Emmanuelle
Por: José Luis Ortega Torres
Culto. Calificativo harto difícil de aplicar dentro de los parámetros cinematográficos y, paradójicamente, achacado a un buen número de filmes, la mayoría de las veces endilgado sin conciencia ni razón. Culto, en términos fílmicos es una palabra de doble filo. A saber: puede aplicarse como adjetivo a una película desde su significado equivalente a exquisitez, donde entraría en juego el llamado cine de arte y ensayo, aquél que va destinado a un público culterano que se extasía más en lo contemplativo que en lo visceral. Culto, pues, como sinónimo –falaz en demasiadas ocasiones– de refinado.
Pero existe otra forma de utilización de la palabra culto, que aplicada también como adjetivo calificativo pero ahora antecedida de la preposición “de”, cambia diametralmente su concepción, refiriéndonos ahora a culto más como una forma de reverencia pagana hacia filmes denostados por la alta cultura bien pensante que se empeña en salvaguardar las buenas costumbres y dictar las modas a seguir.
Haciendo una analogía eclesiástica –con el riesgo de ser condenado de herejía… aunque no será esta la primera vez– y trayendo a cuento la concepción de culto como sinónimo de rito, podemos decir que en términos cinematográficos un título culto sería el equivalente a los santos clericalmente aceptados y oficializados por vía de su aparición en el santoral, en tanto que un filme de culto es como aquellos santos apócrifos cuya carta de naturalización llega por medio de la creencia y la fe popular, perpetuando – y aumentando– su influencia por vía de la recomendación oral. Gracias a esta analogía es fácil entender porque un film de culto se perpetúa a través del tiempo sin la necesidad de estar incluido en los evangelios según Gubbern, Sadoul u otros tantos apóstoles del santísimo misterio cinematográfico.
Tan larga introducción viene a manera de intento por abonar el campo para la lectura de un filme mítico como pocos, uno de esos casos extraños donde el nombre de la película encierra en sí mismo la categoría de culto y permite a iniciados o neófitos por igual exclamar su admiración, aun cuando un gran porcentaje de cinéfagos menores de 30 años jamás hayan visto una sola escena de él. Nos referimos ni más ni menos que a Emmanuelle.
Dirigida por Just Jaeckin en 1974, Emmanuelle significó un hito en su momento, convirtiéndose después en referencia obligada del cine pornográfico en su vertiente más soft, la que se conoce comúnmente como cine erótico, aunque el termino se encuentre mal empleado.
El argumento de esta cinta, escrito por Jean-Louis Richard según la novela Emmanuelle: The Joys of a Woman, de Emmanuelle Arsan, es por demás simple. La Emmanuelle del título es la joven esposa de Jean, un bon vivant perteneciente a la haut diplomatie française. Juntos deben de viajar a Tailandia, donde establecen su nueva residencia, para mayor aburrimiento de la joven e inocente esposa.
La joven es una chica de sociedad –o por lo menos así se presenta– que llegó virgen al matrimonio y que en ocasiones ha tenido sexo fortuito con desconocidos –como lo evidencia la secuencia de sus aventuras en un avión contadas a manera de flashback–, sin embargo para ella tener sexo es poco menos que rutinario. Es una excelente amante, aunque bien podría decirse que es un diamante en bruto y es justamente de esa forma como la ve Ariane una dame de la bonne société de la región, lesbiana en sus ratos libres que de inmediato la acosa para hacerla su amante.
Así, en el desfile de personajes, cada uno muestra sus pasiones de manera desinhibida y sin mayor énfasis dramático, podría decirse que hasta gratuitamente, pues no se encuentra durante la primera parte de la cinta un motor que lleve la historia, como no sea la parca muestra de las consabidas escenas sexuales planificadas de manera bastante precaria, aunque discretamente funcional.
Suponer logros estéticos en una cinta que tampoco los tiene temáticos es poco menos que impensable. Igual de unidimensional que las actuaciones es la puesta en escena, donde acaso se rescata una memorable secuencia de Emmanuelle nadando toute nue, en una alberca, secuencia resuelta por medio de un nutrido número de emplazamientos submarinos que demuestran nula pericia, pero que resultan gratamente reveladores de la anatomía de la estelar, Sylvia Kristel.
Es de hecho gracias a esta escena donde podemos darnos cuenta de que la trama a seguir girará en torno únicamente a esta damisela, con todo lo que eso conlleva, teniendo en cuenta que Emmanuelle era apenas la cuarta película de Kristel, joven holandesa de entonces 22 años y cuya complexión física, al igual que sus dotes histriónicos, eran más bien escuálidos, pero que contaba con un rostro de aires levemente infantiles, grandes ojos verdes y una mueca mezcla de languidez, erotismo y despreocupación.
Es gracias a estas “cualidades” de la protagonista por las que la película logra sus mejores momentos, cuando verdaderamente enamorada de la bella antropóloga Bee, abandone temporalmente a su marido para lanzarse con ella a una aventura amorosa no ajena de momentos medio candentes merced a las obligadas escenas de lesbianismo rosa donde –tal vez de manera involuntaria– se juega con la imagen andrógina de la Kristel, con cabello corto y vestida por su nueva amante como niño –gorra beisbolera incluida–, lo que no deja de darle cierto saborcillo pervers, y que son los que influyeron sin lugar a dudas para el encumbramiento de Sylvia Kristel como mito erótico del euro-porno soft.
Aunque lo que se supone debe ser lo más perverso del asunto es el quid de la historia: el despertar sexual de Emmanuelle por medio de una iniciación en las verdaderas lides amatorias, es decir hacer el sexo no como una pulsión primaria, sino como una elevación de los sentidos… o algo así, según Mario, un vejete que se supone experto en toda clase de experiencias sexuales y que habrá de convertirse por consejo de Ariane y complacencia del pusilánime Jean, en el mentor de la joven.
Así, después de las mejores secuencias de la película, las de amor sáfico entre Bee y Emmanuelle, la historia da un giro para seguir la iniciación ritual de la que habrá de surgir una nueva mujer. De esta forma, a imagen y semejanza de la Eugenia sadiana, Emmanuelle será guiada por un avejentado Dolmancé –Mario– para gozo de una parca señora de Saint-Ange –Ariane– muy lejos de los modelos decadentistas y perturbadores que el Divino Marqués perfiló en su Filosofía en el Tocador, y cuyo resultado final en esta cinta es más bien insípido, como lo dejan en claro las últimas escenas de una “nueva” Emmanuelle maquillándose frente a la luna de su tocador, tan tristemente bidimensional como al inicio de la historia.
No cabe duda, y concluyendo con la introducción a este texto, que el calificativo culto, ya sea en su sentido políticamente correcto, como en su extensión pagana, ha sido utilizado con una ligereza que sorprende. Esta Emmanuelle es el mejor ejemplo de una sobrevaloración fortuita y cuyo único resultado es la exploitation más descarada de una fórmula ya de por sí grosera de tan rudimentaria –con la filmación ad nauseaum de Emmanuelles apócrifas– para detrimento de otras muchas películas que en verdad merecen ser consideradas de culto y que en cambio, se encuentran olvidadas.
EMMANUELLE
Dirección: Just Jaeckin; Guión: Jean-Louis Richard, basado en la novela Emmanuelle: The Joys of a Woman de Emmanuelle Arsan; Producción: Yves Rousset-Rouard; Fotografía: Richard Suzuki; Música: Pierre Bachelet, Francis Lai; Edición: Claudine Bouché; Con: Sylvia Kristel (Emmanuelle), Alain Cuny (Mario), Marika Green (Bee), Daniel Sarky (Jean), Jeanne Colletin (Ariane), Christine Boisson (Marie-Ange)
Francia, 1974, 105 mins
