La casa de enfrente
Por Alberto Acuña Navarijo
Suele suceder con frecuencia que, de manera accidental -y en algunos casos con mucha suerte-, nos topemos con verdaderas curiosidades fílmicas, de las cuales por alguna extraña razón ignorábamos su existencia; que si bien en la mayoría de las veces se tratan de sólo eso, rarezas que pululan por allí y por allá sin que casi nadie se percate, por lo menos la diversión que ofrecen ante su hallazgo nadie nos la quita.
Botaderos olvidados, videoclubs “patito”, bodegas con sus estantes llenos de increíble basura dispuesta a entrar a los anales de los placeres culpables más retorcidos, zapaterías con apartados para videos descontinuados dizque eroticones o soft porn, librerías con descuentos de miedo, tianguis y/o bodegas con películas en formato Beta sólo para los más clavados y por supuesto nuestra siempre confiable piratería en la esquina que menos te lo esperes. ¿Qué importa el lugar? ¿Qué importa cómo se consigan? Sólo es cuestión de dejarse llevar, atreverse a descubrir y disfrutar ante tales películas perdidas.
Por ende cualquier cinéfago sabe que si, por ejemplo en Tepito o Eje Central Lázaro Cárdenas, lugares por antonomasia para estos menesteres, se mueve por puro instinto, rascándole sobre el mar de infraproductos como son el volumen siete de El Terror de Cañitas, Salsacumbiando con Sonido La Changa, Aprenda Aerobics con Kate del Castillo (¡chale!) o la colección completa de Los HuevoCartoons; uno se puede encontrar con pequeñas extravagancias y la Serie Z más demencial, como lo puede ser una joyita videohomera injustamente ignoarada y rápidamente olvidada, (des)conocida como La Casa de Enfrente (Enrique Murillo, 2002).
Ahora bien, habiendo tanto videohome rondando por ahí, ¿qué hace tan especial encontrarse con éste en particular? La Casa de Enfrente carece de ideas originales, su trama como sus personajes son demasiado esquemáticos, la mayoría de sus actrices dan penita ajena y sus actores apenas se defienden; pero aun así es una de las más agradables bocanadas de aire fresco en los últimos años dentro del mercado casero por dos sencillas razones: tiene la actitud necesaria para ser una película decente tomándose en serio -que no pasmosamente- el thriller y la acción que maneja, por otro lado por tener al serial killer más original del que tenga uno memoria; dando pie a cuestionarse: si el Mad Mex de mayor culto ha creado héroes, mitos y reinas, ¿por qué no también a verdaderos villanos traumatizados, vengadores pasaditos de lanza y una que otra femme fatale, que logren ganar notoriedad haciéndoles ver sus suerte a los protagonistas en lugar de ser solamente figuras intercambiables?
Afortunadamente esto no lo hace bajo el argumento, supuestamente simpático, de “¿qué pasaría si un asesino serial psicópata viviera en el tercer mundo? / seguramente sería la cosa más surrealista que podría existir”, utilizado por ese bodriazo llamado Asesino en Serio (Antonio Urrutia, 2002), decidiéndose en su lugar por intentar meritoriamente lo que pocos videohomes del género pueden presumir: hacer una película con responsabilidad -llamémosle así- cuando ésta se basa en una noticia de moda.
Me explico: como los afectos al videohome saben, y en alguna otra ocasión hemos mencionado en esta sección, la industria se ha caracterizado a través de los años, entre otros defectos, por estar a la ¿vanguardia? en cuanto a temas se refiere. Por lo que no es de extrañar que mientras los noticieros o programas de chismes baratos explotan hasta sus últimas consecuencias alguna nota, los productores sin empacho algo se aprovechen de esto para lanzar anticipadamente las versiones cinematográficas de los mismos hechos. Ahí están para comprobarlo las películas relacionadas con los narcosatánicos, el chupacabras, la mara salvatrucha, los porros, el asesinato de Paco Stanley, las muertas de Juárez, el clan Trevi-Andrade, sectas de fanáticos religiosos, traficantes de órganos, el Mochaorejas, la verdad de Niurka y Juan Osorio y hasta los videoescándalos. Pero aún menos extraño resulta que estas películas dejen mucho que desear, aunque sinceramente, ¿podemos esperar algo con películas hechas al vapor y cuyo único fin sea el que todos los involucrados saquen una tajada del escándalo?
Por lo tanto, podríamos esperar lo peor de una película con temática proclive al morbo más descarado como lo es la reciente ola de violadores y asesinos de mujeres, con todo y cámara de video en mano para captar sus andanzas y tropelías, que conducen directamente a la fascinación colectiva por el mundillo del cine snuff y su alta carga de fenomeno mediático. Si a esto le agregamos que su director Enrique Murillo no es precisamente un genio cinematográfico (de hecho él es el responsable de bajezas como Juventud en Drogas -1996-, Gloria, Víctima de la Fama -2000- o Las Muertas de Juárez -2002-), las cosas se complican aún mas. Y la primera media hora de La Casa de Enfrente pareciera confirmar ambas afirmaciones:
El Teniente Saúl Cortéz (Gerardo Albarrán) es un hijo ilegítimo (otro más) de Harry el Sucio, el cual sólo tiene una ley para tratar con la escoria del subdesarrollo: la suya (¡tómala!), por lo que después de despacharse a unos inofensivos secuestradores es cesado varios meses a causa de los berrinches de Derechos Humanos, lo que hace que se complique la investigación de una serie de brutales asesinatos de prostitutas que al parecer tienen relación entre sí, y es que a Saúl no por nada se le considera el mejor de la corporación. Aún con la impotencia de Saúl por no poder entrar en acción, se consuela pensando que podrá darse el tiempo para rehacer su vida tras la dramática muerte de su esposa; reencontrándose después de varios años con su hija Diana (Griselda Contreras), volviendo con Karla (Claudia Vega), su antigua novia, previa autorización de Diana, y viviendo en una casa a las afueras de la ciudad, en donde con tanta calma piensa en retirarse definitivamente de la corporación.
Pero entonces, ¿por qué será que la llegada de Aldo, un nuevo vecino que dice ser un famoso maestro de actuación, trastoca la tranquilidad del lugar y es vista con malos ojos por Karla? ¿Será porque Aldo cínicamente coquetea con Diana y su amiga Katia (Gabriela Andrade)? ¿Será porque lleva a su casa a jovencitas para montar escandalosos y muy sospechosos ensayos con todo y cuchillo cebollero? ¿O de plano es porque Aldo está bien gachito? ¿Qué importa? Ya para la hora que ha transcurrido uno ha descubierto que Saúl después de todo es medio pendejo, porque no se da cuenta que tiene frente a él al asesino que toda la policia anda buscando. En todo caso también cabría señalar que el asesino será muy genio criminal y pone en jaque a toda una corporación, ¡pero qué obvio es dejando evidencia regada por todos lados!
El espectador acaba por aceptar, sin oponer mucha resistencia, que el guión transite sin el menor reparo por los más rigurosos -por no llamarles absurdos- lugares comunes del género, y para esto sólo hay una explicación: Aldo no es otro que Luis Felipe Tovar prácticamente interpretándose a sí mismo en su faceta de maestro de actuación de su propia escuela El Set. ¡Wow! Sin lugar a dudas esta es la mejor y más propositiva variante que ha presentado un subgénero del que se ha abusado de la manera más desvergonzada posible.
Como comentaba recientemente a propósito de Ver, Oír y Callar (Alberto Bravo García, 2005), nunca he considerado a Tovar buen actor -hacer aspavientos, dengues y tics no es actuar, aunque los fans de Robert De Niro, Robin Williams y Jim Carrey piensen lo contrario- y ni siquiera es alguien carismático. Mejor sería llamarle la persona con más suerte en México, ya que a pesar de sus serias deficiencias interpretativas es muy “querido” y socorrido por el entusiasmo que aparentemente le imprime a cualquier proyecto en el que es requerido; por lo que lo mismo se puede poner muy exquisito actuando bajo las ordenes de Retes o Ripstein, que divertirse como enano en cintas de calidad dudosa como Santitos (Alejandro Springall, 1999), Atlético San Pancho (Gustavo Loza, 2001) o 7 Mujeres, Un Homosexual y Carlos (René Bueno,2004); hacerle el favor a algún novato en su primer cortometraje, participar en cintas meramente comerciales como Fantasías (Jorge Araujo, 2003) o Gente Común (Ignacio Rinza Oviedo, 2004), y sin ningún prejuicio le entra al videohome o a las telenovelas. Es más, si le ofrecieran ser profesor de La Academia o anunciar pomada para las hemorroides, también lo haría con gusto y hasta orgullosamente, aunque desconozco qué tanto de su disposición sea interés por el oficio, profesionalismo y modestia, y qué tanto sea pose de “somos una industria en crisis, hay que apoyarnos los unos a los otros, formar colectivos y participar en lo-que-sea”, bandera que mantiene gente como Roberto Sosa o Vanessa Bauche.
Pero entonces, ¿La Casa de Enfrente se reduce sólo un chiste local? Por suerte no, pero debo de reconocer por primera vez que sólo Tovar pudo darle ese toque amoral, perverso y mala leche a su personaje. Por lo tanto, mientras nos sorprendemos con una fotografía que nos hace jurar que esta no es una película de 16 milimetros y una narración eficiente y coherente, siempre consciente de sus propias limitaciones -criterios que hablando de un videohome pudieran sonar pretenciosos porque es algo así como burlarse y aprovecharse con alevosía y ventaja de los defectos de los demás, pero que en esta ocasión es necesario citar ya que estos también hacen la diferencia-, Luis Felipe Tovar nos lleva al delirio (¿dije esto o lo pensé?), con un asesino que puede llegar al sadismo más exacerbado realizando y subiendo a internet videos snuff (“lo hice por que quise, porque se me pegó la gana y por que así soy yo, y si se me presentara la oportunidad lo volvería a hacer”), mientras que, autoparodiándose, hace junto con sus alumnos – que me supongo son estudiantes reales de El Set recibiendo aquí su primera oportunidad- ejercicios de pacotilla, con faje y agarrón de nalga incluidos -espero que esto sólo una farsa y no una parte autobiográfica-.
No hay mucho más que decir. Ahora les toca a ustedes salir a las calles, ya que por ahí, escondidas, están las películas de las que habrá que hablar. Descúbranlas, vuélvanlas de culto.
LA CASA DE ENFRENTE
Dirección y Guión: Enrique Murillo; Fotografía: Manuel Martínez; Música: Network Music; Edición: Julio C. Arrieta y Enrique M. Rodríguez; Compañía Productora: Cinema Films; Con: Luis Felipe Tovar (Aldo), Gerardo Albarrán (Saúl), Claudia Vega (Karla), Jaime Gerner (Procurador), Carlos González (Garrido), Aliot Ojeda (María), Carlo Puente (Godinez), Yanco Puente (El Sapo), Griselda Contreras (Diana), José Luis Meneses (Profesor), Susana Villarreal (Norma), Gabriela Andrade (Katia), Hugo del Valle (Abel), Griselda Lizárraga (Sandra), Rogelio Lozoya (El Nahuatl), Carmen Perkin (Secuestrada), Gustavo Saldívar y Fernando Ramírez (Secuestradores)
México, 2002, 90 min.
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