Entrevista: Mauricio Matamoros

Sus rasgos son toscos y habla con aspereza, pero sin perder la cortesía. Decenas de cicatrices y arrugas surcan su rostro como si se tratara de una máscara de cuero. Son los vestigios de cientos de batallas contra Santo, el viento negro o los mil gatos; pero también contra cavernícolas, dinosaurios, y muchos otros personajes de celuloide que lo han llevado a definirse como “un cabrón”.

A Gerardo Zepeda, alias Chiquilín, se le pregunta qué clases de personajes son los que interpreta en cine y, tras peinarse y ponerse un sombrero para la foto que ilustra esta entrevista, contesta muy sereno: “pues, normalmente, la hago de cabrón”.

Y al pasar memoria por su catálogo cinematográfico compuesto por matones, pistoleros, monstruos y demás “delicados” personajes, definitivamente parece que no existe mejor calificativo para describir la personalidad cinematográfica de este actor quien, en cerca de 300 películas y más de 40 años de carrera artística, se ha quedado grabado en la memoria de varias generaciones de espectadores.

Nacido en 1938, Gerardo Zepeda comenzó a luchar profesionalmente desde muy joven, antes de iniciar su trabajo en la industria cinematográfica. Chiquilín luchó durante quince años con el nombre de Gerardo El Romano para el bando de los Rudos, enfrentando a grandes figuras del cuadrilátero.

“Iba a hacer ejercicio al Gimnasio San Pancho, en la calle de Independencia, y ahí me dijeron que yo estaba como para ser luchador. Fue de esa forma que me animé y que conocí al Murciélago Velázquez, quien se convirtió en mi maestro, comenzando entonces mi carrera en la lucha”.

Invitado por Black Guzmán (hermano de Rudy Guzmán, o sea, Santo), El Romano viajó hacia Estados Unidos como luchador y durante tres lustros tuvo ocasión de protagonizar cruentas batallas contra El Cavernario Galindo, Copetes Guajardo, Pancho Villalobos y, entre otros, el propio Santo, a quien el actor asegura haberle ganado (¿¡?!) “en dos o tres ocasiones” durante las quince contiendas que libraron.

El propio Jesús Murciélago Velázquez, quien también fue guionista de varias cintas mexicanas (como La Sombra del Murciélago y Santo contra los Jinetes del Terror, además de escribir la novela Tlayucan (que Luis Alcoriza adaptó y dirigió con el mismo nombre), fue quien lo invitó a participar en cine y quien lo incitó a dejar las luchas.

“Me preguntó si quería trabajar en una película de monstruos; y yo acepté. Así fue que comencé a trabajar seguido en el cine, hasta que empecé a tartamudear por los golpes, y el Murciélago entonces me recomendó dejar las luchas para dedicarme de lleno a la cinematografía, pues en el cine no puedes hablar mal… se te tiene que entender. Así fue como comencé en el cine y ahí continúo hasta hoy”.

…y al igual que en las luchas, trabajó como rudo del cine.

“Por la estatura, por la cara, siempre salí de cabrón… peleando… hasta trabajé de stonemen en una serie televisiva de Tarzán (dirigida en gran parte por Ismael Rodríguez, con quien trabajó en varias películas más, como Nosotros los Feos), durante año y medio”.

Al Chiquilín su proceso como actor le costó poco trabajo, y desde un principio fue bueno, pues los directores nunca quisieron que actuara, sino que tan sólo fuera él.

“Don Ismael Rodríguez, don Chano Urueta y don René Cardona fueron quienes me enseñaron a actuar, porque siempre me dijeron que lo hiciera natural, que no había bronca alguna, pues yo necesitaba hacerlo así. Esos fueron directores chingones y hasta llegaron a decirle a otros actores que actuaran “como el pinche Chiquilín, que sí es natural, tú llevas veinte años actuando y no puedes, y mira al Chiquilín que sí puede”, decían”.

Zepeda comenta que lo hostil y las groserías fueron siempre sus particularidades en la pantalla; fue lo que le hizo tener muchos amigos en la industria, como los directores mencionados y el propio Santo, quien lo impresionaba por ser todo un caballero, al que nunca le escuchó decir una leperada.

“Nunca lo escuché decir un “pendejo” o un “chingado” por muy enojado que estuviera. Era un Santo de a deveras (sic). Yo le decía “¡Chale profesor!, usted su nombre lo lleva en la conciencia”, “¿Por qué, Chiquilín” me decía, “Nunca le he escuchado decir una grosería, ¿por qué?” y me contestaba “No me gusta…no sé”.

Con tantas películas en las que ha trabajado, Chiquilín está lleno de anécdotas, sobre todo de aquellas en las que aflora el inquieto ánimo del mexicano.

“En La Noche de los Mil Gatos, de René Cardona Jr, un técnico me metió la pata y me tiró con una charola en las manos cuando comenzábamos la grabación de una secuencia en la que me tenían que encadenar y, como era cuate de los encargados de eso, estos cabrones me encadenaron de a deveras (sic) y se fueron a cenar; me dejaron solo, y tuve que esperarme hasta que regresaran los hijos de la chingada”.

Sin embargo, Chiquilín sabe que todo eso era parte de un juego, como lo es hoy la manera en que lo saludan por la calle, como el “¡que chingue a su madre el Chiquilín!” que le gritaron a coro en Tepito, o el grito masivo de “¡Santo! ¡Santo!” que estudiantes en el metro le propinaron un día llevándole la contraria.

Chiquilín sabe que el cine ya no es lo mismo de hace algunas décadas, que ya no pagan lo mismo y que ya no se trabaja igual. Pero aunque eso puede ser deprimente, él continúa inmerso en el medio que es su vida.

“Aunque ahora trabajo casi en puro videohome y hay menos trabajo… continúo activo, porque ahora hasta los directores y productores extranjeros, como Alex de la Iglesia (con quien trabajó en Perdita Durango) o Alex Cox (en El Patrullero) me buscan. La industria ha cambiado, pero sigue siendo un medio en el que te puedes sentir entre amigos… y eso no lo pienso olvidar”.