Kids Return: El Regreso. La amistad en tiempos de generaciones perdidas.
Por Alberto Acuña Navarijo
A pesar de poseer una de las culturas más antiguas, ricas e importantes en el mundo, Japón se encuentra en una crisis de identidad entre lo tradicional y la modernidad, entre lo oriental y lo occidental, entre la vanguardia establecida hoy y las tendencias del mañana. Las nuevas generaciones en Japón -y en Tokio principalmente como el epicentro de este cambio radical- han significado todo un parteaguas: a diferencia de sus antecesores, los adolescentes nipones no desean aumentar la tasa de suicidios y continuar en la lista de países con mayor población con stress y/o depresión, todo a causa de entregarse por completo al estudio y al trabajo desde que se es un niño hasta que se cumplen los cuarenta años.
También reniegan de su cultura, por lo que no desean casarse, ni vestirse o bailar tradicionalmente. En pocas palabras, ellos están en otro panorama y tienen otros horizontes; anhelan ser más occidentales, vistiendo, peinándose y maquillándose lo más extravagante posible, tatuándose, perforándose o gastando todo su dinero en arcadias, en mangas, en pornografía sin vello púbico, o en toda clase de productos tecnológicos que a duras penas caben en sus diminutos departamentos, ubicados en edificios que están a punto de tocar el cielo. Esto también ha traído como consecuencia que los jóvenes busquen manifestar su necesidad de originalidad en cualquier espacio o medio que se encuentren, por lo que podríamos decir que Japón está eternamente de moda, siempre un paso adelante del resto de Asia y del mundo, ya sea en diseño, arquitectura, arte, música, televisión y por supuesto el propio cine.La reacción lógica ha sido un choque generacional, ideológico, cultural y social, ya que para los adultos esta juventud “descarriada” resulta toda una amenaza que puede causar el derrumbe del progreso japonés.
Esto último es el eje central de la cinta de culto Battle Royale (Kinji Fukasaku, 2000), la cual causó ámpula al tocar y criticar con saña este distanciamiento y desapego de los jovenes a sus raíces; en la historia de un grupo escolar que es secuestrado por el gobierno y que es llevado a una isla remota para que en un margen de tres días inicien una verdadera batalla campal donde todos deberán de asesinarse mutuametne hasta que sólo quede un sobreviviente, para que esto sirva como un drástico escarmiento para el resto de la juventud. A ésta se sumaron otras cintas igual de interesantes como Stop the Bitch Campaign (Kosuke Suzuki, 2001), Stacy: El Ataque de las Niñas Zombie (Naoyuki Tomomatsu,2001), Un Futuro Brillante (Kiyoshi Kurosawa, 2003), Shara (Naomi Kawase, 2003) o Peep TV Show (Yutaka Tsuchiya, 2004), todos ellos retratos ácidos y desesperanzadores de la caída de la sociedad japonesa en pos de una utopía.
Pero antes de estas y otras cintas, un director tan acertadamente sensible como Takeshi Kitano ya nos había mostrado los caminos que deben tomar dos grandes amigos y las consecuencias que estas decisiones traen consigo en una época tan difícil para el país asiático, en la poco valorada y conocida pero sublime cinta Kids Return: El Regreso (1996). Así como le sucede a su compatriota Takashi Miike, Kitano y su cine han sido indebidamente encasillados: mucha gente a la fecha relaciona al realizador con las “yakuza movies“, ya sea como realizador de odas a la hiperviolencia desmesurada o como el actor que interpreta a cierto personaje impasible e inexpresivo que busca su redención, como lo ha demostrado cintas como Violent CopBoiling Point (1998), (1990), Sonatina (1993) o Fuegos Artificiales (1997).

Pero Kitano va más allá de los adjetivos que le han endilgado injustamente. Esa violencia tan alabada es en realidad una experiencia estética de desconcertante fondo filosófico (véase si no Fuegos Artificiales) y sus personajes contienen una humanidad pocas veces vista y que albergan un pedacito del propio realizador. A esto habría que agregar que, a pesar de no omitir el mundo de la yakuza, existe otra parte de su filmografía poco conocida -probablemente por su falta de violencia explícita- pero que debería ser (re)valorada ya que demuestra que Kitano es un autor tan sutil como arrollador. Ahí están para cerciorarlo El Verano de Kikujiro (1999), Muñecas (2002), Zatoichi (2003) o la cinta que nos concierne en esta ocasión.
Kids Return fue realizada por Kitano durante su recuperación después de sufrir un aparatoso accidente en motocicleta en donde casi pierde la vida y que le trajo una parálisis en la mitad de su rostro. Obviamente esta fatal experiencia causó que, a partir de esta cinta, su posterior filmografía se transformara en cintas más sobrias, personales, meditativas e íntimas, aunque, eso sí, con la fuerza suficiente para tocar fibras sensibles. La cinta se ubica a mediados de los 90, cuando la burbuja económica se rompe y la crisis asiática comienza. Masaru y Shinji (Ken Kaneko y Masanobu Ando, respectivamente) son los representantes perfectos de la generación antes descrita: han abandonado la escuela, dedicando gran parte de su tiempo a provocar problemas, abusar de los menores, ir al cine y emborracharse. Toda una vida de vagancia y ociosidad. Aun siendo amigos y compartiendo esa apatía, ambos son muy distintos: Masaru se encarga de golpear al que se deje, creyéndose superior, mientras que Shinji parece borrego, siguiendo a su comparsa en todas las fechorías que comete, aunque es más pasivo y en general tiene otro concepto de la vida.
Es precisamente esa falta de perspectiva la que cambiará sus vidas para siempre, cuando Masaru recibe una paliza y es humillado por parte del hermano de un chico del cual Masaru había abusado con anterioridad. La obstinación de Masaru provoca que investigue quién era la persona que lo golpeó, descubriendo que se trata de un boxeador profesional, por lo que para vengarse decide entrar a entrenar arrastrando consigo a su amigo. Lo que Masaru no sospecha es que el “indefenso” Shinji le entra más sabroso a los golpes, por lo que nuevamente es humillado, esta vez por su camarada, iniciándose así su separación. Lo que continúa es la travesía a través de los años por parte de los jóvenes, para toparse con toda clase de obstáculos sólo para recapacitar en qué sociedad tan inclemente están viviendo y cómo sólo la amistad puede hacerle frente a los cambios y a las pruebas que nos pone la vida. La generación desencantada por fin despierta, sólo para caerse de la cápsula en donde estaba durmiendo.

Shinji, ahora como la nueva promesa del boxeo, conoce desilusionado la presión que jerce la necesidad de triunfo y de tener una meta fija -en relación con generaciones anteriores agobiadas por la perfección-. Mientras que Masaru decide irse por el camino difícil ingresando al peligroso mundo de la yakuza como sirviente de un peligroso hombre de la zona (Ryo Ishibashi), dando pie a una serie de descalabros porque su orgullo fue más fuerte que la lealtad a su amigo. A ello, Kitano suma otras pequeñas historias que también tiene relación con la juventud -de allá y de acá-: un joven perdidamente enamorado de una mesera con un final trágico (quién no recuerda su primer amor platónico), un trío de chicos que decide seguir los pasos de Shinji (los clásicos chistosos que alguna vez nos topamos en nuestra vida), un boxeador adicto a los anabólicos (la mala influencia), pero sobre todo un dúo que ensaya una rutina cómica para poder entrar al mundo del espectáculo. Esto por supuesto, y como acostumbra Kitano, es parte autobiográfica. Recordemos que Kitano, bajo el nombre de Beat Takeshi, se dio a conocer como comediante con mucho éxito, para dar luego el salto a la actuación y mas tarde la dirección y el guionismo.
Kitano ha realizado una cinta triste, melancólica y en donde no es necesario vivir al otro lado del mundo para que nos llegue lo que quería transmitir. En algún momento de nuestras vidas nos ponemos a preguntarnos, ¿qué habrá sido de fulanito después que terminamos la secundaria?, o tarde o temprano nos enteramos de una noticia que nos sacude, como la muerte de un conocido a causa de una sobredosis o el éxito en el extranjero de un buen amigo tuyo. Por cierto, Kids Return antecede no sólo a las cintas citadas, si no a una pequeña obra maestra llamada Moon Child (Takahisa Zeze, 2003), otro bello retrato de amistad y destino. En ambos casos el azar y las decisiones personales son demasiado contundentes para poder escapar a la emoción más pura. No hay remedio, somos gente con sentimientos demasiado profundos para que esto no nos cale.
Sólo me resta decir que, ya sea en un país plagado de luces de neon o en uno desolado, indudablemente se necesitará de una persona con quien contar, porque siempre habrá un espacio para alguien en tu bicicleta, con la que se dará la última vuelta alrededor de tu lugar favorito antes de encarar el futuro.
KIDS RETURN: EL REGRESO
(Kidzu Ritan)
Dirección, Guión, Edición: Takeshi Kitano; Producción: Masayuki Mori, Yasushi Tsuge y Takio Yoshida; Fotografía: Katsumi Yanagishima; Música: Joe Hisaishi; Elenco: Masanobu Ando (Shinji), Kenichi Kaneko (Masaru), Ryo Ishibashi (jefe yakuza), Mitsuko Oka (dueña de la cafetería), Reo Morimoto (maestro), Susumu Terajima, Hatsuo Yamaya
Japón, 1996, 107 min.
Premios y Nominaciones: Premios de la Academia de Cine Japonés, Tokio, Japón, 1997: nominada al Premio a Mejor Música Original (Joe Hisaishi)
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