo que considero un insulto que este joven se llame a sí mismo torero, cuando en realidad es uno de tantos bufones que amenizan las ferias ambulantes y celebraciones patronales de los pueblos al sureste de México. Ahora bien, no es mi afición a las corridas de toros lo que habrá de permear en estos párrafos, sino mi curiosidad acerca de cómo es que al tándem de directores se le ocurrió elegirlo como figura central de un documental, ¿lo vieron en alguna de sus faenas?, ¿alguien les platicó de su existencia?, ¿lo vieron madrear a su esposa y dijeron “órale”? …en fin, dudas que se quedan en el tintero porque desgraciadamente el día que la película fue exhibida en la Cineteca Nacional como inauguración del mini ciclo que presentó lo mejor de la producción mexicana del Pasado Festival de Morelia, no se hicieron presentes. Dudas que me hacen replantar, para este ejemplo en específico, mi fe en la honestidad de los trabajos documentales.
En fin, que mejor pasamos al documental en sí. La trama se puede sintetizar de forma bastante simple: cámara y micrófono siguen a Fernando durante varios meses de su vida para dar cuenta de ella en una suerte de reality show lumpen-mórbido, donde vemos sus borracheras, faenas en ruedos improvisados, las madrizas que le propina a Romelia -su mucho mayor esposa embarazada- y los testimonios tanto de ella como de sus valedores, una suerte de improvisados subalternos que dan fe y legalidad de la vida de este buen salvaje a quien todos conocen simplemente como El Negro.
La fábula del buen salvaje. Tal vez esa sea la clave para entender cómo es que mientras los testimononios de violaciones, golpes, abandono de hijos, drogadicción y demás linduras del pendenciero más desagradable pasan a cuadro en perfecto contrapunto de lo que vemos en pantalla: un joven desubicado, valiente, de buen sentido del humor y muy a su manera solidario y luchador; estoico ante las adversidades de la vida que se avalanzan sobre él como un bravo toro de lidia. Metáfora de la jodidez individual de Fernando como ejemplo arquetípico de muchos fernandos perdidos no sólo en la región maya de México, sino que deambulan por toda la República.
Buenos salvajes que aparecen entrañables en la gran pantalla gracias al exorcizante distanciamiento que entre Fernando y el espectador interpone el lente de una cámara nunca objetiva porque, mientras las escenas que presente sean mórbidamente atractivas, serán dignas del gozo-escarnio público; por lo menos hasta el momento en que el golpe macizo sea más fuerte que las buenas conciencias de los realizadores y la náusea de quien lo observe para, acto seguido y por obra y magia de la elipsis, nuevamente aparezca a cuadro el torerito simpático por naturaleza, pero criado salvaje por las circunstancias.
Laureado en los festivales de San Sebastián y Morelia a Toro Negro no se le puede reprochar ninguna falta formal. Es, de hecho, un buen ejemplo de documental in situ, un trabajo de seguimiento más cercano al reportaje que a un trabajo de investigación sociológica. Los realizadores se mantienen como meros visores de una realidad incómoda, difícil y tristemente cotidiana; una realidad que se va construyendo a cada golpe, a cada borrachera y por donde ningún lado asoma la esperanza. Realidad ante la cual deben permanecer impávidos por el deber profesional de no modificar el testimonio, pero permitiéndose licencias alentadoras que, a manera de escenas epílogo, pretenden anunciar un futuro esperanzador. Pero nosotros, los que estamos apertrechados en la comodidad de una butaca sabemos, por lo antes visto, que la vida de El Negro, como la de muchos otros desdichados, se rige por círculos concéntricos que arrastran al vacío.
Me quedo con un par más de preguntas dando vueltas en mi cabeza. ¿Acaso Toro Negro es el filme documental equivalente a tantos filmes de ficción que encuentran en la explotación del tópico “jodido pero contento” la manera más fácil de llamar la atención? ¿Dónde se dibuja la tenue línea que separa la honestidad de un trabajo testimonial de la irresponsable petulancia de mirar a los de abajo como quien se asoma por un microscopio buscando lo que hay debajo de la mugre?
TORO NEGRO
Dirección: Carlos Armella, Pedro González-Rubio; Producción: Pedro González-Rubio, David R. Romay; Fotografía: Pedro González-Rubio; Música: Morgan Szymanski; Edición: Carlos Armella; Testimonios: Fernando Pacheco, Romelia Sosa, Mario Tello, Flor, Selene, Gabriela, Teodoro, Trampolín, Juanito.
México, 2005, 87 min.
Participaciones: Festival Internacional de Cine de San Sebastián (Premio Horizontes), España, 2005; Festival Internacional de Cine de Morelia (Premio a Mejor Documental), México, 2005; Festival Internacional de Cine Contemporáneo de la Ciudad de México, México, 2005; Festival internacional de Cine Indpendiente de Buenos Aires, Argentina, 2005; Festival Internacional de Cine de Toronto, Canadá, 2005.
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