La gente pájaro de China (Chugoku no Chojin). Cuando sentidos y sentimientos se unen.
Directores de cine de “arte” hay muchos, directores que hagan esa cosa llamada cine de autor hay menos, pero de esos directores que todos los proyectos que realizan los hagan suyos, logrando transmitirles ese pedacito de alma que todas sus obras deberían tener solo existe uno: Takashi Miike.

Este individuo no sólo está a la cabeza del descubrimiento del cine oriental que se está llevando a cabo en occidente, es también el culpable de que pensemos que todo lo que se hace por allá es violencia y sangre, así como de que el cine japonés es bizarro (cabe mencionar que en el idioma castellano esta palabra significa valiente y no extraño como en el inglés, pero de igual manera sirve para describir lo arriesgado y aventajado que es el maravilloso cine nipón moderno).
Conocido por ser capaz de dirigir hasta cinco películas en un año, Miike se caracteriza por hacer de todos sus encargos un producto propio, inyectándoles una fuerte carga visual e ideológicamente violenta que en muchos de los casos sirve para exaltar nuestras morbosas personalidades pero que en otros constituye una muestra de lo poético que pueden llegar a ser las mutilaciones, los destazamientos y el sexo como arma de doble filo. Entre su extensa filmografía podemos encontrar películas que redimen a los yakuzas (Dead or Alive), ciencia ficción existencial (Andromedia), adaptaciones ultraviolentas de mangas todavía más violentos (Fudoh, Ichi the Killer), apologías de la violencia urbana (City of Lost Souls, donde por cierto Paty Manterola demuestra que cuando quiere es una buena actriz), el terror más brutal (Audition) e inclusive comedias musicales para drogadictos (Katakuride no Kofuku).
Si leyeron el párrafo anterior podrán darse cuenta por qué Miike es el favorito en los festivales de cine fantástico y por qué todos los sitios sobre cine de culto lo tienen en tan alta estima. Su estilo transgresor ha hecho de él una figura para todos los cinéfagos ávidos de propuestas diferentes (aunque suene a cliché es absolutamente cierto) y ha demostrado que ser un director de encargos no tiene porque ser aburrido o una causa perdida.

Sin embargo, resulta raro -algo que hablando de Takashi Miike resulta inconcebible- que su película más atípica sea la que demuestre la verdadera calidad y versatilidad del que sin duda se convertirá en el mejor director de este joven siglo. En ningún momento estoy diciendo que Miike ya tenga un estilo preestablecido y por eso sea una sola cinta sea la muestra de su genialidad, pero que alguien que se ha curtido en el mundo del videohome japonés, fabricando cintas para un público ávido de bajezas y vulgaridades extremas, logré girar totalmente su visión para crear una película que sin exageraciones es de aquellas que nos hacen ser cinéfagos no queda de otra más dejarse llevar por la belleza, lo maravilloso y la profundidad de una película como La Gente Pájaro de China.
Esta cinta es de esos casos extraños en que la dirección, la fotografía, las actuaciones, el guión y la música resultan perfectamente embonados, si le añadimos una moraleja poco cursi como lo es el cuidado y rescate de las tradiciones el resultado es una película perfecta, de esas que ya casi no se hacen.
El filme comienza como la clásica comedia de pareja dispareja: Wada, un ejecutivo de una empresa de joyería, es enviado a China a investigar una veta de jade que podría ser la mayor en el mundo. En el camino es alcanzado por Ujiie, un yakuza encargado de cobrar una deuda a la empresa de Wada. El terror que causa el gángster en el joven empleado se acentúa al sufrir las penurias del largo viaje, el cual transcurre en las zonas rurales de China Popular, a través de nubladas montañas, brumosos bosques y lluvias torrenciales.
Es de sobra conocido el racismo imperante de los japoneses hacia los chinos por lo que las cosas que van descubriendo los viajeros les hacen apreciar más esa extraña cultura: un viaje en río en una balsa impulsada por tortugas, hongos alucinógenos, que resultan ser el único esparcimiento y atenuante del cansado viaje, y un pueblecillo en donde algunos habitantes, en su mayoría niños, tienen la loca idea de poder volar.

Es esto último el eje de la película, el sueño que permite a Wada y a Ujiie liberarse de sus prejuicios y aventurarse a profundizar más en la leyenda, descubriendo cosas que jamás habrían imaginado y experimentando las emociones más fuertes que un humano pueda soportar, llevando a uno de ellos a la locura, una dulce pérdida de la razón justificada por el intenso deseo de evitar que la zona sea mancillada por las manos del “progreso” y al mismo tiempo liberarse de los cánones de las sociedades urbanas.
Sin duda. Takashi Miike quiso homenajear a esa otra obra maestra del cine liberador que es Años Luz del suizo Alain Tanner, en donde el ímpetu e incredulidad de un adolescente son derrotados por la ilusión, perseverancia y esmero de un anciano (los acabados, en nuestra concepción materialista). Si en su cinta Tanner reflejó el olvido y desprecio de la sociedad contemporánea hacia la senectud en Europa, abusando del tiempo con escenas que se antojan eternas, Miike lo que hace es criticar el olvido y desprecio que tienen los orientales por sus tradiciones, aunque con un ritmo más ameno y salpicado por una pintoresca gama de personajes y descubrimientos que llevan a la idea de Tanner a alturas más lejanas (literalmente). La feroz crítica que el director hace hacia el abandono de la cultura propia en pos del sueño occidental queda tristemente plasmada en la historia del amor platónico entre Wada y la descendiente directa del último hombre pájaro.
La fábula de Miike encaja perfectamente con los paisajes de las montañas chinas, dándole a la película un aire de universalidad, pues la película podría desarrollarse lo mismo en Perú, en el Congo o en los altos de Chiapas, lugares ricos en tradiciones que rápidamente están siendo llevados al carajo, pues la cultura no puede generar ganancias monetarias. Y no sería de extrañar que en los lugares antes citados también exista una leyenda que hable de gente que podía volar, pero que perdieron esa habilidad al dejar de creer en ellos mismos.
La Gente Pájaro de China es una película debe ser vista tanto por aquellos exquisitos seguidores del cine académico, aquellos que buscan cintas que los hagan reflexionar, como por los seguidores incondicionales del cine fantástico, esos que saben que el único límite del ser humano es su imaginación. Es una película que pone lo artístico en ese pleonasmo que es el cine de arte y si algún día deciden volar, no tengan miedo, el secreto está en tomar mucho vuelo.
LA GENTE PÁJARO DE CHINA
(Chugoku no Chojin)
Dirección: Takashi Miike; Guión: Masa Nakamura, basado en la novela de Makoto Shiina; Producción: Yasuhiko Furusato, Toshiaki Nakazawa; Fotografía: Hideo Yamamoto; Música: Koji Endo; Edición: Taiji Shimamura; Elenco: Masahiro Motoki (Wada), Renji Ishibashi (Ujiie), Mako (Shen), Wang Li Li (Yan)
Japón, 1998, 118 min.
Participaciones: Festival de Cine de Hawaii, 1998: premio del público a la mejor película; Mainichi Film Concours, 1998: Masahiro Motoki, mejor actor.
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