Por: Ernesto Román

En un ya celebre texto, donde por cierto nace el apelativo del “tío Jesús” para el cineasta Jess Franco, que se ha visto reducido cariñosamente al de “tío Jess”, el escritor español Javier Marías escribe, “(en) los primeros años sesenta (…) ver en España un solo pecho de mujer impreso era aún más difícil que verlo al natural”. Esa situación va a empezar a cambiar a principios de los años setenta, un poco antes de la transición política, cuando nace el destape. Películas, publicaciones y obras de teatro se convirtieron en la ventana ideal de la desnudez. Ese es el tema del libro de José María Ponce, El destape nacional. Crónica del desnudo en la transición (Ediciones Glenat, 2004, 128 pp.).

El autor fue director del festival de cine erótico de Barcelona, realizador de cintas pornográficas y responsable de varias publicaciones eróticas. Su texto es prácticamente pionero en el tema. Antes, solamente unos cuantos artículos y otros tantos capítulos en algunos libros. Ponce, independientemente de cualquier otra cosa, tiene el mérito de hacer un recuento global de ese momento histórico. Como todo libro temático, faltan nombres, temas y, sobre todo, fotos. Por ejemplo, faltan las mexicanas que llegaron a España buscando su internacionalización. De las propias españolas se extrañan Marujita Díaz y Jenny Lada. Es el riesgo de toda selección. Siempre falta alguien que el lector conoce o admira.

Para los mexicanos, mucho de lo que escribe Ponce y muestra el libro, es un material desconocido, ya sean las películas, las publicaciones o las estrellas. Visto desde acá, el destape español es un continente misterioso e inaccesible, con una historia que va de la muerte del almirante Luis Carrero Blanco, cuando es Jefe del Gobierno, a manos del grupo terrorista ETA, hasta poco después de la aprobación de la nueva constitución. Un tiempo donde la política y el destape llegan a tener una combinación casi perfecta. Ponce relata, con agilidad periodística, el caso de las fotos al desnudo de Marisol, al mismo tiempo que el país vive inmerso en cotidianas manifestaciones políticas, y donde lo uno dependerá de lo otro. Va de cuento.

Cuando aparecen las fotos de Marisol en Interviú, sobre ella pesa el recuerdo de ser una de las estrellas infantiles más populares en los años sesenta, en pleno franquismo. Tiempo después de que la revista haya salido al mercado, rompiendo récord de venta, una mujer divorciada, próxima a un segundo matrimonio con Antonio Gadés y llamada Pepa Flores participa en una marcha con tendencias izquierdistas. Pepa y Marisol son la misma persona, pero la que se desnuda es la segunda y no la primera, una ‘perra comunista’. Ese detalle, esa simbiosis, esa amplitud de miras del libro es uno de sus grandes méritos, ya que hace explicito que la desnudez cinematográfica no es un hecho aislado, sino solamente es uno de los muchos componentes que conforman la cultura visual contemporánea.

Aprovechándose de ello, Ponce hace una pequeña historia de las revistas españolas que muestran “algo del cuerpo” en sus páginas. Ello incluye desde las que siguen el modelo propuesto por Playboy, pasando por la revista de chismes del espectáculo (Nuevo Fotogramas), hasta las más guarras, las cuales van a derivar en la pornografía, cuando ésta sea autorizada. Una moda pasajera dentro de esas publicaciones la representa Sexy Cine, la cual reproduce las escenas más destapadas de algunas películas. En México circuló, de manera efímera, el número dedicado al filme Beatriz. Entre la Fe y la Lujuria, interpretada por Nadiuska y Jorge Rivero. Obviamente, había más páginas dedicadas a ella, gracias a sus desnudos.

En México, esa opción editorial tuvo sus consecuencias. Una revista masculina hizo la historia del desnudo en el cine mexicano apoyándose en la reproducción fotográfica de varias secuencias cinematográficas. Tal trabajo tuvo la desventaja de centrarse en unas cuantas películas y olvidar algunos títulos ya celebres por su ‘destape a la mexicana’, como Sexo Contra Sexo o Las Ficheras. Las que se destapan en el cine, también lo hacen en las publicaciones y viceversa. Las que lo hacen de manera frecuente en la prensa se convierten en objetos deseados por los productores cinematográficos. Algunas no pasan de la página impresa, como los casos de Marujita Díaz y Marta Sánchez. En la primera, parece que la edad influyó en su ausencia cinematográfica y, en la segunda, la música era su principal interés.

Aprovechando el viaje, Ponce hace un recuento muy elogioso de los fotógrafos que lograron los mejores trabajos. Trabajadores de la lente, por ejemplo, José María Castelvi, a quien las historias de la fotografía española –como las escritas por Francisco Torres Díaz y Publio López Mondejar– se olvidan de mencionar. ¿Por decencia? El destape español incluye entre sus intérpretes a actores tan admirables como Alfredo Landa, José Luis López Vázquez y Fernando Fernán Gómez. Claro, cuando Landa se convirtió en la estrella de la primera etapa del destape estaba muy lejos del premio de actuación que conseguiría en Cannes, junto con Francisco Rabal, por Los Santos Inocentes. En aquellos años de sesenta – setenta sus diversos trabajos dieron lugar a todo una temática llamada Landismo. Películas centradas en los avatares eróticos, fracasados o fatales, del ciudadano medio. Un español muy parecido a los protagonistas de los chistes de gallegos que se cuentan en México.

Y mientras los hombres se quedan en ropa interior, las mujeres se desnudan bien y bonito. Pero, también, poco a poco los hombres empiezan a quedar en pelotas, como el cantante Patxi Andion. Y después del desnudo, empiezan a aparecer las escenas sexuales, no solamente heterosexuales, sino también, homosexuales y lésbicas, como la que protagoniza Rocío Durcal. Y en medio de todo ello nacen los mitos y las leyendas, como Nadiuska, Susana Estrada y Jess Franco. La primera, es casi el símbolo emblemático del destape, pese a ser originaria de un país del Este. Cuando su fama empieza declinar, e inclusive llega a filmar en México con un papelito sin desnudo en Las Siete Cucas, la mujer desaparece en medio de toda clase de historias. Ocasionalmente ha reaparecido en programas televisivos de talk show contando algo de su vida y mostrando una actitud ‘rara’.

Susana Estrada tiene una carrera poco importante en el cine, ya que su verdadera fama nace de su propensión a desnudarse (o casi) ya sea en teatro, cabarets, revistas y en la vida cotidiana. Al grado de que el gran escritor hispano Manuel Vázquez Montalbán utiliza una foto de ella, con una teta al aire, para la portada de su clásico libro Crónica Sentimental de la Transición. Jess Franco, obviamente, se cuece aparte, pero también contribuyó a darle lustre y peso al destape. Sus múltiples obras le dan cantidad, calidad y mito al tema. Probablemente sin él y sin su musa, Lina Romay, la historia sería otra. Una veta que Ponce deja de lado y la cual se echa de menos es la evolución de la exhibición del pubis femenino. Ese detalle alcanza celebridad cuando María José Cantudo lo muestra por primera vez en La Trastienda. De ahí nace el mito del felpudo.

Después, Ponce ya no se refiere al tema, ni siquiera en las publicaciones masculinas, cuando es sabido que Interviú, por ejemplo, tuvo una política ambigua sobre el tema. Nadiuska y Marujita Díaz lo muestran alegremente, pero Marisol para nada. Y en cine ocurre lo mismo. Estrada y Nadiuska se aparecen desnudas de frente sin ningún problema, pero varias de sus contemporáneas tienen una actitud más recatada. Pese al desconocimiento de las imágenes y de los nombres, el destape español tuvo algunas repercusiones en México.

Durante algún tiempo hubo una versión mexicana de Interviú, donde colaboraron nombres célebres como el argentino Carlos Ulanovsky, la chilena Ximena Ortúzar, el crítico de cine Emilio García Riera y el periodista Pedro Ocampo Ramírez. Curiosamente, las artistas mexicanas tuvieron una actitud contradictoria con la publicación. Las más audaces fueron Martina Mena, Angélica Chaín y Carolina Magaña. Rossy Mendoza, María Montaño y Grace Renat estuvieron muy alejadas de sus audacias corporales y de su fama. Muchas célebres nunca estuvieron, como Lyn May o Rebeca Silva.

En el cine mexicano trabajaron varias destapadas españolas. La ya mencionada Nadiuska, qué también trabajó en Suave Cariño, Muy Suave, donde sí se desnuda al lado de Andrés García. Cantudo y Silvia Aguilar trabajan en Profesor Erótico. Helga Line lo hace en El Sexólogo. Adriana Vega colabora, al tú por tú, con Rossy Mendoza, Gloriela y Olga Ríos en El Sexo Sentido. Algunas de estas mujeres fueron conocidas en México gracias a la imprescindible Interviú pero, también, gracias a la revista Su Otro Yo, dirigida por Vicente Ortega Colunga, la cual publicó reportajes de Susana Estrada, Jenny Lada y alguna otra. Ninguno de esos reportajes estuvo a la altura de esas Diosas del destape.

Muchas de las películas antes mencionadas fueron hechas en coproducción, lo cual crea uno que otro malentendido en las fuentes bibliográficas. Por ejemplo, El Sexólogo en España se llama Mírame Con Ojos Pornográficos; mientras que La Llamada del Sexo, tiene otros productores, otro orden en el reparto de actores y otras escenas donde Mendoza se muestra más generosa que en la versión mexicana y, también, otro nombre: Obsesión Criminal.

De México a España van, en plena época del destape, María Fernanda, Rebeca Silva, Angélica Chaín y Grace Renat. Las dos primeras trabajan en Profesor Erótico y Renat y Silva coinciden en Perros Callejeros 2, cinta bien vista por David Wilt y donde ambas actrices no se desnudan, solamente Renat queda en topless. María Fernanda, de efímera fama a principios de los setenta por sus muy notorias ‘boobies’, enseña en Amor Casi Libre lo que en México nunca enseñó. De ese intercambio de cuerpos Ponce casi no habla. El material sobre las mexicanas allá, permanece en los ‘rastros’ –mercados de libros y revistas de segunda– y en las otras versiones de las películas que aquí fueron censuradas o que nunca se exhibieron, y que ni el video quiso recuperar y en DVD se olvidaron por completo de ellas.

Aprovechando el viaje, sólo queda esperar que algún día aparezca un libro como el de Ponce sobre el cine mexicano. No tuvimos ‘landismo’, pero tuvimos ‘ficheras’. No tuvimos a Jess Franco, pero tenemos al ‘Güero’ Castro. No tuvimos a Nadiuska, pero tenemos a Lyn May. No tenemos Interviú, pero tuvimos Su Otro Yo. No tenemos a Castelvi, pero tenemos a Paulina Lavista, Jesús Magaña y José Antonio Torres. No tenemos a Ponce, pero, muy seguramente, tendremos a alguien.

Índice del libro:
El desnudo como purificación, por Luis García Berlanga
El placer de lo prohibido, por Ramón de España
A modo de introducción

I. Los años bárbaros
II. Contra Franco pecábamos mejor
III. Destapado y bien destapado

La ley del punto final.
Índice onomástico
Índice de películas citadas
Bibliografía consultada