Picardía mexicana. El regocijo de la desinhibición.
Por: Eduardo Sánchez Villagrán
No se sabe exactamente cuándo surgió el albur mexicano. Lo cierto es que fue creado como un juego para una sociedad ávida por desahogar sus frustraciones en la rutina diaria de un pueblo sumido en la pobreza total: económica y espiritual; que ha buscado amenizar su tragedia burlándose de ella misma, generando códigos sui géneris, un doble sentido que sólo el mexicano puede entender. El albur se emplea principalmente para resaltar el ingenio del individuo y dominar a su oponente, humillarlo si se puede. El albur existe cuando uno lanza el mensaje, el otro lo recibe y al entenderlo está dispuesto a jugar. La connotación sexual va implícita, generalmente se usa entre los hombres para poseerse sexualmente, es decir, el más hábil acaba por chingar al más débil, aunque no lo digan conscientemente. Los albures se inventaron para no entenderse y así pasar desapercibidos por aquellos incautos víctimas de la agresión.
En los años 30 y 40, cuando las carpas y los teatros de revista eran los centros de espectáculos populacheros, personajes como Palillo, el Panzón Soto y el Chato Ortín, entre otros, eran los cómicos que usaban el doble sentido para diversión del respetable. Cuando el cine mexicano empezó su apogeo industrial fueron Medel, Cantinflas y Tin Tan quienes tomaron la estafeta para trasladar ese caché en el lenguaje citadino. El género de la comedia empezaba a ser valorado por la comunidad cinematográfica, pero aún se mantenía en niveles discrecionales al manejar palabras altisonantes o irreverentes debido a la censura.
En los años 60 vemos una película con tintes más apegados a la realidad de la Ciudad de México, Los Caifanes, de Juan Ibañez, exhibe el microcosmos del inframundo urbano, por lo tanto los usos y costumbres en la verborrea eran cada vez más afiladas. No es hasta el sexenio echeverrista, el de “apertura”, cuando por fin las palabrotas fluyen entre cinta y cinta, El Quelite, (Jorge Fons, 1970), Mecánica Nacional (Luis Alcoriza, 1970), Tívoli (Alberto Isaac, 1974), Chin, Chin, El Teporocho (Gabriel Retes, 1972), por mencionar sólo algunas. Los cineastas se destapan, les es permitido incluir en sus obras todas aquellas expresiones nunca antes permitidas, especialmente en el ambiente arrabalero. El albur empezaría a ser protagonista dentro el celuloide azteca.
Dirigido por un elemento de la vieja guardia, en 1977 Abel Salazar instauró una comedia que vino a ser un parteaguas en la filmografía populachera. Picardía Mexicana irrumpe de alguna manera con el trabajo logrado en el anterior periodo presidencial, ahora con José López Portillo (que Satanás lo tenga en el averno) al mando del país y con la complicidad de su hermana al frente de RTC (sinónimo de la imbecilidad política), quienes apostaron por invertir en este cine carente de un sustento narrativo, visual y peso en el guión, pero con una muy rica exhibición de nalgas, chichis y por supuesto, mentadas de madre y verborrea saturada.
Picardía Mexicana es una historia de lo más simplista. El chofer de un camión materialista (Vicente Fernández), acompañado de sus dos chalanes Panchito (Resortes) y el Mobiloil (un irreverente Héctor Suárez, pero divertido antes de que incursionara en la televisión con sus clases moralinas de ¿Qué Nos Pasa?) asiduos de la pulquería Mi Oficina se la pasan en el desmadre total, bombardeándose uno a otro con el doble sentido, al tiempo que se convierten en blanco de una maestra quien intenta corregir su conducta. Pero lo trascendente no es la historia como tal, sino el ritmo cinematográfico que se imprime. Desde el inicio la canción que entonan los protagonistas, una balada ranchera, es de admirarse, un ejemplo: “Esta noche voy a verte y espero hasta que salgas / si quieres me das un beso y si no me das las… gracias / Cuatro cuartas más debajo de la frente está Agapito / pero no se desafinen porque les meten… me chupas Chente”.
Su camión de carga está rotulado con las frases: Ya me pasaste… y no me tocaste el pito o ¿Por qué no me pasas a tu hermana y también el chico temido?. Los momentos de mayor intensidad son en la pulcata, la competencia es ver quién es el más cabrón y el que pierda será objeto de burlas y choteos. Hay que resaltar la participación de la vieja guardia del cine nacional, como Delia Magaña en su papel de la pechugona quien también le entra al juego calentándoles la quesadilla, aunque luego se la pidan con todo y culiflor y la mal hablada madrina de Chente (Dolores Camarillo Fraustita). Por otro lado, la maestrita (Jaqueline Andere) harta con sus lecciones cívicas de comportamiento y decencia, el debut cinematográfico de Alejandro Fernández en su papel de Luisito, quien no da muestra de capacidad actoral y nos lo confirma con su estelar en Zapata, que esperemos sea lo último que haga.
Picardía Mexicana capitaliza el trabajo de recopilación de dichos, albures, y “malas palabras” del autor Armando Jiménez (primo del cantautor José Alfredo Jiménez), quien obtuvo éxito con su libro homónimo y con el gallito inglés, estos son recogidos de lugares que sus personajes frecuentan. El propio Jiménez aparece en la cinta interpretándose así mismo, por mal nombre “El Preguntón”, es un cronista, un observador de todo el ingenio de la letanía mexicana.
Pedro Webber Chatanuga y Luis de Alba tienen una excelente oportunidad en la cinta, muestran la madera actoral que no tardarían en poner a prueba en años venideros y se lucen al jugar con las palabras. El primero dice: no es lo mismo préstenme chicas el piano, que préstame el chicaspiano, mientras el segundo se autoalburea comparando: no es lo mismo el pulque me sabe a camote, que el camote me sabe a pulque, ya me chingué.
Producto de la represión sexual, los albures salen como distorsión de las palabras para defenderse de la constante lucha cotidiana del DF en su ya anunciada explosión demográfica y los problemas que trae consigo, así como la corrupción en pleno descaro policiaco. Es la alusión a todos los hoyos o agujeros penetrables del cuerpo, el albur es el desfogue de la pesada chamba de cargador que desgasta el físico, pero la mente sigue en la actividad prosaica. El albur resalta el jodidismo chilango, por lo que será revindicado, admirado y apaludido como la obtención de un triunfalismo definitivo.
Por desgracia, la primera parte del filme es lo más rescatable, pues al avanzar se irá perdiendo la comicidad y picardía en un laberinto lacrimógeno dramático muy al estilo Ismael Rodríguez, no es de extrañarse, ya que Abel Salazar fue dirigido por este último y se nota la influencia que ejerció sobre él, aunque con un resultado bastante alejado del exitoso director. Como siempre la cultura moralina de nuestro cine aparece una vez más para edificar a los seres descarriados, ya que poco a poco desaparecerá toda insurrección de nuestros héroes.
A partir de este momento el cine nacional se atascará de todas estas historias del lumen proletariado que saciarían hasta el cansancio las demandas de aquellos habitantes desempleados especialmente de la capirucha. Su mayor esplendor será en la década de los 80 cuando el subgénero de las ficheras se agotó, dando paso a cómicos como Alfonso Zayas, Alberto Rojas El Caballo, Rafael Inclán, Maribel Fernández La Pelangocha, bajo la dirección de Adolfo Martínez Solares (Los Verduleros, El Día de los Albañiles, Los Gatos de las Azoteas) y el rey Víctor Manuel Güero Castro con Un Macho en la Cárcel de Mujeres, …en el Salón de Belleza, …en el Reformatorio de Señoritas, …en la Tortería, Perico el de los Palotes, y una larga lista.
PICARDÍA MEXICANA
Dirección: Abel Salazar; Guión: Pedro de Urdimalas, Federico Curiel, Julio Porter, basados en el libro de Armando Jiménez; Producción: Alfredo Ripstein; Fotografía: Javier Cruz; Música: Gilberto Parra; Edición: Angel Camacho; Con: Vicente Fernández, Jacqueline Andere, Adalberto Martínez Resortes (Panchito), Héctor Suárez (El Mobiloil), Alejandro Fernández, Delia Magaña, Dolores Camarillo Fraustita, Pedro Webber Chatanuga, Luis de Alba
México, 1977, 115 min.
Cinefagia en Facebook