Por: Rodrigo Vidal Tamayo

Habría que preguntarle a los seguidores consuetudinarios de la pornografía si realmente se sienten complacidos con lo que la mayoría de las películas les ofrecen. Al igual de lo que sucede con los videohomes mexicanos, muchas veces la portada es lo mejor de una cinta porno, en donde se nos informa de las bajezas de lo que son capaces sus sensuales actrices y del tremendo placer que nos otorgará el simplemente verlas gozar como féminas sanas y gustosas de mostrarse a una cámara siempre lasciva.

La realidad es que en la mayoría de los casos nos topamos frente a mujeres hartas de su condición cárnica y aburridas de siempre estar bajo las órdenes de directores carentes de imaginación, por no hablar de lo malos que deben ser como amantes los actores, incapaces de hacer saltar chispas del líbido de las actrices.

Si a lo anterior le añadimos lo aburrido que pueden ser esas eternas tomas clínicas de genitales, en donde el close-up de la ñonga del actor parece ser el principal objetivo del camarógrafo, o las también muy comunes escenas de cunnilingus que pueden llegar a ocupar la mitad de toda una película y en donde la mujer demuestra un sufrimiento producto del hartazgo, podemos darnos cuenta porque el porno no ha logrado abandonar su aire pseudosubterráneo y sigue sin consolidarse como el epítome de la expresión humana más pura.

El caso de la repetición dentro del porno hardcore –aquel en donde se ve todo por todos lados- es obvio. Si uno le pregunta a algún febril adolescente su opinión sobre este tipo de cine lo más seguro es que le conteste que con haber visto una se han visto todas. Y es común que en una reunión de profesionistas (todos masculinos por supuesto) la discusión se gire hacia quién ha visto la perversión más grande, dejando a un lado cuál película le provocó el mayor placer, factor que debería ser el que encumbre a las películas pues por eso las vemos, ¿o no?. En su afán por darle al público lo que pide, los productores se han olvidado que parte del éxito de una película sexual es una historia en donde se recreen nuestros deseos y fantasías.

Es por eso que la serie televisiva Beverly Hills Bordello ha permeado en el conciente de los noctámbulos seguidores de las televisión por cable, sobresaliendo no solo por sus inteligentes y calientes historias sino por la variedad carnal femenina que ofrece, aunado a una atinada fotografía que muestra lo que debe de mostrar sin llegar a exageraciones o tomas de mal gusto y sin caer en el tedio adormilante al que el Playboy channel y su serie Red Shoe Diaries nos tienen acostumbrados.

Ambientadas en una casa de citas cuyo slogan es el cumplimiento de cualquier fantasía, las historias van desde la estudiante universitaria que cumple el deseo de tirarse su profesor trabajando de meretriz en el burdel, hasta la oficinista que desea en secreto a su compañera de escritorio. Todos estos deseos son cumplidos al pie de la letra por la mandamás del lugar, Verónica Winston, personaje tan bien elaborado que ha tenido que ser interpretado por tres diferentes actrices.

El tono de las historias es su punto fuerte pues son narradas de un manera bastante realista y los personajes son de los más aterrizado, facilitando ese ideal que es la identificación del espectador. Los lugares comunes (por lo menos de nuestras cochinas mentes) que visita ayudan aún más a elevar la temperatura corporal y las escenas sexuales nunca están de sobra o a destiempo, dándole un ritmo de lo más sexy al programa, haciendo que un capítulo de media hora se vaya como si fuera un orgasmo.

La fineza de las historias y su respeto hacia ambos géneros permite que la serie pueda ser apreciada tanto por hombres y mujeres, convirtiéndola en un afrodisíaco perfecto para esas noches solitarias o compartidas. Nunca se ven en pantalla humillaciones gratuitas ni se menosprecia a nadie. En el burdel de Beverly Hills todos tienen cabida y más los deseosos de satisfacerse plenamente.

Para los hombres, la variedad de fenotipos femeninos que aparecen de un capítulo a otro es refrescante, satisfaciendo a todo tipo de gusto. Tenemos a mujeres de senos pequeños, mediano y grandes (naturales y falsos); rubias, pelirrojas y morenas; caucásicas, orientales y latinas; mujeres que parecen actrices porno totalmente y otras que pudieran ser nuestra vecina, lo que acentúa el realismo ya mencionado.

Las mujeres podrán satisfacerse con la presencia de una variedad igual de diversa. Desde los hombretones hipermamados hasta los burócratas panzones, pero eso sí, siempre respetuosos del poder que el sexo femenino tiene en pantalla, porque ese es otro punto a favor de la serie, sin importar que representen el papel de prostitutas, a las mujeres se les trata como reinas. Al ser facilitadoras de una fantasía que se antojaba imposible, su recompensa es el respeto y la veneración que se merecen.

Pero sin duda lo mejor del programa son las escenas de sexo, fotografiadas siempre en tomas abiertas que permiten admirar el encuentro carnal y las posiciones sexuales de una manera casi ilustrativa. Se nota que los directores, entre los que destaca Jon Burroughs por imaginativo, se preocupan por el trabajo histriónico con las actrices y podemos verlas al mismo tiempo como proveedoras y receptoras de un placer sin límites, situación impensable en el porno duro. Además de no abusar de las escenas y variándolas para satisfacer nuestro deseo por ver en pantalla nuestra posición favorita.

Quizás la única queja para con la seria sería que no muestran la suficiente carne, situación comprensible tomando en cuenta que es un producto para transmitirse en televisión. Pero después de haber visto varios capítulos surge la pregunta, ¿qué a ningún productor hardcore se le ha ocurrido mezclar el valor artístico de la serie con el espíritu barriobajero de sus productos? Cuando los productores dejen de suponer que es lo que los erotómanos queremos ver y realmente nos lo pregunten el porno podrá dar el siguiente paso y convertirse en un vehículo no solo de escape, también de transformación social. En serio.