Código 46 (Code 46)
Por: Marco González Ambriz
En los últimos años el cine de ciencia ficción que se exhibe en los multiplex se ha orientado hacia el space opera, con películas que privilegian el espectáculo sobre el contenido. Las ideas desaparecen ante las encarnizadas batallas de rayos láser y el estruendo de las explosiones en el espacio (caso raro, pues el sonido no se propaga en el vacío sideral), convirtiendo a este género en un remedo del cine de acción. Por eso es de agradecerse que el británico Michael Winterbottom se aparte de la norma con Código 46, que le debe más a la distopia de Soylent Green que a las aventuras pulp de Star Wars.
No estoy diciendo nada nuevo. Todos los especialistas en SF se vienen quejando de lo mismo desde que Flash Gordon dio el salto a la pantalla grande para hacerle la vida de cuadritos a Ming el despiadado. Sin embargo, aunque concuerdo con ellos en que el cine de ciencia ficción ha privilegiado la forma sobre el contenido, tengo que decir que siempre me ha parecido que el género, tanto en literatura como en el cine, siempre ha estado por debajo de sus ínfulas. La mayoría de los relatos y novelas de ciencia ficción plantean realidades demasiado simples, donde un solo factor basta para alterar el curso de sociedades futuras o dimensiones alternas. Hay excepciones (vgr. Stand on Zanzibar, de John Brunner), pero esto es algo que afecta también a las películas de SF más ambiciosas.
Una forma de evitar esto es lo que hace Michael Winterbottom en Código 46. En lugar de ofrecer una explicación para el futuro que plantea, necesariamente incompleta, nos obliga a acompañar a sus protagonistas en su rutina cotidiana, que transcurre en un mundo en el que la humanidad se divide entre la población urbana, que goza de todos los privilegios a cambio de su intimidad, y los marginados, que habitan los interminables desiertos que rodean a las ciudades (y si esto les parece exagerado, basta con echarle un vistazo a la reciente Vodka Limón o la ya vieja Fata Morgana para convencerse de lo contrario). William Geld (Tim Robbins) es un empleado de Westernfields que viaja a Shanghai para investigar un caso de falsificación de papelles, el salvoconducto que le permite a la gente trasladarse de una ciudad a otra. Él mismo sólo tiene autorización para permanecer en Shanghai 24 horas antes de regresar a Seattle, tiempo de sobra para realizar su trabajo gracias a que la empresa le proporcionó un virus orgánico que le proporciona un nivel de empatía que le permite adivinar los pensamientos de los demás.
William no tiene ninguna dificultad para descubrir que la culpable de las falsificaciones es María González (Samantha Morton), así como tampoco le cuesta ningún trabajo enamorarse de ella. William no sólo desvía la investigación sino que acompaña a María al bar donde ella le da el papelle falso a un especialista en murciélagos que desea viajar a Delhi para examinar una especie local. La Esfinge, la compañía encargada de fabricar y regular el uso de los papelles, le ha negado durante años el permiso y María, que pasó una larga temporada desterrada en el desierto, acepta ayudarlo. Al día siguiente, William se despide ella y regresa con su familia en Seattle. Los problemas empiezan de inmediato. Una de las falsificaciones de María produce la muerte de uno de sus clientes, que ignoraba que se le había negado el permiso porque era vulnerable a una de las nuevas enfermedades que surgen de continuo en el ambiente cerrado de las grandes ciudades.
Westernfields le ordena a William volver a Shanghai para arreglar la situación y es entonces cuando descubre que María ya está en problemas. La noche que pasaron juntos fue suficiente para violar el código 46, que le prohibe tener hijos a las personas que comparten el mismo material genético. Al mismo tiempo que trata de ayudarla, William debe estar consciente que en Seattle le esperan su esposa y su hijo. Además, está sujeto a la vigilancia constante de la empresa, que empieza a sospechar que su agente oculta algo. En este momento, donde otros realizadores utilizarían esto de pretexto para sacar a relucir los efectos especiales, con balaceras torrenciales, persecuciones espeluznantes y escapes de último momento, Michael Winterbottom y su guionista. Frank Cottrell Boyce, prefieren seguir a sus personajes mientras hacen un inútil viaje a Dubai, la ciudad natal de María.
Código 46 está más cerca de Perdidos en Tokio que de Blade Runner, Rollerball (la original, por supuesto) o el ecologismo ramplón de Silent Running. Aunque muchos críticos angloparlantes la encasillaron como un film noir aggiornato, llevados por la profesión de uno de sus personajes principales, la verdad es que a Winterbottom le importan muy poco el crimen y el inevitable castigo de William y María. Otros han dicho que se trata de una historia que podría ubicarse en cualquier ciudad contemporánea sin necesidad de recurrir a elementos de ciencia ficción, pero esto es precisamente lo que la hace interesante. Mientras las películas de ciencia ficción con frecuencia están pobladas por personajes acartonados que sólo sirven como pretexto para ilustrar, de la forma más obvia posible, los peligros de la sobrepoblación, la tecnología o la contaminación, Código 46 es, ante todo, un estudio de personajes.
En el futuro cercano/presente alternativo de Código 46 la injerencia de los científicos empieza en el momento mismo en que sus habitantes se enamoran. Hay una escena clave en la que William lleva una muestra del cabello de María a un laboratorio, para averiguar si él y María rompieron el código 46, mientras en la ventanilla de junto una pareja es informada por un empleado que están autorizados para concebir. Sin decirlo abiertamente, Winterbottom nos hace sentir la dificultad de los protagonistas para mantener algo en secreto. En todo momento hay cámaras que vigilan a María en su lugar de trabajo, mientras William debe reportarse constantemente a sus superiores. Es comprensible que dos personas acostumbradas a vivir en un panóptico no sean tan efusivas como les gustaría a algunos críticos, que se quejaron de la falta de química de los protagonistas, sin entender que este es uno de los temas de la cinta.
María reconoce a William en uno de sus sueños, una pesadilla recurrente en la que ella recorre todas las estaciones del metro en busca de alguien, sin saber en realidad a quién está persiguiendo. En el caso de William no hace falta una explicación: María es interpretada por una radiante Samantha Morton. La relación entre ambos está lejos de ser un romance de ensueño. Los dos saben que la distancia y los requerimientos burocráticos de las empresas para las que trabajan les impiden ir más allá de un one night stand. El hecho de que Code 46 esté ambientada sin escenografías extravagantes es otro punto a su favor, pues ayuda a mantener esta historia en un plano emocional reconocible, sin dejarse sofocar por los desplantes de producción de cintas recientes como Yo, Robot. Los edificios, los vehículos y la ropa son idénticos a los que se usan actualmente, algo que resulta más creíble que las imposibles promesas de la ciencia ficción de antaño, que juraba que en el año 2000 todos se iban a transportar en autos voladores.
El idioma es otra de las herramientas empleadas por Winterbottom para transmitir esta sensación de desamparo. Todos los personajes hablan el inglés como lingua franca, con algo de español, francés, italiano, japonés, cantonés y árabe. A pesar de esto, queda claro que los habitantes de este mundo futuro/posible no están más cerca de alcanzar una armonía universal que nosotros. Esto es algo que a muchos críticos les pareció ridículo pero dada la cantidad de bandas nuevas que mezclan idiomas en sus canciones creo que no es algo tan descabellado. A lo mejor es que últimamente estoy oyendo una mezcla de pop japonés (Shiina Ringo), hip hop francés (Mista Snake), metal noruego (Borknagar), reggae polaco (Indios Bravos), surf ruso (Messer Chups) y folklore gitano (soundtracks de Tony Gatlif), lo que me hace pensar que cada vez estamos más cerca de llegar a un punto en que los estilos regionales se fusionen hasta llegar a una especie de cultura globalizada, pero no en el sentido que dicen los alarmistas, en el que todo el mundo escuchará a Justin Timberlake, le guste o no, sino en un modo más positivo, donde los artistas de cualquier país pueden llegar hasta donde la tecnología se los permita.
Aquí es donde radica lo que para mi gusto es uno de los pocos faux pas de Code 46. Aquí Winterbottom, a pesar de su interés por la cultura popular, manifestado en 24 Hour Party People, no quiere especular sobre el aspecto que la música, la televisión o el internet pueden tener en un futuro cercano. Para no meterse en líos, el director solamente se atreve a incluir una pequeña inside joke: el tipo de traje y corbata que se sube al escenario de un karaoke a cantar “Should I Stay or Should I GO?”, jaibol en mano, es nada menos que Mick Jones. Siendo benévolo, la ausencia de referencias culturales no perjudica a la película porque acentúa la sensación de soledad de William y María. Por otro lado, actualmente hay bastantes experimentos que hace unos años se antojarían imposibles (¿una colaboración entre TATU y Rammstein?) y que serían perfectos para una historia como ésta. Lo que no le perdono a Michael Winterbottom es que eligiera una canción de Coldplay para ilustrar el destino de sus personajes. En primer lugar porque la letra de dicha rola es demasiado explícita para el tono discreto de la narración que la precede y en segundo lugar porque, como todo lo que ha grabado Coldplay, es horrenda.
Sitio Oficial: www.mgm.com/ua/code46/
CÓDIGO 46
(Code 46)
Dirección: Michael Winterbottom; Guión: Frank Cottrell Boyce; Producción: Andrew Eaton; Fotografía: Alwin Küchler, Marcel Zyskind; Música: Free Association; Edición: Peter Christelis; Elenco: Tim Robbins (William), Samantha Morton (María González), Jeanne Balibar (Sylvie Geld), Om Puri (Backland), Essie Davis (Doctor), Shelley King (jefe de William), David Fahm (Damian Alekan), Togo Igawa (chofer), Bruno Lastra (Bikku)
Inglaterra, 2003, 85 min
Premios y nominaciones: Festival de Cine de Venecia, 2003: Michael Winterbottom, nominado al León de Oro. British Independent Film Awards, 2004: nominado como mejor logro en producción; Mark Tildesley, nominado por el mejor diseño de producción. European Film Awards, 2004: Samantha Morton, Premio del Público a la mejor actriz; Michael Winterbottom, Premio del Público al Mejor Director; Alwin H. Kuchler y Marcel Zyskind, nominados al European Film Award por mejor fotografía; David Holmes, nominado por la mejor banda sonora original
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