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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Zoolander

Por: Marco González Ambriz

Antes de burlarse de los programas de deportes con Dodgeball, Ben Stiller hizo lo propio con el patético mundo de la moda. Derek Zoolander, su alter ego en esta ocasión, es el prototípico modelo elevado al rango de semidiós por los medios de comunicación, que descubrieron durante la década de los 90 una minita de oro en las pasarelas, la obra de los diseñadores y los cuerpos de perro hambreado de Naomi Campbell, Kate Moss y Christy Turlington. Aunque lo tachen a uno de envidioso y elitista, igual se agradece que haya alguien dispuesto a burlarse de los fashionistas.

El problema es que el mundillo de la moda es un blanco demasiado obvio para una parodia. Por una parte es muy fácil utilizar la incongruencia entre la fama de estos personajes y su falta de méritos, lo que nunca ha impedido que se les preste una atención que sería mejor emplear en otros asuntos. Pero aunque es fácil reírse de los fashionistas es muy difícil encontrar de qué burlarse. Todos las personas involucradas en este ambiente son tan tontas y tan ridículas que no hay forma de satirizar su discurso (porque no existe), su incoherencia (porque no hay ninguna distancia entre sus acciones y sus palabras), ni de su apariencia siquiera (porque de eso se encargan ellos mismos).

Los deportes son igual de idiotas pero al menos tienen una narrativa (¿logrará el equipo ganar el campeonato?) y despiertan pasiones, así se trate de una liga de futbol llanero. En cambio, la moda carece de estos elementos, por lo que Stiller y sus coguionistas tuvieron que recurrir a una trama de suspenso e intriga política, calcada de The Manchurian Candidate, para darle una estructura al relato. El argumento, por lo tanto, es lo menos novedoso de Zoolander. A pesar de que la película es bastante corta (89 minutos), hay secuencias que parecen de relleno y en general el todo es menos que las partes.

El personaje del título es reclutado para asesinar al primer ministro de Malasia por una tenebrosa organización de diseñadores de moda. Jacobim Mugatu (el insoportable Will Ferrell), el diseñador más famoso del momento, teme que la propuesta del primer ministro de subir los salarios en Malasia y de imponer restricciones para el trabajo infantil lo lleve a la ruina, por lo que selecciona al modelo masculino más estúpido que hay para lavarle el cerebro y entrenarlo para que asesine al mandatario. Da la casualidad que en días previos se realizó la entrega anual de los premios a lo mejor del modelaje, donde Zoolander hizo el ridículo al subir al escenario para aceptar el premio que en realidad era para su rival Hansel (Owen Wilson). Mugatu planea explotar la depresión de Zoolander, invitándolo a ser la imagen de su nueva línea Derelicte, para convertirlo en el asesino perfecto, principalmente porque es tan tonto que jamás sospecharía que está siendo utilizado con fines malévolos.

Sin embargo, Zoolander cuenta con la ayuda de Matilda (Christine Taylor), reportera de la revista Time que en un principio lo ataca mediante una entrevista nada halagadora, pero que al enterarse del complot decide que la única forma de impedir el magnicidio es colaborando con el modelo. En el camino encuentran un aliado inesperado en Hansel, enfrentan a la andrógina Katinka Ingabogovinanana (Milla Jovovich) y descubren que el único hit de Frankie Goes To Hollywood es la clave del plan para darle matarili al Primer Ministro. Al mismo tiempo, Zoolander y Matilda superan sus diferencias y nos enseñan el significado del verdadero amor. Los chistes son constantes, al igual que la aparición de personajes famosos ávidos de mostrar lo cool que son, lo que no le sirve a Stiller para lograr que Zoolander sea tan divertida como él quisiera.

Hay un excesivo respeto hacia el objeto de la sátira. Al mismo tiempo que se burla de la escena del modelaje, Stiller no parece dispuesto a señalar a nadie en particular. Hay suficiente mariconería, crisis nerviosas y chismes absurdos en este ámbito como para varias películas, pero la presencia de un buen número de modelos y otras “celebridades” indica que Stiller en realidad no entiende lo ridículo de seguir obsesivamente los altibajos de la fama, tal como se practica en los programas de espectáculos y los pasquines de supermercado. Los actores y cantantes que aparecen en Zoolander son personajes que matarían por tener su propio reality show, como Fred Durst o Li’l Kim. Es como si alguien hiciera una parodia de la política en México y tuviera como invitado especial a López Obrador. Son caras famosas que no aportan nada a la comedia, con la sola excepción de David Bowie, que sale de la nada para juzgar un enfrentamiento de pasarela entre Hansel y Zoolander. En esto, la película se parece a la nefasta Shrek 2 o a las últimas temporadas de Los Simpson, donde los creadores se han olvidado del ingenio para ofrecer un aburrido desfile de voces famosas y chistes fáciles a expensas de lo que esté de moda en ese momento en la televisión norteamericana.

Pero este no es el principal problema de Zoolander. Su mayor defecto tiene nombre y apellido. Will Ferrell puede ponerse los disfraces más estrafalarios del mundo, hablar con acento extranjero o degradarse de mil maneras, pero nunca será gracioso. Uno de los grandes misterios de nuestro tiempo es cómo este tipo tan estridente, antipático y mamón logró escapar a la pasmosa mediocridad de Saturday Night Live para estelarizar largometrajes. Con una combinación letal de anti-talento y no-talento, Ferrell se ha ubicado en la cúspide de la comedia norteamericana con cintas como Old School, Elf y Anchorman. Comparar la veintiúnica expresión facial de Ferrell con el estoicismo de Buster Keaton, la ingenuidad de Harold Lloyd o el infantilismo de Harry Langdon sería como escupir en la tumba de cada uno de estos grandes comediantes. Cada vez que su personaje aparece en Zoolander la película deja de ser una comedia y se convierte en un tormento chino. Quiera Dios que le caiga un rayo.

El resto del elenco es más soportable. Christine Taylor, con su infaltable bigote, es un adecuado straight man. Owen Wilson le saca partido a su personaje New Age, con su séquito de sherpas y enanos finlandeses, aunque el guión tampoco le da mucho material con qué trabajar mientras que Jerry Stiller tiene que emplearse a fondo, echando mano de toda su experiencia, para sacar a flote un personaje cuya única gracia consiste en entablar absurdas conversaciones telefónicas, como un Gila angloparlante. En cuanto al estelar, Ben Stiller es preferible a Mike Myers o Jim Carrey, pero le falta la creatividad necesaria para compararlo con los mejores comediantes del pasado. No ignoro que el trauma testicular es uno de los pilares del arte de hacer reír, no hay nada más divertido que ver a un hombre quedarse sin descendencia, lo que no impide que las muecas de Stiller cada vez que alguien o algo lo golpea en los tanates ya sea un recurso muy gastado.

A menos que sean fanáticos incondicionales de Ben Stiller y su troupe, no les recomiendo Zoolander. Si se quieren reír a expensas de los seguidores de la moda pueden sintonizar Fashion TV, E! Entertainment Television o cualquier programa matutino de la barra para señoras, donde invariablemente aparece una loca desmecatada viboreando a los famosos, cualquiera de estas opciones es preferible a una comedia que no se atreve a burlarse de nadie.

Sitio Oficial: www.zoolander.com

ZOOLANDER
Dirección: Ben Stiller; Guión: Ben Stiller, John Hamburg, Drake Sather; Producción: Ben Stiller, Stuart Cornfeld, Scott Rudin; Fotografía: Barry Peterson; Música: David Arnold, BT; Edición: Greg Hayden; Con: Ben Stiller (Derek Zoolander), Owen Wilson (Hansel), Will Ferrell (Mugatu), Christine Taylor (Matilda), Milla Jovovich (Katinka Ingabogovinanana), Jerry Stiller (Maury Ballstein), Jon Voight (Larry Zoolander), David Duchovny (J.P. Prewitt)
EE.UU., 2001, 89 min
Premios y nominaciones: MTV Movie Awards, EE.UU., 2002: David Bowie, nominado por la mejor aparición especial; Will Ferrell, nominado como el mejor vestido; Ben Stiller, nominado como el mejor vestido; Ben Stiller, nominado por el mejor parlamento (“There’s more to life than just being really, really, really good looking.”); Ben Stiller y Owen Wilson, nominados como el mejor equipo de la pantalla. Teen Choice Awards, EE.UU., 2002: Ben Stiller, mejor berrinche.

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