La Jetée vs. 12 Monos
Imágenes en movimiento. Tres palabras que encierran de manera bastante llana -pero práctica- el punto medular del concepto cine. Si nos atenemos a esta magra definición, La Jetée, cortometraje dirigido por Chris Marker en 1962, no es cine; sin embargo, sí es una película. 12 Monos, filme realizado en 1995 por Terry Gilliam se basa, casi se roba, el argumento de La Jetée pero, no obstante, no se trata de un remake.

La Jetée se ha convertido en un clásico del cine de ciencia ficción, pero ¿cómo lo hizo, si ya dijimos que no es cine? Expliquemos. Chris Marker, realizador radicalmente experimental, crea una fantasía futurista a partir de una obsesión personal: la memoria como escaparate y bastión del tiempo. En este cortometraje conocemos la historia de un hombre que tiene un sueño recurrente en imágenes fragmentadas: un rostro de mujer, un aeropuerto, un niño.
La fragmentación del tiempo es algo recurrente en los trabajos de Chris Marker, de la misma forma que lo es su conceptualización de memoria, que de hecho ya deviene como fragmentaria per se y así lo explican diversos estudios –aceptándolo, también, cineastas como Oliver Stone y Agnès Varda– e inclusive así es entendido por el razonamiento propio: los recuerdos nunca acceden a nuestro cerebro de manera lineal, sino como saltos temporales.
De ahí parte la premisa de La Jetée y posteriormente la que utilizaría Gilliam para su docena de changos y, aunque arrancan desde un mismo punto, ambos realizadores se sitúan en las antípodas para su ejecución. Marker opta por un recurso de fotografía fija en blanco y negro para la elaboración de una historia claustrofóbica –y por qué no decirlo, hasta horrorífica- a la que él mismo gustó de llamar foto-novela.
Francia (y el mundo entero) ha sucumbido después de una guerra nuclear. El escaso número de sobrevivientes debió internarse en el subsuelo para vivir. Experimentos científicos han logrado enviar a personas en viajes temporales hacia el pasado, sin embargo, los “voluntarios” mueren o enloquecen a causa del impacto mental de convergencia de tiempos. Nuestro hombre –del que jamás sabemos su nombre– ha sido seleccionado por tener una fijación fuera de lo común con una imagen del pasado.

El director recurre a una narración en off de todo lo que nuestro hombre logra y observa a través de sus viajes, mientras que en pantalla la sucesión de fotografías da cuenta de ello. Exposiciones en claroscuros de marcado realce poético tanto en rostros como en momentos o de lugares cotidianos. Situaciones y objetos que escapan de la conciencia del hombre: aves, panteones, niños, sol, luz, aire… ella, la mujer de sus sueños.
En La Jetée se desarrolla una aparente relación afectiva entre estos dos personajes, hombre y mujer que paradigmáticamente carecen de un nombre propio, porque son ellos la representación de una humanidad en decadencia. Para Marker el ejercico cognitivo tiene su raíz en la memoria, más en su facultad escolástica (como potencia del alma) que en la mera concatenación de hechos pasados.
Así, el aprendizaje de este hombre hacia su interior se basa en la relación con esa mujer que estuvo presente en él desde su génesis misma. Si sus primeros viajes fueron con visos de investigación y ayuda común (forzada, por cierto), ahora son de índole meramente personal, por eso la conducta de los científicos de cambiar sus viajes hacia el futuro, donde una raza de seres superiores habrán de terminar por clarificar la decisión del individuo y el camino a seguir por Marker en el discurso de una obra inteligente y de una carga espiritual y filosófica pocas veces vista: la naturaleza del hombre y su explicación presente, además de su justificación futura, se encuentra en relación directa con sus acciones pasadas, teniendo cómo único vínculo en estos tres tiempos a la memoria.
Regreso a lo cotidiano y a lo extraordinario (¿regreso al útero?) por medio de las imágenes/recuerdos como forma de autoconsciencia y -¿por qué no?- de revelación mística capaz de soñar/vivir/desear/esperar la propia muerte. Interiorización de un discurso universal plástica y discursivamente irrepetible, como ya se ve en la obra de Terry Gilliam que, sin embargo, es una obra recomendable.
Decíamos que con 12 Monos Gilliam no hacía un remake y eso es evidente, si bien está partiendo de la misma anécdota. James Cole, preso de alta seguridad, está obsesionado con una imagen recurrente de la niñez: una mujer que corre desesperada por los pasillos de un aeropuerto, un cuerpo que cae abatido a tiros, un niño que es testigo mudo de esa muerte. Año 2035. La humanidad ha sido exterminada en un 99% por un virus letal, los sobrevivientes deben vivir sumergidos a kilómetros de profundidad. Cole es seleccionado como un “voluntario” que debe de salir al exterior a recolectar diversas muestras. El éxito de la misión le lleva ante unos científicos que le explican los viajes temporales con el objetivo de enviarlo a 1996 para rastrear al ejército de los 12 monos, el grupo terrorista culpable de esparcir el virus que destruyó la vida sobre la tierra.
Bruce Willis y Brad Pitt en 12 Monos
Los cálculos fallan, Cole está en 1990 y es tratado como un enfermo mental. En un manicomio conoce a la doctora Railly y al extravagante Jeffrey Goines. Antes de que las cosas pasen a mayores desaguisados después de un intento de fuga, Cole es regresado al 2035, pero un nuevo salto del tiempo lo lleva, esta vez correctamente, al año 1996, justo en los albores del ataque terrorista de los 12 monos, lidereados, para su sorpresa, por Goines. Cole se reencuentra con la doctora Railly, a quien obligará a ayudarlo en busca de detener un mal que aún no sucede.
Gilliam recurre a una narración convencional para poner en tela de juicio la mentalidad del protagonista, esta vez perfectamente reconocible (no más paradigmáticos él y ella) y que encaja perfectamente en el concepto de “hombre solo contra el destino” (nunca mejor dicho), un ser que habrá de luchar en contra de las adversidades por detener una catástrofe, al tiempo que duda de su propia sanidad mental. ¿Es en realidad un viaje por el tiempo o se trata simplemente de las alucinaciones de un esquizofrénico?
El director se enfoca en darle a este argumento un tratamiento clásico, llevando al espectador y siguiendo él mismo una encadenación de hechos que pasan por la consabida relación romántica de los protagonistas, el enfrentamiento de dos personajes antagónicos (Cole – Goines) que son en realidad personalidades complementarias; reservándose, además, una interesante vuelta de tuerca que lleva al complot de los 12 monos en una dirección opuesta a lo que científicos, Cole y el público esperaban. Está de más decir que el punto climático de la cinta se sitúa justo en el aeoropuerto donde pasado, presente y futuro se unen en la atónita mirada de un niño, el desesperado grito de una mujer enamorada y la sangre del héroe caído.
Lo que en La Jetée es poesía narrativa y en Chris Marker una introspección de conceptos universales, en 12 Monos es una efectiva puesta en escena desasosegante y decadentemente futurista al servicio de una historia paradójicamente lineal, donde los viajes temporales no afectan la recta cronológica de la relación entre los personajes y el desarrollo de la historia.

Marker pone el punto central de su obra de culto en el peso de la memoria como denominador de la existencia individual y de su crecimiento intelectual y, por extensión, el de la humanidad. Gilliam, en cambio, poco o nada utiliza el poder de la memoria, prefiriendo la premisa del “bien común”, es decir, hasta en los últimos momentos Cole (a diferencia del hombre de Marker) piensa en evitar una catástrofe que acabará con la raza humana en un futuro cercano, desgracia que bien vale decir, Marker apuntó como una evolución lógica de la especie (la destrucción como punto último) y como consecuencia de sus propios actos; en tanto que Gilliam la anota como resentimiento y venganza de un solo individuo, algo así como la teoría del asesino solitario. Pequeñas diferencias de concepto para una premisa que ya recorrió dos caminos: por un lado, en 1962, el de la trascendencia filosófica y por otro, en 1995, el de cine espectáculo.
LA JETÉE
Dirección y Guión: Chris Marker; Producción: Anatole Dauman; Fotografía: Chris Marker, Jean Chiabaut; Música: selección de stock a cargo de Trevor Duncan; Edición: Jean Ravel; Elenco: Jean Négroni (voz narradora), Hélène Chatelain (la mujer), Davos Hanich (el hombre), Jacques Ledoux (el científico)
Francia, 1962, 28 min.
Participaciones: Premio Jean Vigo a Mejor Cortometraje, Francia, 1962
12 MONOS
(Twelve Monkeys)
Dirección: Terry Gilliam; Guión: David Peoples y Janet Peoples, basados en la película La Jetée, de Chris Marker; Producción: Charles Roven, Lloyd Phillips; Fotografía: Roger Pratt; Música: Paul Buckmaster; Edición: Mick Audsley; Elenco: Bruce Willis (James Cole), Madeleine Stowe (Dra. Kathryn Railly), Brad Pitt (Jeffrey Goines), Jon Seda (José), Joseph Melito (James Cole, niño)
Estados Unidos, 1995, 129 min
Participaciones: Festival Internacional de Cine de Berlín (Premio del Jurado del diario Berliner Morgenpost), Alemania, 1996; Premio Globo de Oro a Mejor Actor de Soporte (B. Pitt), Estados Unidos, 1996; Nominación al Premio Oscar por Mejor Actor de Soporte (B. Pitt) y Mejor Diseño de Vestuario, Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas, Estados Unidos, 1996; Premio Saturno a Mejor Diseño de Vestuario, Mejor Actor de Soporte (B. Pitt) y Mejor Película de Ciencia Ficción, Academia de Cine de Ciencia Ficción, Fantasía y Horror. Estados Unidos, 1996; Premio Empire a Mejor Director, Gran Bretaña, 1997
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oh si que si, el muelle es tan bonita… tan romántica.