Janet Leigh
Posted by Revista Cinefagia on 12/16/04 • Categorized as Cinembargo Se Mueve
Por: Raúl Miranda López
El ojo sin vida de Janet Leigh después de ser asesinada en el cubículo de la ducha, se convirtió en un icono, tal como lo mostró Hitchcock en Psicosis. Marion, que así se llama Janet Leigh, la frustrada secretaria malograda en esta película, también es la presencia imperecedera como la huésped de la cabaña número 1 del fatídico motel del esquizofrénico Norman Bates. Pero la secuencia que la consagró es la secuencia de su asesinato: la cámara ocupó setenta posiciones diferentes, y contiene múltiples cortes (de edición) y dura cuarenta y cinco segundos. Hitchcock tardó siete días en filmarla. Y es precisamente el ojo de Janeth lo que sirve para el ejemplo clásico de encadenado con raccord, cuando, tras su muerte, un plano de desagüe da paso al plano-detalle del ojo.
El más apasionante juego de Hitchcock con el público, Psicosis; y la violenta muerte de su protagonista en el primer tercio de la cinta, hizo evidente a los espectadores las posibilidades abiertas del relato fílmico, convención que, antes de esta obra, impedía morir a los héroes o antihéros antes del final de la historia ¿Pero qué más nos incita a recordar a la actriz de belleza grácil, que hacía que la gente común se identificará con ella y diera lugar a una estrella que prevaleciera en el ranking de toda la década de los 50?
Proveniente de la manufactura-Hollywood, a la circunspecta chica rubia la encontramos en numerosos filmes de aventuras, en las que se crea una imagen propia. Un rostro y cuerpo agradables, bella pero no impactante, deseada pero con discreción; sin experiencia previa en las artes escénicas, ella forma parte del reparto en ingenuos papeles en muchas películas de estudio a finales de los años 40 y principios de los 50. Debuta en 1947 como una joven de la época de la Guerra Civil de Estados Unidos en La hora del Olvido, y luego como esposa sobria para el filme de Fred Zinnemann Pasiones Humanas (1948), como Meg en Mujercitas (Mervin LeRoy, 1949). Luego la encontramos en Cumbres de Soberbia (1949); El Danubio Rojo (1949); Designios Escandalosos (1951); Ángeles y Piratas (Clarence Brown, 1951); Scaramouche (George Sidney, 1952).
A partir de aquí, Janeth Leigh adquiere mayor madurez, y se presenta con una imagen más sexy en la pantalla después del muy publicitado matrimonio con Tony Curtis, que dura de 1951 a 1962; y gradualmente desarrolla sus habilidades tal como lo demuestra en el filme policíaco Sombras del Mal (Orson Welles, 1958), donde representa la belleza expuesta a la maldad; y todavía más convincente en su talento en la mencionada cinta de Hitchcock de 1960. Se le recuerda en actuaciones prudentes y decorosas en comedias ligeras; en modestas películas costumbristas y de aventuras: El Príncipe Valiente (Henry Hathaway, 1954) y, con su entonces marido, Tony Curtis, en El Gran Houdini (George Marshall, 1953); de nuevo con su esposo en El Escudo Negro (Rudolph Maté); y Los Vikingos (Richard Fleischer, 1958), en la que Tony compite con Kirk Douglas por los favores de la princesa sajona Morgana-Janeth Leigh. Se le vio evolucionar con sensibilidad apropiada en Yo y Ellas en París (Blake Edwards,1958); No Es Dama, Es Mi Mujer (1960). Sus admiradores valoran su trabajo moderado en variadas películas: Adiós Idolo Mío (1963); Esposas y Amantes (1963); El Blanco Móvil (1966); Tres en un Sofa (Jerry Lewis, 1966); Te Veré en el infierno (1966); e incluso en La Niebla (John Carpenter, 1980), al lado de su hija Jamie Lee Curtis.
Se trataría de una carrera discreta pero gracias a sus destacable actuaciones como la teniente soviética Anna Marladovna en Rivales del Rayo (von Sternberg, 1951); como la joven entre cowboys en el western El Precio de un Hombre (Anthony Mann, 1953); como la esposa amenazada en la mencionada Sombras del Mal, como la chica que ayuda a calmar al convulsionado Frank Sinatra en El Embajador del Miedo (John Frankenheimer, 1962), acudimos a darle el adiós a Marion Crane (a Janeth Leigh), no ya hundiéndose en el interior de su auto en el obscuro pantano, si no en la memoria de sus sesenta películas.
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