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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Santo contra las Mujeres Vampiro

santo-mujeres-vampiro-01Por Mauricio Matamoros

Aunque prácticamente inexistente en la actualidad, el cine fantástico mexicano alguna vez fue una realidad, e incluso, ofreció una de las visiones más peculiares al respecto en el cine mundial. De hecho, la importancia del cine mexicano de este género en las décadas de los 50 y los 60, a partir de su original concepción, puede compararse con la trascendencia que hoy día está teniendo el cine japonés clasificado bajo la misma etiqueta.

Desde luego, con el cine de luchadores como punta de lanza (y sobre todo las producciones protagonizadas por Santo), las películas fantásticas en México fueron, tanto los proyectos que lograron sostener a la industria durante aquellos años, como aquellos que le dieron una identidad al cine nacional fuera de sus fronteras. Papel únicamente compartido con el cine del Indio Fernández.

En su momento, independientemente de que también fue todo un suceso en Latinoamérica, el cine de luchadores logró llamar la atención de un sector del público estadounidense, así como la de la crítica francesa, que fue seducida por el preciosismo camp de este cine.

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El investigador inglés Carlos Clarens, en su seminal An Illustrated History of the Horror Cinema (Putnam, 1967), considera que el cine fantástico mexicano interesó especialmente al espectador francés por su capacidad para atraer la atención de las polaridades del público: “ya sea de las audiencias plebeyas con sus gustos frenéticos y crudos o del connoisseur que disfruta de la inocencia desarmante” de estos filmes.

En suma, el cine fantástico mexicano de aquellos años componía un pastiche deslumbrante en el que convergió la tradición técnica del cine hollywoodense; la ambientación y la fotografía del cine italiano (entiéndase, sobre todo, la obra -y la escuela producida- por Mario Bava), digeridas por fotógrafos como José Ortiz Ramos, Rosalío Solano y Raúl Martínez Solares; la obra de artistas como Gunther Gerszo, quien se encargó de algunos de los diseños de producción más recordados del fantástico nacional (Ladrón de Cadáveres de 1956 o El Vampiro y El Ataúd del Vampiro, ambas de 1957); las fantásticas y truculentas historias creadas por guionistas como Alfredo Ruanova (la saga Nostradamus de 1961-62, o La Endemoniada del 1968) y Ramón Obón (La Marca de Satanás de 1956, o Misterios de Ultratumba de 1958); y las sensibilidades entre kitsch y visionarias de autores como Carlos Enrique Taboada, Fernando Méndez y, entre otros, René Cardona.

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Sin duda, uno de los ejemplos más célebres de este género en el país es Santo contra las Mujeres Vampiro, la cual fue dirigida por Alfonso Corona Blake en 1962, e inmediatamente se convirtió en referencia obligada en todo el mundo, a pesar de que José Luis Cuevas (conocido también por su prodigioso conocimiento cinematográfico) diga que de ella no haya dato alguno en la Cinemateca Francesa.

Hasta aquel año, Santo llevaba ya cuatro años de haber debutado en el cine, tiempo en el cual ya había protagonizada seis películas y, solamente en Santo contra los Zombies -dirigida en 1961 por Benito Alazraki quien, a parte de su recordada y premiada Raíces (1954), sobresale porque realizó una de las películas más efectivas del cine de horror mexicano: Muñecos Infernales (1961)-, combatió amenazas medianamente sobrenaturales en un ambiente de chilaquil western. Es de esa forma que Santo contra las Mujeres Vampiro le ofrecería la bienvenida absoluta al enmascarado al mundo de lo aún más increíble (pues, de entrada, la idea de un justiciero anónimo que pelea de noche y nadie sabe a dónde va al final de sus cintas, es ya inconcebible).

Esta película, sin duda, aunque aparentemente de forma inconsciente, fue resultado de la unión de dos creatividades que tiempo atrás ya habían mostrado ingenio sobresaliente para el fantástico nacional. Corona Blake dirigió La Mujer y la Bestia (1958) y El Mundo de los Vampiros (1960) -además recordemos que en 1963 realizó Santo en el Museo de Cera-; Fernando Osés, coguionista de la cinta, que además de participar como luchador en decenas de filmes, se encargó de escribir los dos primeros vehículos cinematográficos del enmascarado de plata: Santo contra el Cerebro del Mal y Santo contra los Hombres Infernales, además de Blue Demon contra el Poder Satánico (1968) e, incluso entre muchas otras películas del género, Las Venganzas de las Mujeres Vampiro, dirigida en 1970 por Federico Curiel, otro especialista.

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Con Santo contra las Mujeres Vampiro, el enmascarado por primera vez se enfrentó a algo más terrible que asesinos de otros mundos, muertos vivientes y genios dementes: vampiras cachondas. Lorena Velázquez (quien deliciosamente, en repetidas ocasiones a lo largo del filme, como mantra, canta amenazadoramente a las fuerzas del bien o de la incompetencia que su “venganza será teeerriiibleee”) y su séquito de curvas, para nada anoréxicas, disfrazadas de chupadoras de sangre por poco y provocan con sus encantos que Santo se convirtiera en el primer cinturita sobrenatural del cine nacional, dejando atrás la máscara plateada inmaculada para iniciar una vida pecaminosa producto de una “seducción diabólica”, un peligro que en subsecuentes filmes estuvo latente.

En fin, está cinta ya cumplió cuatro décadas y cimentó las bases de lo más fantástico del cine de luchadores e inspiró a realizadores de todas las latitudes del planeta, como hace poco pudo verse con la pobre pero popular Jesus Christ Vampire Hunter (2001), de Lee Demarbre.

SANTO CONTRA LAS MUJERES VAMPIRO

Dirección: Alfonso Corona Blake; Guión: Rafael García Travesí, Antonio Orellana, Fernando Osés; Productor: Filmadora Panamericana; Fotografía: José Ortíz Ramos; Música: Raúl Lavista; Edición: José W. Bustos; Con: Santo, Lorena Velázquez (Zorina), Jaime Fernández (Carlos), María Duval (Diana), Ofelia Montesco (Tundra), Augusto Benedico (Profesor Orloff), Xavier Loyá (Jorge), Fernando Osés (Igor), Guillermo Hernández Lobo Negro (Marcus), Nathanael León Frankenstein (Taras)

México, 1962  -  90 min.

Fecha de estreno en México: 11 de octubre de 1962

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