¿Quién Diablos es… David F. Friedman?
Posted by Revista Cinefagia on 6/19/04 • Categorized as Cinembargo Se Mueve
Por: Marco González Ambriz
El cine, hijo bastardo del circo y la ciencia, en décadas recientes ha adquirido blasones que sus inventores jamás habrían sospechado. A este humilde entretenimiento le ha pasado lo mismo que Jorge Ibargüengoitia señalaba a propósito de las revoluciones y las señoras de 60 años: cuando eran jóvenes nadie se imaginaba que llegarían a ser tan respetables. Es como regresar al terruño después de varios años y encontrarse con que la oveja negra, aquel primo inútil que parecía alérgico al trabajo, se ha convertido en un potentado. Cosas veredes, Sancho. Ahora todo el mundo se llena la boca y se para el culo hablando del “séptimo arte”, del festival de Cannes, del Cahiers du Cinema y de mil cosas más que habrían dejado a Edison, Lumiére y Mélies con el ojo cuadrado. Si estos señores levantaran la cabeza y vieran lo que pasó con sus inventos en manos de Arturo Ripstein y Manoel de Oliveira se volverían a morir… de aburrimiento.
Desgraciadamente, en este afán por darle prestigio a un espectáculo que nació en los jacalones de las ferias, los críticos y los investigadores se fueron al otro extremo. En los libros de historia del cine se habla mucho de Chaplin, Griffith, Dreyer y Eisenstein, pero los títulos y los creadores menos proclives a ser adornados con el sambenito de Arte (con mayúsculas, por supuesto) quedan en el olvido. ¿Cómo sentirse orgullosos de los melodramones italianos, de las simplonas comedias de los Keystone Kops y de los primeros cortos pornográficos? El resultado de este ninguneo está a la vista de todos. Ínfulas del todo injustificadas, delirios de grandeza, títulos de nobleza más que dudosos y una notable falta de joie de vivre, en algo que es ante todo una forma de entretenimiento. Dejemos al Arte en las galerías y los museos, donde no molesta a nadie, porque nadie le hace caso, y devolvámosle al cine su papel de divertimento.
Para hacer esto nada mejor que echarle un vistazo a los géneros más cochambrosos, que no por nada fueron los más rentables en su momento, de la mano de David F. Friedman. Considerado un héroe de la contracultura en Estados Unidos, Friedman ha sido opacado en el resto del mundo por H.G. Lewis, su principal colaborador, y más aún por la persistente idea del productor como el villano que coarta la libertad del director. Esta tontería, que muchos especialistas repiten como un mantra, ha sido desmentida por el propio Lewis, quien no se ha cansado de decir que Friedman tuvo un papel fundamental en la creación de dos géneros que son clave para entender el desarrollo del cine independiente norteamericano: el nudie-cutie y el gore. De ahí surgieron en buena medida el porno tal como lo conocemos y la variopinta colección de subgéneros agrupados bajo la bandera del cine de culto.
David Friedman nació en Alabama, EE.UU., en 1923. Su padre era el editor de la sección de espectáculos del diario local, por lo que David creció en los talleres del periódico, lo que le sirvió para familarizarse con todo el proceso de impresión que más tarde le sería de gran utilidad en su carrera en el cine. Además, gracias al hecho de que los artistas y empresarios que pasaban por la zona solían reunirse en su casa, Friedman escuchó desde muy pequeño los relatos que éstos, en particular los dueños de los circos, hacían sobre su vida trashumante. En su autobiografía, A Youth in Babylon, por desgracia casi intraducible, él mismo señala que a la avanzada edad de 7 años ya sabía lo que quería hacer en la vida. Desde entonces le rogaba a sus padres que le permitieran trabajar en una feria.
En 1931, los efectos de la Depresión se hicieron sentir en la familia, que se vio obligada que vender autos y otras propiedades cuando las acciones que tenían perdieron todo su valor. Dos años después sus padres se divorciaron y poco después su madre se casó con un ingeniero. Éste trató de interesar al joven David en su profesión, sin obtener ningún resultado. Años después, cuando los primeros periodistas llegarona entrevistarlo sobre su carrera, Friedman declararía que se dedicó al espectáculo diciendo que “I was too young to work and too nervous to steal!” (“Era muy joven para trabajar y demasiado nervioso para robar”), pero está claro que el acceso que tuvo desde pequeño a todos los aspectos del entretenimiento lo llevaría por este camino.
Durante la Segunda Guerra Mundial Friedman fue reclutado y asignado al Signal Corps, el departamento del ejército estadounidense a cargo de la proyección de películas en las bases militares. Esta experiencia le serviría más adelante ya que fue en el ejército donde aprendió todos los procesos técnicos necesarios para la elaboración y exhibición de una película. Al terminar la guerra se colocó en el ramo de distribución de la Paramount, en ese entonces las grandes compañías productoras hollywoodenses, las majors, manejaban su propio sistema de distribución, hasta que la Suprema Corte de los Estados Unidos decretó que esta era una práctica monopólica. Trabajó ahí durante más de 10 años, no sin antes tener un breve encuentro con el que sería una de las figuras más importantes de su vida, hasta que Friedman decidió dejar atrás la que parecía una promisoria carrera en la Paramount para internarse en el azaroso mundo del cine independiente.
La persona a la que Friedman siempre le ha dado el crédito por el rumbo que tomó su carrera es el legendario Kroger Babb. En Babb tenemos a un personaje poco conocido pero esencial para entender la historia del cine independiente norteamericano. William “Kroger” Babb era el dueño de Hygienic Productions, empresa dedicada a la distribución de manera independiente y que basó su éxito en una sola película: Mom and Dad. La razón de que dicha cinta fuera tan lucrativa es que abordaba un tema que en la Norteamérica de los 50 era un tabú: el sexo. En un ejemplo de lo que el experto en cine de culto Frank Henenlotter ha llamado “karma instantáneo”, la única forma que había entonces de tratar asuntos sexuales en una pantalla, gracias a la pudibundería de las majors reflejada en el Código Hays, era disfrazándolo de conferencia médica. El público estaba dispuesto a aguantar un documental, con todo y narrador paternalista, siempre y cuando esto le permitiera ver por unos momentos aquellas partes del cuerpo que no se podían nombrar, aunque fuera en fotos de enfermedades ocultas o en el momento en que un bebé cubierto de sangre llegaba a este mundo.
La cosa no paraba ahí. No era sólo el contenido de la película. El genio de Babb consistía en todo el aparato publicitario que montaba para vender boletos: desde segregar al público, organizando funciones por separado para mujeres y para hombres, haciéndoles creer a estos últimos que la función para ellos sería más picante (no lo era) hasta aprovechar cualquier controversia que pudiera generar Mom and Dad para crear un escándalo y así aparecer en todos los periódicos y programas de radio a su alcance. Babb era el terror de la Legion of Decency católica, en ese entonces uno de los mayores enemigos del cine que abordaba temas prohibidos. A través de los años fue Kroger Babb, junto con el resto de los exhibidores independientes apodados “Los Cuarenta Ladrones”, quien libró innumerables batallas legales en favor de la libertad de expresión… y la libertad de enriquecerse explotando el morbo de sus compatriotas, por supuesto.
Al momento de conocerlo, Friedman era aún muy joven y aunque Babb le ofreció un puesto en su empresa casi de inmediato, David lo pensó dos veces y optó por un empleo más seguro en la Paramount. Sin embargo, Babb y el resto de los Cuarenta Ladrones siempre representaron para él un modelo a seguir. No podía ser de otra manera para alguien que había crecido admirando el modus operandi de los circos y que de esa forma había adquirido una forma de ver el espectáculo mucho más realista que la de los académicos. Friedman relataba que en cierta ocasión, cuando tenía unos 18 o 19 años, presenció la retirada de una feria que había tenido una mala semana. El único que había logrado una ganancia era el dueño de los puestos de comida y el show de las bailarinas. Cuando Friedman le preguntó cómo es que él había obtenido dinero mientras los otros se iban con las manos vacías, el tipo le contestó: “Mira, si vas a seguir en este negocio, tienes que aprender que hay dos cosas que la gente siempre pagará por hacer. Una es llenarse la panza y la otra es ver culos”.
El lema de Babb, de los Cuarenta Ladrones y de todas las personas que se dedicaban a lucrar con los bajos instintos de sus congéneres era: “sell the sizzle, not the steak!”, que se puede traducir como “hay que vender el jugo, no el filete”. Cuando Friedman inició su propia carrera como productor adoptaría esta frase como método de trabajo, prometiendo maravillas en las campañas de publicidad que él mismo escribía, con la misma maestría en el uso del lenguaje que Babb empleaba para debatir con los conservadores que intentaban prohibir Mom and Dad, y entregando películas que estaban muy por debajo de lo que los anuncios sugerían.
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