A Dirty Western
Por: Marco González Ambriz
En los 70, con la revolución sexual en su apogeo, los productores de pornografía lograron convencerse que el respeto hacia su profesión estaba a la vuelta de la esquina. Aunque muchos no estaban tan seguros de que sus películas pudieran ser tan prestigiosas como las que se exhibían en cines “normales”, hubo quien llevado por el entusiasmo empezó a invertir sumas mayores, a convocar ceremonias de premiación con todo y alfombra roja, a idear argumentos donde se abordaban temas serios, hasta no abrigar la menor duda de que la recompensa para sus desvelos era inminente y que de un momento a otro podrían colocarse al nivel de los más renombrados artistas de la época.
Ahora esto nos parece ingenuo. La notoriedad de Linda Lovelace y Marilyn Chambers en realidad estaba lejos de equipararlas a las que entonces eran las starlets de moda en Hollywood, las alabanzas hacia Radley Metzger y Gerard Damiano nunca se tradujeron en ofertas de trabajo por parte de productores pomadosos, las ceremonias de premiación se fueron haciendo chiquitas hasta llegar al nivel más bien casero de los AVN Awards. En California abundan los cineastas que trabajan a la vez en las producciones serias de Hollywood y en los videos “sucios” del contiguo valle de San Fernando pero lo hacen por su cuenta y riesgo, cuidando mucho de no ser descubiertos por sus patrones. La relativa fama de Traci Lords se debe en parte a sus actos de contrición pública, es poco probable que fuera aceptada incluso en las modestas producciones de clase B donde ahora se gana la vida sin primero arrepentirse de su pasado disoluto.
Sin embargo, las producciones de los años 70 todavía tienen sus seguidores. Lo que antes era un motivo de queja, el reducido número de actrices (no tanto actores) que aparecían ahí, ahora se ha vuelto una virtud para los coleccionistas de títulos clásicos frente a la aparición de las miles de fugaces estrellas que ahora hacen todo tipo de cochinadas en videos de ínfimo presupuesto. La fotografía en 35mm, que antes hacía más difíciles las filmaciones y sólo permitía breves escenas de sexo explícito, ahora es añorada por los que inconformes con la videografía sin chiste de hoy. La trama, que desesperaba a los onanistas que tres décadas atrás tenían una sola cosa en mente cuando entraban a un cine porno, en nuestros días se aprecia ante las escenas sueltas de títulos como Sperm Filled Sluts o Slant Eye for the Straight Guy, donde no hay el menor intento por contar una historia.
Hay otra característica del porno clásico que durante muchos años desapareció de las pantallas y que a últimas fechas ha regresado, para desgracia de los conservadores. Durante los 70 la relajación de la censura permitió hablar de temas que hasta ahora eran inimaginables en las salas cinematográficas, no solamente las dedicadas a las tres equis. Tras una larga temporada de mojigatería se podían ver mujeres embarazadas, se podía hablar de drogas, había sangre y situaciones desagradables, incluyendo violaciones. Fue entonces cuando cintas tan prestigiosas como Straw Dogs (Sam Peckinpah, 1971) mostraban lo que por muchos años sólo podía sugerirse con tal de ahorrarle sobresaltos a los espectadores sensibles. Los directores de cine porno no quisieron quedarse atrás y crearon películas como Forced Entry (1974), Expensive Taste (1978) o Waterpower (1976), junto con una gran variedad de comedias, dramas, terror y ciencia ficción.
La fiesta se acabó cuando Ronald Reagan llegó al poder en 1980. Una insólita alianza surgió entre las feminazis y los sectores más conservadores de la sociedad gringa, representados en este caso por la Comisión Meese, encabezada por el procurador general Edwin Meese III y encargada de encontrar alguna evidencia, la que fuera, de que la pornografía era una de las causas del aumento de la criminalidad. Por su parte, la asociación feminista Women Against Pornography colaboró en lo que pudo con la Comisión Meese aunque esto no le impidió protestar mientras se llevaban a cabo las audiencias. Para no variar esto era una mera fachada, ya que estas mismas mujeres, al mando de Andrea Dworkin y Catharine MacKinnon, fueron recibidas con todos los honores por los integrantes de la Comisión.
Hacer un recuento de todos los atropellos y las metidas de pata de la Comisión Meese sería demasiado cansado, baste con decir que la socióloga Edna Einsiedel y el psicólogo Edward Donnerstein anunciaron públicamente que la Comisión no había citado correctamente sus trabajos y que ellos no habían encontrado ninguna evidencia de que la pornografía hubiese provocado un aumento en el número de violaciones. Todo esto preocupó a los productores de videos porno, que para entonces ya se habían concentrado en el valle de San Fernando en California. Temiendo que el gobierno tomara medidas más fascistas que de costumbre tomaron la decisión de evitar los contenidos que resultaran demasiado “fuertes”, por lo que las violaciones y las lolitas, entre otras cosas, fueron eliminadas de sus videos.
Los dislates de la Comisión Meese fueron tan obvios que hasta los periódicos más conservadores tuvieron que admitir que el estudio, publicado en julio de 1986, no podía considerarse definitivo. De cualquier forma, los productores ya habían decidido no utilizar situaciones violentas. Esto ha cambiado en los últimos años, con un número creciente de videos y publicaciones donde se muestran violaciones y otro tipo de abusos. La diferencia entre estas nuevas producciones y las películas de los 70, así como el recibimiento que han tenido por parte del público, tiene mucho que ver con los cambios que se han generado en la pornografía en todo ese tiempo. Un ejemplo de esto lo tenemos en A Dirty Western, dirigida en 1976 por David Fleetwood.
Como se puede adivinar viendo el título, se trata de una película de vaqueros y forajidos con su buena dosis de sexo explícito. La secuencia de créditos, que en los videos porno de los 80 se conseguía con la mesa de edición más barata del mercado, en A Dirty Western demuestra la ambición de los realizadores. Para narrar la forma en que tres prisioneros escapan de una cárcel vemos una serie de dibujos en los que de forma muy eficiente se muestra lo esencial: el descuido de uno de los guardias, la toma de rehenes, la alarma generalizada en la prisión, el asesinato de otro custodio y el robo de unos caballos.
A continuación una panorámica nos muestra a los presos huyendo sin dirección fija. Una canción recurrente, otro rasgo que distingue a esta cita de los recientes videos porno de bajo presupuesto, nos habla de los sentimientos que tienen estos hombres al recuperar su libertad, aun cuando saben que las autoridades les siguen los pasos. La trama de A Dirty Western no podría ser más esquemática. Es como un fragmento de una película “normal” de vaqueros, a falta de un argumento bien desarrollado el espectador debe recordar lo visto en otros westerns para completar lo que aparece en pantalla.
Los tres fugitivos (Dick Payne, Levi Richards y Vern Rossi) se las arreglan para llegar a una granja aislada. Además de proveerse de agua y ropa, los criminales aprovechan que el padre de familia (Richard O’Neal) está ausente para violar a su esposa Sarah (Barbara Bourbon) y llevarse consigo a sus tres hijas (April Grant, Gloria Hope y Simone). Mientras los forajidos se dan a la fuga un alguacil y sus ayudantes llegan a la casa, auxilian a Sarah y de inmediato reanudan la persecución, ahora con la intención de rescatar a las muchachas. Sarah los acompaña y al final los villanos reciben su merecido.
A pesar de la nostalgia de los seguidores del cine porno, hay que decir que A Dirty Western tiene varios puntos en contra. Como puede verse, el guión es apenas una idea que pudo desarrollarse mejor. La guionista y directora Adele Robbins, usando el nom de porn David Fleetwood, introduce personajes que uno pensaría que van a tener mayor peso en la historia y que no vuelven a aparecer jamás, como el esposo de Sarah, que tiene una larga escena en la que se despide de su esposa (ya se imaginarán cómo) pero que no regresa al final para vengar su honra, como era de esperarse. El personaje encargado de castigar a los malhechores es un sheriff salido quién sabe de dónde, que se pelea constantemente con uno de sus acompañantes sin que se sepa muy bien por qué y que derrota a los villanos sin siquiera despeinarse, en un final que no se caracteriza por su acción trepidante.
En cuanto a la dirección, Robbins hace lo que puede con sus actores, pero sólo Barbara Bourbon intenta hacer creíbles las escenas en las que es sorprendida y ultrajada por los fugitivos. Los prisioneros abusan de Sarah en dos ocasiones, en la segunda ella es forzada frente a sus hijas y mientras que Bourbon hace lo posible por conseguir una escena dramática las actrices que interpretan a sus hijas simplemente la miran como si estuviera fregando el piso. Uno de los problemas de la película es que uno nunca cree que las muchachas secuestradas estén en peligro. A los forajidos no les cuesta mucho trabajo convencerlas para que accedan a sus más bajas pasiones y es obvio que las chicas, pese a su corta edad, ya tocan de oído, como puede verse en la escena en la que raptores y raptadas llegan a una laguna, incurriendo en actividades que me recordaron ciertas coplas infantiles (“las mujeres de mi pueblo / no se bañan en la tina / porque dicen que en el fondo / hay una… ” etc.)
Por otra parte, A Dirty Western tiene buena fotografía, vestuarios y escenografía bien logrados, música original. El hecho de usar locaciones en lugar de los claustrofóbicos estudios donde normalmente se graban los videos porno le da un ambiente distinto a las acciones. Pero si nos ponemos estrictos, A Dirty Western se puede ver solamente como curiosidad. No puede negársele cierta ambición a Adele Robbins, lo que no impide que su película sea más bien torpe. Esto se nota más en el final, donde se usa el montaje paralelo (cross-cutting en inglés), recurso empleado por primera vez por David Griffith en Birth of a Nation (1915) que consiste en alternar entre dos situaciones para generar mayor tensión. Para los que quieran un ejemplo más reciente les puedo recomendar los últimos minutos de Payback (1999), la de Mel Gibson. En A Dirty Western Robbins pasa de la escena en la que Sarah y el alguacil siguen el rastro de los forajidos a otra donde las chicas raptadas utilizan sus encantos para demorar a sus captores, pero alarga demasiado la secuencia y al final uno acaba por aburrirse.
Aunque algunos comentaristas se han mostrado horrorizados por las violaciones, no me pareció que fuera para tanto. Para que no me tachen de sádico, misógino y cosas peores, debo decir que contemplar este tipo de cosas no me resulta excitante ni agradable. Si no fuera por las malas actuaciones, me hubiera costado bastante trabajo ver A Dirty Western, ya no digamos escribir sobre ella. Todos los ultrajes que se muestran en la película están justificados por la trama y comparados con escenas similares en Straw Dogs, Last House on the Left o I Spit On Your Grave, que son cintas “controvertidas” sin ser pornográficas, las de A Dirty Western son más bien inocuas.
Ahora bien, el problema es que mi interés en esta película (que por cierto se consigue en internet, ya sea de manera oficial en DVD o de forma pirata en P2P) consistía en ponerme a prueba. Quería ver cuál sería mi reacción frente a una película donde el sexo explícito se mezcla con la violencia, llegando (se supone) hasta el límite de lo tolerable. Por lo que ya he dicho queda claro que el experimento no me salió, por lo que ahora tendré el dudoso honor de reseñar otra cinta de la misma época que según los expertos es aún más fuerte que A Dirty Western. En la siguiente entrega, hablaré de Expensive Taste y trataré más a fondo el espinoso tema de la pornografía y la violencia.
A DIRTY WESTERN
Dirección y Guión: Adele Robbins, con el seudónimo David Fleetwood; Producción: Michael Darrin; Fotografía: Robert Rubin; Música: Lee O’Donnell, Steve Jason; Edición: ; Con: Barbara Bourbon (Sarah), Richard O’Neal, Geoffrey Parker, Dick Payne, Levi Richards, Vern Rossi, Simone, Lois Grant, Gloria Hope, L.Q. O’Donnell, Sonny Franzese
EE.UU., 1975, 71 min.
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