Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Conejo en la luna

Por: Marco González Ambriz

Tal parece que muchos medios de comunicación, y también sus realizadores, han considerado a esta película como una obra de denuncia, que servirá para abrirle los ojos a los mexicanos y hacerles entender que los políticos que llevan las riendas del país son corruptos, perversos y asesinos. El único problema con dicha idea es que no se puede denunciar algo que ya todos sabemos. Esto no impide que Conejo en la Luna, sin ser más que un thriller correctamente realizado, deba considerarse como una de las mejores cintas mexicanas del 2004.

Si los estrenos nacionales de este año no fueran tan patéticos es muy probable que la segunda película dirigida por Jorge Ramírez Suárez (la primera fue Morena en 1995) no llamaría tanto la atención. Es cierto que abordar temas políticos no es algo muy común en el cine mexicano, lo que ha llevado a muchos a sobrevalorar obras tan prescindibles como La Ley de Herodes, por poner un ejemplo, pero esto tampoco significa que haya que rendirle pleitesía a cualquier creador que decida hacerlo. Desde las elecciones presidenciales del 2000 muchos se fueron con la finta de que la política se ha convertido en algo apasionante para las masas. Esto, aunado al oportunismo de los dueños de radiodifusoras y cadenas de televisión, ávidos de sacar tajada de las próximas contiendas electorales, ha provocado una fiebre de programas como el de Carmen Aristegui y Javier Solórzano, que se tardan media hora en dar una nota de cinco minutos, o el del insufrible Ciro Gómez Leyva, experto en el arte de hablar mucho sin decir nada.

Mucho me temo que a Conejo en la Luna le pase lo mismo que a estos programas, que dentro del pequeño mundo de los comentaristas políticos causan revuelo pero que son ignorados por el resto de la población. Aunque los especialistas en ciencia política crean que todos los ciudadanos estamos preocupadísimos por todo lo que hacen los diputados y los gobernadores ahora que la democracia finalmente llegó, la verdad es que a muchos nos sigue interesando más el futbol y las telenovelas que los delirios de grandeza de López Obrador, el cinismo de Madrazo o la ambición desmedida de Marthita Sahagún. Al que me diga lo contrario le responderé que uno de nuestros políticos más famosos es nada menos que Pancho Cachondo y lo es porque dejaba que los reporteros le tomaran fotos mientras le bajaba los calzones a las teiboleras. Los otros políticos son más discretos y se aseguran de que no haya cámaras antes de desnudar bailarinas.

Por todo lo anterior, no voy a darle importancia al hecho de que en Conejo en la Luna el villano sea el Secretario de Gobernación y que se mencione abiertamente que dicho personaje está involucrado en un complot para asesinar a un político rival. En las cinematografías de otros países esto es algo muy común y el hecho de que incluya en el cine mexicano es alentador pero tampoco es como para echar las campanas al vuelo. En este caso, los protagonistas y víctimas de la intriga son Antonio Santos (Bruno Bichir) y su esposa Julie (Lorraine Pilkington), una pareja de clase media que tratan de comprar un departamento y que por hacer un negocio con un funcionario de bajo nivel son acusados de ser los autores intelectuales del magnicidio. Antonio logra evadir a los agentes judiciales que le siguen la pista pero Julie es arrestada al intentar pedir asilo en la embajada británica.

A partir de ese momento Antonio debe encontrar la forma de permanecer prófugo, ya que es buscado por las autoridades inglesas, al mismo tiempo que Julie es encerrada en una cárcel clandestina, sujeta a tortura psicológica para obligarla a proporcionar datos sobre el paradero de su marido. Todo esto es narrado con buen ritmo, un uso adecuado de las subtramas y los personajes secundarios y con la suficiente claridad para ser comprensible para cualquier espectador con un mínimo de seso. Para decirlo en otras palabras, la película está tan bien contada que ni parece mexicana. Normalmente a nuestros cineastas se les hace bolas el engrudo y uno acaba por no entender nada o por aburrirse como en un concierto de maracas. En el caso de Conejo en la Luna se apuesta por la eficiencia narrativa. En ocasiones Ramírez Suárez, en su faceta de guionista, echa mano de las coincidencias increíbles y de los escapes milagrosos, y como director no se atreve a sacarle mayor partido al aspecto visual, con un lenguaje cinematográfico un tanto plano y que sólo de vez en cuando aprovecha la profundidad de campo, entre otros recursos.

Pese a todo, la cinta incluye una sorprendente dosis de suspenso, con momentos que llegan a involucrar al espectador y hacer que se preocupe por la suerte de los personajes. Si Conejo en la Luna contara con un elenco distinto este aspecto sería aún mejor, pero no se puede hacer mucho cuando los actores que aparecen en pantalla son los mismos de siempre. Me explico. Es muy fácil creerle a los actores ingleses porque, al menos en nuestro país, son poco conocidos. En el caso de los mexicanos tenemos que conformarnos con Jesús Ochoa, Bruno Bichir y Álvaro Guerrero. No es que sean malos intérpretes, sino que después de verlos en telenovelas, programas de variedades, otras películas y en las Olimpiadas, se exige demasiado del público cuando se le pide que se olvide que este grupo de actores aparece hasta en la sopa para aceptarlos como judiciales, políticos y víctimas inocentes. Con actores mexicanos desconocidos -y los hay de un gran nivel- este thriller sería más efectivo.

Sitio Oficial: www.conejoenlaluna.com

CONEJO EN LA LUNA
Dirección, Guión: Jorge Ramírez Suárez; Producción: Jorge Ramírez Suárez, Phil Hunt, Greg Cruttwell; Fotografía: Luis Sansans Arnanz; Música: Eduardo Gamboa; Edición: Alex Rodríguez; Compañías Productoras: Beanca Films, Head Gear Film Ltd., Fidecine, New Art Group; Distribución: Gussi-Artecinema; Con: Bruno Bichir, Lorraine Pilkington, Jesús Ochoa, Álvaro Guerrero, Adam Kotz, Rodrigo Murray
México-Inglaterra, 2004, 110 min.

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