Expensive Tastes
Por: Marco González Ambriz
En la entrega anterior decía que la mezcla de pornografía y violencia tuvo un cierto auge en los 70, cuando el género trató de asimilarse al mainstream explorando los mismos tópicos que el cine “normal”. El problema para los que sientan curiosidad por descubrir si estas cintas realmente eran tan fuertes como decía la publicidad es que a partir de los 80 su distribución se volvió muy precaria. Al mismo tiempo que el mercado del video llevaba la pornografía a todos los hogares, el temor de los productores frente a la censura los obligó a retirar este producto para evitarse problemas con el gobierno. Casos como el de Traci Lords no ayudaron en nada.
Con la llegada de internet esto cambió y ahora puede uno obtener títulos como Defiance, Femmes De Sade o Scooter Trash con relativa facilidad. Las de Traci Lords, que son ilegales por considerarse pornografía infantil, también son asequibles por este medio. Repito esto, a pesar de haberlo dicho ya en otras ocasiones, adelantándome a los mensajes que siempre llegan cuando se habla de películas raras y que provienen de personas deseosas de saber cómo pueden conseguirse estas cintas. Pero el hecho de que este material despierte tanto interés también tiene apunta hacia el desarrollo que pudo haber tenido la pornografía de no ser por la censura gubernamental y feminazi.
Es imposible saber hasta dónde podría llegar el género si las condiciones no fueran tan adversas y se permitiera la diversificación del producto, resultado natural de cualquier género cuando no hay obstáculos que lo orienten en una u otra dirección. Es cierto que la gran mayoría de los videos porno que se producen actualmente son total y absolutamente genéricos, sin mayor interés que la presencia de alguna actriz excepcionalmente bien dotada. Aun así podemos encontrar, amparados por las XXX, experimentos formales como Zazel o Café Flesh, así como incursiones trash a lo John Waters (Brides of Countess Recula), homenajes a la ciencia ficción de serie B de los cincuenta (Double Feature), adaptaciones/apropiaciones de la estética gótica (Pornogothic), del punk (Kill Girl Kill) o de la exploitation setentera (Squealer).
El porno de la Edad de Oro aspiró a esto y desfalleció en el intento, teniendo en contra la oposición de las fuerzas vivas y las realidades del mercado. Quedó en el recuerdo de los fanáticos como la mejor época del cine para adultos. Sin duda la nostalgia tiene mucho que ver en esto, ya que siempre recordamos lo mejor de las épocas preteritas e incluso a la hora de revisar aquel material que en su momento nos emocionaba uno siempre quiere pensar que debe tratarse de un error, ésa no puede ser la misma película de la que uno tenía tan gratos recuerdos. De lo que he visto hasta ahora del porno “ultraviolento” de los 70 mi reacción ha sido una mezcla de tristeza por lo que pudo haber sido, indiferencia ante las escenas que deberían horrorizarme y sorpresa ante los elogios que muchos comentaristas obsequian a estas cintas.
Expensive Tastes no fue la excepción. Había leído mucho sobre esta cinta, comentarios que advertían que sus productores habían ido demasiado lejos y que tal vez este tipo de historias no debían contarse. Otra vez quedé flácidamente decepcionado, a pesar de que la película está por encima de la inmensa mayoría de los videos porno que pueden encontrarse en las sex shop. Una vez más, me encontré con que el porno era ampliamente superado por títulos como Last House on the Left o I Spit On Your Grave.
Al igual que en A Dirty Western, la trama es complicada para la típica producción XXX pero apenas es un esbozo de lo que sería en una cinta “normal”. Expensive Tastes abre con un travelling que nos muestra el departamento que Alex (Elaine Wells) renta en Nueva York. La joven está entusiasmada por la cita que tiene esa misma noche con David (Joey Silvera, con el seudónimo Joseph Nassi), a quien recién conoció en un restaurante. Su casera le advierte que debe tener cuidado, pero Alex piensa que no corre ningún peligro con su nuevo galán. Para su desgracia, David tiene otros planes.
Esa noche Alex acepta pasar al departamento de David antes que éste la lleve a su casa. David en ningún momento intenta algo impropiopero la situación se convierte en una pesadilla para Alex cuando tres encapuchados irrumpen en el departamento. Sin perder tiempo amarran a David una mesa, misma que colocan de tal manera que el joven pueda presenciar la suerte de su acompañante. Alex trata de escapar pero es rápidamente sometida por dos de los asaltantes. De nada le sirve afirmar que es virgen. Esto le hace mucha gracia a los encapuchados, quienes proceden a arrancarle la ropa. Mientras el tercer atacante le practica una felación a David, los otros dos primero obligan a la muchacha a hacer lo mismo con ellos y a continuación la enetran. Al hacer esto comprueban que ella decía la verdad, era virgen. Antes de irse obligan a Alex hacerle sexo oral a David mientras uno de ellos la viola. Una vez que se han ido David le pregunta si quiere ir con la policía pero ella está demasiado alterada para pensar en eso. Además, los tres tipos que los atacaron estaban enmascarados y no tienen forma de identificarlos.
Todo es un montaje organizado por David. El trío de violadores está integrado por sus dos amigos y su novia (haciéndose pasar por hombre) y esta es la forma en que se divierten. Primero busca a alguna jovencita ingenua, de preferencia que viva sola y que no tenga familiares ni amigos en la ciudad, y cuando aceptan la invitación de tomar una copa en su departamento los otros simulan un asalto y abusan de ellas. Hasta el momento no han tenido ningún problema. El único inconveniente es que comienzan a aburrirse y uno de ellos le pide a David que la próxima víctima sea negra.
Aunque Alex se niega a explicar lo sucedido, su casera pronto descubre la verdad y acude con un policía amigo suyo en busca de consejo. Para esclarecer el caso, el detective acude con una prostituta que le debe varios favores, interrumpiéndola cuando presta sus servicios a un cliente, con beso negro incluido. Para atrapar a los violadores ella frecuenta los mismos lugares que David. Al poco tiempo logra que él la invite a su departamento. Sus cómplices ponen en práctica el plan y la someten a todo tipo de vejaciones, pero ella logra conservar la calma, manejando la situación para evitarse cosas peores. De esta forma la policía reúne los elementos necesarios para aprehenderlos.
Para lograr que la anterior sinopsis se extienda hasta cubrir los 74 minutos que dura Expensive Tastes es necesario que las escenas de las violaciones sean mostradas con todo detalle, además de incluir otra donde David y su novia (Mary Ann Evans) se relajan viendo películas pornográficas con un proyector de 16mm hasta que acaban emulando a los actores. En esta secuencia es donde mejor se pueden apreciar las ambiciones artísticas de la directora Joanna Williams. Cuando Mary Ann Evans se arrodilla frente a Joey Silvera, para realizar las acciones acostumbradas en estos casos, su rostro se interpone entre la pantalla y el proyector, con lo que se combinan las imágenes de dos actrices con la boca llena, dando como resultado una meta-mamada (entiéndanlo como quieran).
Lo anterior será el único desplante formal en una narración que sigue fielmente los tópicos del género policiaco, sin mucha imaginación. El ambiente de paranoia que predominaba en esa época en EE.UU. le da cierta solidez a una trama más bien endeble, pero al final uno se queda con muchas dudas. Da la impresión que el híbrido entre porno y nota roja pudo haberse aprovechado mejor si la directora hubiese elegido apartarse de la estructura típicamente episódica de las producciones XXX. En lugar de aprovechar el suspenso que la premisa genera por sí misma, se hacen a un lado los aspectos de la investigación y así pasamos de la prostituta que acepta el encargo del policía directamente a la escena en que ésta es ultrajada. Además el relato se queda a medias, ya que sólo uno de los violadores es capturado mientras que sus cómplices evaden la acción de la justicia.
A diferencia de A Dirty Western aquí no hay escenografía o vestuarios dignos de ser tomados en cuenta. Toda la acción transcurre en departamentos, aun cuando se pudo haber incluido alguna escena en exteriores, y al final, cuando los personajes se reúnen en el precinto de la policía todo se limita a algunos pasillos oscuros y una escalera, con algunos sonidos de ambiente para simular que se trata de una oficina. La fotografía apenas se permite la audacia antes mencionada y la edición es rutinaria. Las actuaciones de veteranos como John Leslie y un entonces joven Joey Silvera representan una mejoría si las comparamos con las de A Dirty Western, pero tampoco son nada extraordinario.
No sé cómo explicar el que algunas personas digan que Expensive Tastes es una de las cintas más fuertes que se han hecho. Comparada con Ilsa, la Loba Nazi o Irreversible, esto es una película para niños. Es verdad que el nivel de violencia es poco común para la típica producción XXX, pero apenas puede compararse con lo que podía verse en el cine “normal” de la época. Para entonces los directores del mainstream ya habían obtenido imágenes mucho más fuertes. La reputación de Expensive Tastes como película maldita tiene más que ver con el clima de histeria generado en Estados Unidos por los conservadores y las organizaciones feministas que con el contenido de la película.
Nada nuevo. Basta con ver la forma en que un subgénero como el sado-maso se ha convertido en metonimia de todos los videos y fotografías de sexo explícito por obra y gracia del fanatismo de los aspirantes a censores. Invariablemente las feministas y los representantes de la extrema derecha citan estudios psicológicos que supuestamente demuestran que hay un vínculo entre la distribución de material pornográfico y el número de violaciones. Sus esfuerzos por darle un respaldo “científico” a sus acusaciones han sido desmentidas una y otra vez por los especialistas responsables de dichos estudios, quienes constantemente se quejan de que se les atribuyen resultados que no existen.
Esto forma parte de un debate más amplio que tiene que ver con el papel que los científicos han adquirido en la sociedad moderna como fuente de saber privilegiado. El sentido común y las culturas tradicionales son empujadas a un lado mientras estudios llevados a cabo en sofisticados laboratorios apenas sirven para alcanzar conclusiones que ni Pero Grullo. A lo más que han llegado estos estudios es a decir que los hombres violentos que además consumen pornografía tienen mayores posibilidades de convertirse en violadores que aquellos que no son violentos y que no gustan de revistas y videos pornográficos.
A falta de estadísticas que les den la razón, feministas y conservadores recurren a los testimonios. El problema es que, pese a lo dramático de muchos casos, no se puede concluir nada basándose sólo en anécdotas. Basta con un ejemplo que no corresponda con su “explicación” para que se les caiga el teatrito a los activistas. En muchos casos estos casos guardan poca relación con la pornografía y pueden ubicarse más fácilmente como ejemplos de violencia doméstica: esposas o novias forzadas a participar en orgías, niñas ultrajadas por sus familiares, etc. Los casos presentados pocas veces coinciden con lo que se quiere demostrar.
El trasfondo de todo este debate es la idea, compartida por muchos académicos, que los medios de comunicación masiva tienen un efecto inmediato e irresistible entre la población. Cabe preguntarse de qué artimañas o amuletos se han valido estos académicos para escapar a la influencia nefasta de la televisión, el cine, la radio, etc. Lo que psicólogos, sociólogos, etc. han dicho sobre la pornografía es exactamente igual a los argumentos que se emplean para explicar los terribles efectos que la violencia televisada tiene en el público que ellos suponen compuesto únicamente por niños y retrasados mentales, incapaces de formarse un criterio propio. Para cualquier persona con dos dedos de frente es obvio que los sociólogos, los psicólogos, etc. no saben de lo que están hablando.
Ahora nos reímos de los fanáticos religiosos que decían que los Bee Gees eran emisarios de Belcebú y que KISS significaba “Knights in Satan’s Service”, pero todavía le damos mucha importancia a las opiniones de ciertos “especialistas” que no tienen ninguna experiencia en medios de comunicación y que de todas formas se sienten autorizados para emitir juicios sobre la conveniencia de que ciertos contenidos se difundan. Esto, aunado a la creciente intervención del Estado en todos los aspectos de la vida, obligó a los productores de cine porno a ser cautelosos y no explorar aspectos violentos en sus historias, aunque con esto se cerraran posibilidades expresivas para el género.
A últimas fechas el debate revivió con el estreno de Forced Entry, video porno del 2002 (curiosamente también dirigido por una mujer, Lizzy Borden) que narra las aventuras de un asesino serial, admirador del Night Stalker Richard Ramírez, que viola y mata a varias mujeres. Esto es parte de una nueva tendencia en la que empresas como Extreme Associates han buscado el escándalo para promocionar sus productos. Como de costumbre, no pasó gran cosa, pero esto dejó claro que la nueva generación de productores ya no consideran a la censura como una amenaza seria, acostumbrados como están al auge que ha tenido la industria desde los años 90. Está por verse si los nuevos directores harán un intento serio por integrar la violencia a los argumentos de los videos porno o si todo esto quedará en la pueril misoginia de Max Hardcore y Khan Tusion.
EXPENSIVE TASTES
Dirección: Joanna Williams, con el seudónimo Jennifer Ray; Producción y Guión: William Dancer; Fotografía: Rahn Vickory; Edición: Mario Graves; Con: Elaine Wells (Alex), Joey Silvera (David), Phaery Burd, Mary Ann Evans, John Leslie, Ken Scudder, John Seeman, Fran Essex, Dan Egan
EE.UU., 1978, 74 min.
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