Por: Rebeca Jiménez Calero

Tras una tercera guerra mundial, la humanidad ha sufrido una mutación que la ha dividido en dos grupos: los sexo-negativos y los sexo-positivos. Los primeros, que representan un 99% de la población total, no pueden tener relaciones sexuales –aunque lo desean–, pues al intentarlo les deviene un terrible dolor. Los segundos, el 1% restante, están obligados entonces a “actuar” para los que son negativos. Para tal efecto, todos confluyen en el Café Flesh.

Sin duda, lo más interesante de esta película porno filmada en 1982, es que para escribir una sinopsis de ella, se necesiten más de dos líneas. Acostumbrados a las clásicas historias de un hombre –llámese plomero, electricista, mensajero– que llega a la casa de una chava super exuberante y por obra de la calentura de él y la mucha disposición de ella terminan teniendo sexo de múltiples maneras, es de agradecer encontrar de vez en cuando una película que ofrece algo más aparte de las obligatorias escenas de sexo.

El problema es que a pesar de esto, Café Flesh es una película fallida; pero vayamos por partes. Dentro de los aciertos, está por supuesto la trama: situada en una época futurista en la cual los hombres parecieran estar regidos por su condición de sexo-positivos o negativos, todo ocurre en el café del título, es decir, la producción no necesitó de efectos especiales para ambientar la historia en una época remota, simplemente se utilizó un solo set que bien podría ser cualquier antro actual, recurso que, ante la obvia falta de capital, fue muy bien aprovechado.

La historia se centra en la pareja formada por Nick y Lana, quienes son clientes frecuentes del Café Flesh, pues la madre de él es la dueña del antro. Ambos quisieran tener relaciones sexuales, pero al ser sexo-negativos tienen que conformarse con ver los actos que se presentan diariamente. En el lugar, son atormentados por Max, una especie de maestro de ceremonias-presentador-introductor-show man-anfitrión, quien a cada instante les recuerda que ellos no pueden hacer “lo que están a punto de ver”.

Y es precisamente en los actos de sexo real en los cuales creo que la película va en detrimento de su interesante premisa. Para empezar, tenemos que aguantar unos choros interminables cortesía de Max, que además de largos son pretenciosos y la mayoría de las veces, sin sentido. Al pasar al meollo de la trama, o sea, al sexo en vivo, se nos ofrece –al público del café y al público del filme–, unas representaciones bastante bizarras en las cuales se utiliza una música espeluznante, una ambientación de miedo y unas caracterizaciones que le quitan las ganas a cualquiera. Para ejemplo, el primer “montaje”: un ama de casa espera la llegada de su marido que resulta ser una especie de hombre rata; de fondo vemos a sus tres hijos –quiero entender que eso eran–, unos monstruos vestidos de bebés que parecen estar de muy mal humor. Tras algunos grotescos escarceos entre la pareja, se pasa al clásico mete-saca –como diría el buen Alex en Naranja Mecánica–.

Lo anterior me hizo cuestionarme cuál es la función del Café Flesh, ya que en el prólogo se menciona que los sexo-negativos sólo acuden a ver el espectáculo, sin aclarar con qué fin lo hacen. Y si se tratara de encontrar un motivo guiándose por las reacciones del público –que aunque deberían de ser muchas personas, el director sólo se enfoca en cinco o seis– éste sería muy ambiguo, pues las expresiones van del asco al deseo, pasando por la sorpresa, la desaprobación, la expectación, la frustración y la indiferencia. Total que nadie parece estar contento. Mucho menos lo está Nick cuando es contratado el sexo-positivo Johnny Ricco, una leyenda en eso del espectáculo sexual y quien ejerce una fuerte atracción sobre Lana desde el primer momento en que ésta lo ve, creando un conflicto entre la pareja y orillándolos a un triste final. Por cierto, Johnny es el único hombre que no sale disfrazado a escena, por lo que su participación es la más “natural” de todas.

En resumen, Café Flesh es un buen intento por dotar de contenido al cine pornográfico, arriesgándose a hacerlo en un contexto muy difícil, el de la ciencia ficción. Sin embargo, al director y guionista Rinse Dream (seudónimo de Stephen Sayadian) se le pasó la mano tratando de hacer más “intelectual” su cinta al incluir textos incomprensibles e innecesarios, así como al “coreografiar” las escenas de sexo de una manera tan extraña y grotesca. En fin, que la película es demasiado pretenciosa como para ser una porno disfrutable y demasiado porno como para ser un filme de ciencia ficción creíble.

CAFÉ FLESH
Dirección: Rinse Dream (Stephen Sayadian); Guión: Rinse Dream (Stephen Sayadian), Herbert W. Day (Jerry Sthal); Producción: Stephen Sayadian, F. X. Pope (Frank Delia); Fotografía: F. X. Pope (Frank Delia); Música: Mitchel Froom; Edición: Sidney Katz; Con: Andrew Nichols (Max Melodramatic), Paul McGibboney (Nick), Pia Snow / Michelle Bauer (Lana), Marie Sharp (Angel), Kevin Jay (Johnny Ricco), Dondi Bastone (Spike), Becky Savage
Estados Unidos, 1982, 80 min.