Teorema
Una familia acomodada de Milán recibe un telegrama que incluye sólo dos palabras: “Arrivo domani” (Llego mañana). Al día siguiente, reciben la visita de un muchacho que sin más explicación se instala en la casa como un integrante más de la familia. Esta premisa, que otros directores han usado para crear historias de terror o para satirizar las costumbres de su época, le sirve a Pasolini como punto de partida para crear una de las obras maestras del cine religioso.

Para los que no hayan tenido la oportunidad de ver Teorema, el argumento es el siguiente. El visitante (Terence Stamp) acompaña a la familia en sus actividades cotidianas y despierta en ellos deseos que parecían no existir. Gradualmente el muchacho seduce física y emocionalmente a cada uno, incluyendo a la sirvienta. No lo hace de forma egoísta. Al contrario, es precisamente su capacidad de dar amor sin esperar nada a cambio lo que hace que todos los integrantes de la familia se le entreguen. Todo transcurre felizmente hasta que un nuevo telegrama indica que su huésped debe partir.
La ausencia provoca varias reacciones. La sirvienta (Laura Betti) regresa a su pueblo para hacer milagros. El hijo (Andrés José Cruz Soublette) recurre al arte para evocar al que se ha ido. La hija (Anne Wiazemsky) cae en un tipo de trance del que ya no despierta. La madre (Silvana Mangano) recorre las calles buscando jóvenes que le recuerdan al ausente y los seduce agónicamente. El padre (Massimo Girotti) regala su fábrica a los trabajadores y se despoja de toda posesión material, incluyendo su ropa, hasta acabar vagando en el desierto.
En apariencia, el argumento tiene poca relación con lo espiritual, al menos en la forma en que estamos acostumbrado a verlo en cintas como Luz de Invierno, de Ingmar Bergman, o la reciente La Pasión de Cristo, de Mel Gibson. Mientras que Bergman aborda el problema del silencio de Dios de manera directa e incómoda y Gibson emplea todo un arsenal de técnicas cinematográficas para ilustrar un episodio de los Evangelios, Pasolini ya había demostrado con El Evangelio Según San Mateo que prefería confiar en la capacidad interpretativa del espectador, con un discurso cinematográfico de una pobreza franciscana.

Con planos abiertos, que incluyen tomas en subjetivo y paneos cuando es preciso, evitando la molesta tendencia de tantos cineastas contemporáneos a concentrarse demasiado en la cámara, Pasolini encuentra siempre la distancia justa para mostrar a sus actores en actitudes que revelan la vida interna de sus personajes. Con unos cuantos diálogos, en los cada uno de los protagonistas dice lo que piensa, Pasolini señala aspectos cruciales de sus personajes sin agotarlos ni reducirlos a ser un portavoz del guionista. Con una narración en la que sucede muy poco, que no tiene giros inesperados ni sorpresas que se puedan arruinar con un simple recuento, pero que provoca en cada espectador emociones únicas, Pasolini se aleja del modelo narrativo impuesto por el cine comercial, en el que la intriga lo es todo.
Aclaro que Teorema, gracias a esta misma sencillez, puede interpretarse de muy diversas maneras. Otra forma de entender la cinta, también válida pero en mi opinión menos interesante, es como una crítica a la burguesía. Recordemos que Teorema es la obra de un cineasta de izquierda que en 1968 estaba más comprometido que nunca con la lucha del proletariado y podremos ver la cinta como un alegato de las fallas históricas de la clase media, que incluso cuando intenta ayudar lo hace mal.
El mismo Pasolini declaró lo siguiente acerca de su obra, en la revista francesa Quinzaine Littéraire: “Dios es el escándalo. Cristo, si volviera, sería el escándalo; lo fue en su tiempo y lo sería hoy. Mi desconocido -interpretado por Terence Stamp, explicitado en la presencia de su belleza- no es Jesús inserto en un contexto actual, no es tampoco Eros identificado con Jesús; es el mensajero del Dios despiadado, de Jehová que a través de un signo concreto, una presencia misteriosa, despoja a los mortales de su falsa seguridad. Es el Dios que destruye la buena conciencia, adquirida a bajo precio, al amparo de la cual viven o más bien vegetan los conformistas, los burgueses, en una falsa idea de sí mismos.”

En Teorema el único personaje que reacciona positivamente a la presencia de lo divino, o del Otro ajeno a la razón dominante burguesa si nos ajustamos a la interpretación marxista, es la humilde sirvienta que a su regreso a su pueblo natal hace milagros en beneficio de sus vecinos, curando niños y creando una fuente con sus lágrimas. Los personajes burgueses acaban sumidos en la locura, la desesperación, condenados a deambular eternamente por un páramo que subyace sus vidas y que a lo largo de toda la película aparece durante breves segundos, interrumpiendo el relato para recordarnos que los protagonistas no podrán escapar jamás de ese vacío.
Alexandro Jodorowsky, otro cineasta que favorecía lo simbólico a lo literal, intentó una fusión parecida de lo espiritual y lo mundano en El Topo, filmada en el mismo año que Teorema. En ambos casos creo que los intentos de crítica social son lo menos interesante de cada cinta, incluso hacen que el resto pierda fuerza al convertir una historia simbólica, que por su ambigüedad puede ser acogida por espectadores de cualquier índole, en un panfleto para correligionarios. Con esto no pretendo reprocharle a Pasolini su compromiso con una causa. Solamente quiero señalar que actualmente, cuando lo más aconsejable es desconfiar de las ideologías, Teorema permanece como una obra importante porque en ella Pasolini fue más allá de la arenga revolucionaria para crear algo que bien puede entenderse como una fábula sobre las consecuencias que la presencia de la divinidad puede tener en una familia normal. Esto, que hace de la religión algo más inmediato que las fiestas de disfraces a las que nos ha acostumbrado el cine, me parece algo más valioso que cualquier mensaje político.
TEOREMA
Dirección, Guión: Pier Paolo Pasolini; Producción: Manolo Bolognini, Franco Rossellini; Fotografía: Giuseppe Ruzzolini; Música: Ennio Morricone, Wolfgang Amadeus Mozart; Edición: Nino Baragli; Elenco: Terence Stamp (el visitante), Silvana Mangano (la madre), Massimo Girotti (el padre), Anne Wiazemsky (la hija), Laura Betti (la sirvienta), Andrés José Cruz Soublette (el hijo), Ninetto Davoli (el mensajero)
Italia, 1968, 98 min.
Participaciones: Festival de Venecia, Italia, 1968: Laura Betti, mejor actriz, Pier Paolo Pasolini, nominado al León de Oro como mejor director.
Cinefagia en Facebook