Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Batalla en el cielo

Por: José Luis Ortega Torres

I. Batalla en la tierra. Los contratiempos de ser un cineasta de culto instantáneo.

A estas alturas de la vida y con tan sólo dos largometrajes dirigidos, el nombre de Carlos Reygadas se ha convertido en referencia obligada del cine mexicano contemporáneo. Para pronunciar su nombre o el de su ópera prima Japón (2002) era casi necesario hacer una reverencia. Efectivamente, Japón es una película completamente atípica en el escenario de la industria nacional y su repercusión en festivales como el de Cannes -donde obtuvo la mención honorífica de la Cámara de Oro en el 2002-, hizo de Reygadas el cineasta de moda en las esferas intelectuales de nuestro país. En las antípodas del cine visualmente avasallante, decadentista y lumpen-posmodernista de Amores Perros -la otra gran moda del último cine nacional-, este novel director apostó por crear un discurso estético y de contenido más cercano al cine trascendental de maestros imperecederos como Tarkovski, con quien de inmediato se le comparó de manera un tanto atrabancada. Su siguiente trabajo era el más esperado de cuanto cineasta nacional -joven o consagrado- pudiera filmarse.

Con esta ansia por delante se supo que su nuevo proyecto, Batalla en el Cielo, fue ninguneado en reiteradas ocasiones por el IMCINE para optar por los recursos otorgados por FIDECINE para la parte final de la postproducción, desatino que propició que el director tuviese que rechazar en el 2004 las invitaciones expresas a los festivales de Venecia y Cannes, llegando a este último hasta este 2005. Sin embargo, el cartel internacional dejado por Japón fue suficiente para que Francia, Alemania y Bélgica entraran al quite. Ante esto, la institución gubernamental mexicana no tuvo más remedio que salirse por la tangente comprando los derechos de distribución para los Estados Unidos a un precio de risa, una vez que se supo que Batalla en el Cielo participaría en el certamen galo contendiendo en la Sección Oficial en pos de la Palma de Oro.

Dimes y diretes entre administrativos de IMCINE y Reygadas -apoyado por directores como Alfonso Cuarón y Alejandro González Iñarritu- que llegaron hasta la cúpula de CONACULTA, donde su titular, Sari Bermúdez, alzó la voz -sin mucho tino, como siempre- para negar categóricamente que hubiese algún tipo de censura en contra del realizador y su cinta -un viejo refrán cuenta que “explicación no pedida es culpa aceptada”-, después de haber pedido hablar personalmente con él.

Batalla en el Cielo hizo ruido desde antes de llegar al proyector, más aun cuando el propio Reygadas comentó que el personaje central femenino estaba pensado para la chica dorada Paulina Rubio -incluso el personaje en un inicio se llamaba Paulina- , pero que la disquera se negó ante lo explícito de las escenas sexuales. Así recayó en Anapola Couchonnal -cambiando el nombre del personaje a Ana- contraparte perfecta para Marcos Hernández, el central masculino, al ser ambos personas comunes y corriente sin ningún tipo de antecedente actoral.

Basta de antecedentes, que en todo caso no sirven de excusa ni pretexto para lo logrado o fallido de la cinta en sí misma.

II. Batalla en el cielo. Los otros contratiempos de ser un cineasta de culto instantáneo.

La película se convirtió en una bofetada desde su primera proyección en el festival de Cannes, donde una fellatio explícita fue la primer escena del esperadísimo segundo trabajo de Carlos Reygadas, lo que no impidió que se descubriera ipso facto como “una de las obras más arriesgadas de los últimos tiempos”, como si no se hubieran visto ya muchas mamadas -literal y metafóricamente hablando- en la historia del cine. Ahora bien, la única causa por la que se convirtió en escena shock es por el hecho de presentar a una bella joven estimulando a un grotesco gordo peludo y feo. La Bella y la Bestia en bonita sesión lúbrica.

La Bestia se llama Marcos y trabaja para el padre de la Bella desde hace quince años. Marcos, junto con su gordísima y prieta esposa, han secuestrado a un niño, quien por un accidente fallece justo el día en que debe recoger a la Bella -que responde al nombre de Ana- en el aeropuerto, lo que motiva un cambio de actitud en el ya de por sí taciturno hombre, quien no duda en comentar lo sucedido a la chica, ante el posterior enojo de la rolliza esposa.

El contar esta parte de la trama es lo de menos. No importa tanto la anécdota argumental como la puesta en escena y el desarrollo espiritual de cada uno de estos tres personajes principales y la manera en que Reygadas hace de su cámara un pincel para plasmar viñetas que rozan la maestría plástica y tématica, escenas que en sí mismas son una obra de arte cinematográfica cercana, sin dudarlo, al mejor ejemplo del cine trascendental a la manera en que lo describe Paul Schrader en su volumen sobre el tema.

Pero más vale tener precaución con Batalla en el Cielo, que si bien es cierto cuenta con estas sugerentes escenas de contenido y construcción sencillamente magistrales, como lo es el plano final en big close up a los ojos de Ana en la multicitada escena de sexo oral, cuyo escándalo moralista por la inocente chupadita debe palidecer, sin duda, a la imponente carga de sentimientos encontrados y encuerados -otra vez, literalmente- en una imposible y a la vez sincerísima lagrima que fugazmente escapa.

Escena que por supuesto no es gratuita, ya que viene a complementarse de manera profundamente simétrica en su carga emocional a otra donde es la rubicunda esposa la que derrama una lágrima por el destino de Marcos. Dos mujeres diametralmente opuestas física, económica, cultural e idiosincráticamente, pero que son en realidad una misma moneda en la mano de Marcos; dos caras que nunca estarán de frente una a la otra pero que forman una sola entidad, convirtiéndose ambas en refugio, complicidad y obsesión de la Bestia atormentada por pecados que pueden ser expiados a través de un “te quiero” que brota del alma en un epílogo que sobra en palabras, porque en escenas ya ha quedado bellamente implícito con un simple roce de manos al final de un coito dolorosamente caritativo por parte de Ana.

Es allí donde las pinceladas de genialidad se escapan como agua entre los dedos y todo por evidenciar lo que no es necesario. Así, los recursos de sexualidad grotesca si bien no salen sobrando, tampoco son necesarios en su efecto shock que ya quedó patentado en Japón, por lo que sí se trató más de un recurso escandalizador, éste ya resultó completamente manido. De igual forma ciertos apuntes de humor sardónico como contrapuntos visuales al martirologio de Marcos resultan poco creíbles (…el predicador y las sensuales mujeres policías con fálico helado cremoso embarrado en labios y escurriendo por los dedos), de esta forma lo que se pretende un comentario sardónico termina por convertirse en ridículo, demeritando el impacto visual y la carga dramática hasta su virtual extinción.

Quizás por momentos como ése y cierta paja que rodea el desarrollo de los personajes, es que secuencias maravillosas como la literal batalla en el cielo que libra Marcos para clarificar su presente y defiir su futuro, se pierdan en la recepción del público, tema con el que pasamos a…

III. Batalla en la sala. El peor contratiempo de ser un cineasta de culto instantáneo.

Cuando llega el momento en que para mencionar el nombre de un director de cine casi es necesario ponerse de rodillas es porque algo anda mal… muy mal. Puede ser el ego mismo del artista, puede ser también la sobrevaloración de su obra, incluso podría ser el malsano gusto de colgarle el sambenito de enfant terrible a cualquier debutante por parte de la crítica exquisita que, la mayoría de las veces, se deja ir en un arranque visceral. En el caso que estamos tratando, lo malo no viene de la atronadora recepción a la ópera prima de Reygadas, ni de esta Batalla en el Cielo y mucho menos del propio director, sino del público totalmente acrítico que alrededor de él se está formando.

Un público mayoritariamente de estudiantes universitarios que sin entender mucho la propuesta de su película debut se rindieron ante él por ver en su cine un discurso reaccionario que no existe y que ahora lanzan loas nada más porque incluye una secuencia futbolera donde los Pumas son erigidos como ficticios campeones en otra de las secuencias basura tramposamente dirigida a agradar al que Reygadas sabe es el grueso de la población que verá su filme. Público que se complementa con el sector snob de intelectuales de café coyocanense que ven la cabeza de moro en donde no existe, pero que gusan de aventar peroratas sobre motivos cuasi filosóficos donde tampoco los hay.

Horda de gente, en conjunto, que abarrotaron el pasado 5 de octubre la sala del Centro Cultural Universitario al saber que el nuevo gurú de la cinematografía nacional estará en toda su inmaculada presencia en las funciones de pre-estreno. Fans de generación espontánea en busca de una foto de celular al lado del ungido, tal vez de un autógrafo de la sabia mano que ha dirigido este par de salmos y, en una de esas, hasta obtener su bendición; en tanto que al resguardo de la sala oscura sueltan grotescas carcajadas de nervios o incomprensión ante las imágenes expuestas. Fanáticos de ocasión que se dejan llevar por una moda en marejada que realmente no comprenden ni comparten, pero que está in.

Así al grito de “cómo no estar aquí si es Reygadas” al inicio de la función; u otros más descabelladamente irresponsables como “es la mejor película que he visto en toda mi vida, es la neta” -porque seguramente nomás ven Matrix y Tarantino-, el mito de Carlos Reygadas se construye sobre bases que si bien apuntan hacia un cineasta de capacidades indudables, es justo decir que está en ciernes todavía; que dos golondrinas no hacen verano y que, una vez abierto su juego provocativo de sexo descarnado y freak, éste mismo, por naturaleza, tiende a desgastarse.

En México la renovación cinematográfica es una moda pasajera -estamos viviendo “el nuevo cine mexicano” desde los años setenta- y al igual que en las cinematografías más adelantadas, los falsos profetas de la imagen van y vienen sin cesar. Nacen, escandalizan y mueren en ocasiones con una sola película y, si bien es cierto que en Batalla en el Cielo queda patente lo mejor de este realizador autodidacta y tremendamente intuitivo, no debemos cerrar los ojos al inicio de la repetición de una fórmula probada que ya comienza a tener copycats, como Amat Escalante y su filme debut Sangre (producido por Reygadas, quién si no), que paradójicamente fue más aplaudido y galardonado en Cannes 2005, opacando el trabajo del maestro.

Si Carlos Reygadas ha de convertirse en el cineasta que México esperaba (ahora que la emoción por González Iñárritu o Cuarón ya se ve en sana perspectiva) está por definirse y para eso debe ser lo suficientemente inteligente para sorprender haciendo que esas viñetas de genialidad alcanzen su plena madurez y no dejándose llevar por provocaciones gratuitas cuyo vacuo mérito es enloquecer groupies. Porque la pregunta ya está en boca de todos: ¿Qué sigue después de Batalla en el Cielo? Saturación ad nauseam o revelación de un verdadero genio. La respuesta está en el aire.

Sitio Oficial: www.bacfilms.com/presse/batalla

BATALLA EN EL CIELO
Dirección y Guión: Carlos Reygadas; Producción: Philippe Bober, Carlos Reygadas, Jaime Romandía, Susanne Marian; Fotografía: Diego Martínez Vignatti; Música: John Tavener, J.S. Bach, Marcha Cordobesa; Edición: Benjamin Mirguet, Adoración G. Elipe, Nicolas Schmerkin; Elenco: Marcos Hernández (Marcos), Anapola Mushkadiz (Ana), Berta Ruiz (la esposa de Marcos), David Bornstein (David), Rosalinda Ramírez(Viky), Juan Soria El Abuelo (policía)
México, 2005, 88 min
Premios y Nominaciones: Festival de Cine de Cannes, Francia, 2005: Nominación a la Palma de Oro. IX Encuentro Latinoamericano de Cine en Lima, Perú, 2005: Premio del Jurado y Premio a Mejor Fotografía.

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