Cazador de demonios. Lo que el “nuevo cine” se llevó
Por Rodrigo Vidal Tamayo R.
Siempre que se habla de cine de terror en México nunca faltan los comentarios del tipo a) Es tan malo que resulta bueno (por chistoso, claro está), o b) El vampiro y El fantasma del convento son las únicas que valen la pena. No voy a entrar en polémicas, que ya bastante tuve con el pastiche de El Cine de Horror en México, lo que sí quiero que quede claro es que ese cine no debe verse con la expectativa de “a ver a qué hora me río” (como muchos de los idiotas que asisten a los maratones de cine de culto del José Martí suelen hacer) sino con los ojos de alguien que está viendo a nuestro muy pintoresco y churrigueresco (por no decir naco) país representado por medio “despantos”.
Para la mayoría de los fanáticos del terror, la década de los ochenta fue la mejor en cuanto a calidad y cantidad de películas. Sírvase recordar que en esa ilustre década (la mejor en todos aspectos en opinión de un servidor) se estrenaron clásicos como El despertar del Diablo, Re-Animator, Viernes 13, Pesadilla en la calle del Infierno, La quemadura, Holocausto caníbal y todos sus refritos, más un sinfín de cintas italianas y gringas dispuestas a satisfacer al fanático más reacio.
No cabe duda que fue el paraíso y, como buenos borregos que somos, México no podía quedarse atrás, así que entre películas de albures y ficheras buenotas se lograron colar algunas producciones dispuestas a erizarle los vellos del cutis a más de uno. Por supuesto que la falta de práctica en el tema se apropio del tono de las cintas y títulos como Vacaciones de terror, la secuela Vacaciones de terror 2: Noche de brujas y Cementerio del terror (como pueden darse cuenta, a los productores mexicanos les gusta ir al grano) justifican los argumentos del tipo a) mencionado anteriormente, además de ser verdaderas alegorías de lo kitsch, odas a la mala actuación y metáforas de lo que le estaba, o mejor dicho, de lo que le está sucediendo al cine mexicano.
Afortunadamente, ¿o debería decir azarosamente?, existen dos ejemplos de lo que un guión bien escrito y un respecto magnánimo por la obra pueden hacer dentro del cine de sustos. Una es esa maravilla gótico-rural llamada Veneno para las hadas, cuarta entrega y culminación de la mejor tetralogía de cine de terror hecha en México por el ilustre Carlos Enrique Taboada. La otra es una película más modesta pero rodeada de ese delicioso tufo que únicamente la explotación puede otorgar y sufridora de la eterna maldición de la película mexicana no reconocida, Cazador de demonios.

Desde el título la película sorprende, porque aún cuando implica que es de terror no lo hace tan tontamente obvio, además engaña porque en la trama no aparecen demonios como tales, lo cual le da un aire poético pocas veces visto. Lo más sorprendente de esta película, y que ahora en perspectiva es lo que le puede dar un estatus de culto, es que haya utilizado un tema extraído directamente del folclore mexicano, que todavía en la actualidad se encuentra vigente en pueblecillos como el que se retrata en la cinta: las andanzas del nahual.
Elemento de la chamanería y brujería nacionales actuales, el nahual es de las pocas cosas que han sobrevivido al halloween y demás ritos paganos introducidos por el mercantilismo. En las zonas rurales de nuestro país todavía pueden encontrarse personas temerosas del brujo que puede convertirse en animal para causar algún dolor. Por supuesto que con el paso de los años y aunado a un sincretismo religioso, las motivaciones y origen de los poderes del nahual han variado. En el caso de la película el sincretismo es más bien popular, pues el nahual de la historia en lugar de convertirse en bestia, sufre una transformación nocturna sospechosamente parecida a la del hombre lobo europeo, además de estar representado con traje de peluche café, garras enormes, andar bípedo y entonar aullidos a la luz de la luna. Estos detalles bien pueden ser una licencia de los realizadores para explotar un icono del terror clásico, lo que hay que reconocerles es la audacia para mezclarlo con una imagen mexicana, riesgo que ni en El vampiro se atrevieron a tomar.

Hay que aclarar que no estamos frente a una película excepcional, de hecho, la manufactura de la cinta es bastante pobre pero se distingue que los efectos especiales estén medianamente bien realizados y dosificados. La ambientación y escenografías resultan más que perfectas para envolvernos en una zona pueblerina llena de supersticiones y prejuicios. Pero lo que hay que agradecer más es que, al carecer de grandes actuaciones, el elenco haya tenido la seriedad para repetir sus líneas sin caer en risas e incluso en algunos momentos lograr utilizar el guión para crear escenas de una atmósfera sobrecogedora tan lúgubre como panteón después de las cinco de la tarde. Destacan las actuaciones de Rafael Sánchez Navarro como un científico rural, sabihondo pero ranchero, y Valentín Trujillo, teniendo una corta pero efectiva aparición especial en el papel del herrero del pueblo. Por otro lado, la aparición de Jorge Russek es tan útil como las balas normales ante el nahual, su personaje sale sobrando y por como lo pintan es tan avezado como una piedra. Sin duda alguna era necesaria la presencia de un nombre grande para atraer gente.
La forma en que es narrada la cinta resulta rara para nuestra cinematografía pues al monstruo se le ve pocas veces, lo que también puede ser resultado de que el disfraz es bastante chafa y el director prefirió mostrarlo poco para ahorrarse las burlas del respetable. Pero lo que fue una mera treta para esconder un mal trabajo de corte y confección terminó siendo uno de los factores que provocan y azuzan el interés del espectador para seguir el desarrollo de la trama, al unirlo con el miedo del pueblo a los ataques del brujo y escenas muy bien logradas, como la del linchamiento y aquella en donde el heroico comisario del pueblo llega con un oso muerto (la supuesta bestia), adornos que impiden que el desarrollo de la trama se vuelva aburridamente lineal.

Cazador de demonios es de las pocas muestras de cine más o menos reciente (ya le pasaron veinte años) que trata un tema netamente mexicano, la elaboración y el resultado no serán del todo positivos pero hay que reconocer la labor de todos los que trabajaron en ella y sobre todo que, vista bajo los ojos de alguien deseoso de ver algo mínimamente respetable y que tenga una raíz propia, resulta una experiencia recordable en la cinematografía nacional.
Cazador de demonios ya se encuentra disponible en dvd gracias a la atinada visión de Séptimo Arte, compañía que la colocó en una colección titulada Tesoros del Cine Mexicano con una portada espléndida (algo raro en las ediciones caseras de películas viejitas), lástima que no contenga extra alguno (porque ni la selección de escenas ni el menú interactivo cuentan) y que venga en formato full screen, por lo menos esto último lo hubieran cambiado, pero bueno, de eso a nada…
CAZADOR DE DEMONIOS
(aka Demon Hunter)
Dirección y Guión: Gilberto de Anda; Producción: Raúl de Anda; Fotografía: Antonio de Anda; Música: Marco Flores; Edición: Francisco Chiu; Con: Rafael Sánchez Navarro (José Luis), Tito Junco (Padre Martín), Roxana Chávez (Rosa), Roberto Montiel (Aguilar), Rubí Re (Carmen), Andrés García (Melquiades Franco), Andrés García Jr. (Lupe), Jorge Russek (cazador), Valentín Trujillo (herrero)
México, 1983 - 96 min.
Fecha de estreno en México: 30 de abril de 1987
Participaciones: Festival Internacional de Cine de Cataluña – Sitges, España 1991
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