Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

El Mochaorejas

Por Marco González Ambriz

¿Puede haber algo peor que privar a alguien de su libertad, amenazar a su familia con matarlo o mutilarlo si no entrega una fuerte cantidad de dinero y una vez que el rescate ha sido pagado arrojar el cadáver en una barranca? Sí lo hay. Es aprovecharse de esto para obtener votos, generar rating o convocar marchas multitudinarias que no resuelven nada. La impresionante manifestación que vimos en México hace un par de semanas sólo va a provocar algunos operativos policiacos para taparle el ojo al macho, con unos cuantos delincuentes de poca monta yendo a la cárcel, cuando todos sabemos que si no fuera por la protección de las autoridades las bandas de secuestradores no podrían operar.

Si esto lo hacen los políticos, los reporteros y las organizaciones civiles, que son gente muy seria y respetable, ¿por qué los productores de cine no habrían de aprovechar el tema para ganar dinero? Ya hemos comentado películas que retratan casos criminales de la vida real, como La Muerte del Paco “eSe” y Masacre en el Río Tula, que a pesar del bajo presupuesto y su ocasional tremendismo se apegaban a los hechos. Así como hay directores, guionistas y actores que se esfuerzan en presentar un producto digno a pesar de trabajar en condiciones que desanimarían al más pintado, en el cine mexicano también abundan los que aprovechan cualquier circunstancia para llevar agua a su molino y que con tal de ganarse una lana se pasan la ética por el arco del triunfo.

Tal es el caso de Ángel Rodríguez Vázquez, director de cosas como Las Paradas de los Choferes y Kung Fu Mortal. Para muchos de nuestros lectores lo más interesante de su producción debe ser Traficantes de Sexo, una de los primeros largometrajes XXX netamente mexicanos, donde se mezclaba la estética de los pasquines de nota roja estilo Alarma! con unas cuantas escenas de sexo explícito mal filmadas. Otra de sus obras que es mejor evitar es Aguas Blancas, un aburridísimo videohome también estelarizado por Ramiro Montaño que transforma la tristemente célebre matanza de campesinos en Guerrero en una trivial revancha entre familias.

No conforme con aprovechar esa tragedia, Rodríguez Vázquez se volvió a unir al productor y guionista Ramiro Montaño para rodar un segundo videohome que no tiene nada que ver con el caso de la vida real que le da título. Todo lo contrario de La Banda del Mochaorejas, de Christian González, que intentaba llevar a la pantalla los crímenes de Daniel Arizmendi y la corrupción de las autoridades. Aquí el villano es un vil ratero apodado El Terremoto (“porque es un destructor”) que le corta una oreja al hijo del protagonista sólo para darle a los productores la oportunidad de engañar al público. En realidad, el argumento no tiene nada que ver con el secuestro. Es la historia de un camionero (Ramiro Montaño) que es asaltado por una banda de falsos judiciales al mando de El Terremoto (El Flaco Guzmán). Al oponerse al atraco, los maleantes le cortan una oreja a su hijo. Buscando vengarse acude a su compadre (Valentín Trujillo) y entre los dos rastrean al criminal para hacerse justicia.

Esto sería indignante si no fuera porque el director hace gala de la misma falta de pericia que había mostrado en sus otras cintas. El Mochaorejas es un video del montón, con un par de canciones a cargo de Ramiro Montaño para darle algo de variedad y una secuencia donde él y Valentín Trujillo recuerdan cómo ganaron su camión en una carrera de caballos que sólo sirve para hacer tiempo. Nunca se entiende cómo los héroes se las arreglan para seguirle la pista al Terremoto. A pesar de que Valentín Trujillo declara que “los vamos a encontrar y les vamos a cobrar ojo por ojo y oreja por oreja” (este es sólo un ejemplo de lo absurdo de los diálogos) parece que su plan consiste en recorrer las carreteras hasta que los mismos maleantes los vuelvan a asaltar. Por supuesto que tarde o temprano los camioneros se topan con El Terremoto, pero todo es tan ilógico que es imposible sentirse involucrado. Un ejemplo de esto es que en ningún momento se menciona cuánto tiempo transcurre desde que los protagonistas empiezan su búsqueda hasta que logran su cometido.

Es precisamente esta ineptitud lo que hace un tanto soportable a este falso Mochaorejas. Se supone que la historia es dramática, pero la manufactura es tan mala que la película siempre está al borde de la parodia. Las escenas de acción, sobre todo la confrontación final entre los camioneros y El Terremoto, están tan mal hechas que parecen un homenaje a Los Tres Chiflados, aunque la banda sonora diga otra cosa. También puede resultar divertido ver cómo Ramiro Montaño y Valentín Trujillo provocan una balacera cuando llegan a un antro donde se oculta El Terremoto y al día siguiente se presentan en el mismo lugar como la fresca mañana, como si nada hubiera sucedido. ¿Y la policía? Bien, gracias.

Hay una escena en particular que cae de lleno en el humor involuntario: nuestros héroes irrumpen en la residencia del villano pistola en mano, atan a la servidumbre y cuando la esposa del Terremoto (Eva Garbo) se niega a denunciarlo, Ramiro Montaño le responde: “Señora, lo que usté está haciendo es falta de educación.” Lo que sigue es todavía más ridículo: como la mujer desconoce el Manual de Carreño, los protagonistas deciden cortarle una oreja y enviársela al Terremoto, que se burla del infortunio de su media naranja. Al enterarse de esto, la señora comprende que su marido no es el pan de Dios que ella creía y se pone del lado de los camioneros. Lo peor es que esto es lo más entretenido de toda la película.

En cuanto a las actuaciones no hay mucho que decir. Ramiro Montaño como actor es un buen cantante. Valentín Trujillo está muy lejos del hombre de acción que solía interpretar en películas como Un Hombre Violento o Ratas de la Ciudad, se le ve desmejorado. Lourdes Deschamps y Eva Garbo cumplen su función como atractivo visual. Por su parte, El Flaco Guzmán interpreta el mismo papel que ya le hemos visto en otras ocasiones, sin mucho entusiasmo. Es evidente que los actores sabían que el resultado iba a ser un videohome de la más baja calaña. Parecen estar menos preocupados por sus personajes que por recibir su cheque y pagar las letras del refrigerador.

Por fortuna, hay otros videohomes que han abordado el tema del secuestro de una forma más digna que El Mochaorejas y que señalan una de las causas de esta situación, que no suele mencionarse en las editoriales de los periódicos ni en las mesas de análisis de la tele. Me refiero a la abismal diferencia entre las clases sociales en México, que unidas al racismo y la falta de movilidad social hacen que muchos vean la delincuencia como la única manera de tener un buen nivel de vida. A diferencia del peje de gobierno de la Ciudad de México, no estoy tratando de iniciar una guerra de castas. Tampoco apoyo el combate a la pobreza propuesto por Marthita Sahagún, donde todos los problemas sociales se pueden resolver mediante la caridad. Sólo quiero señalar que si a los patrones les preocupa tanto que los secuestren y les corten los dedos podrían empezar por subirle el sueldo a sus sirvientes o dejar de tratarlos como animales.

EL MOCHAOREJAS
Dirección: Ángel Rodríguez Vázquez; Guión: Ramiro Montaño; Productor: Ramiro Montaño; Fotografía: ; Música: ; Edición: ; Con: Ramiro Montaño, Roberto El Flaco Guzmán (El Terremoto), Valentín Trujillo, Eva Garbo, Lourdes Deschamps
México, 1998

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