La secretaria (Secretary)
Por: Marco González Ambriz
Al director Steven Shainberg y a la guionista Erin Cressida Wilson les tomó dos años escribir la adaptación del cuento “Secretary” de Mary Gaitskill. El resultado de este trabajo es una excelente película romántica que narra el idilio sadomasoquista de una secretaria con su jefe. Shainberg y Wilson corrían el riesgo de ridiculizar a los personajes o de presentar la relación entre amo y esclavo como una patología, reforzando así la imagen que el sector más amplio del público tiene de estas prácticas poco ortodoxas. De igual manera que el bondage en Shibari, la conducta sadomasoquista está tan asociada a la crueldad y a la tortura que es difícil hacer que el público vea más allá de lo “anormal” de la historia.
A algunos críticos les pasó lo mismo. Casi todos se detuvieron en lo aberrante del BDSM y no se dieron cuenta que lo que se narra en La Secretaria se aplica en cualquier relación de pareja, por ejemplar que parezca. De entrada la clasificaron como una comedia vanguardista o una cinta de humor negro erótico, lo que no es del todo cierto. Hay varios momentos divertidos pero los que esperen la típica escena donde una dominatrix ataviada en cuero negro propina latigazos a un vejete van a quedar decepcionados.
La historia es sencilla y se apoya en las actuaciones de un elenco reducido más que en cualquier despliegue de producción, como corresponde al cine independiente norteamericano. La primera imagen es la de una elegante mujer, con las manos atadas a una barra de acero sujeta a su cuello, que recoge papeles de un escritorio, prepara una taza de café y se dirige al despacho de su jefe. La siguiente escena sucede seis meses antes, en lo que será la única ocasión en que se abandona la narración lineal.
Vemos ahora a la misma mujer, Lee Holloway (Maggie Gyllenhaal), el día en que sale del psiquiátrico. La fecha coincide con la boda de su hermana y aunque Lee preferiría permanecer encerrada, por la agradable rutina que vive en el manicomio, no le queda más remedio que acudir a la celebración. Pronto entendemos por qué Lee prefiere evitar a su familia, cuando la fiesta le sirve de pretexto a su padre para volver a caer en el alcoholismo, con los consiguientes reclamos y gritos. Para escapar de su familia Lee recurre al dolor. Quemarse y cortarse con navajas se han convertido en la única forma en que ella puede controlar lo que le sucede. Al momento de lastimarse ya tiene preparado el yodo necesario para la curación, en una rutina que ha venido realizando desde los trece años.
Para escapar a su entorno Lee toma clases de mecanografía y busca trabajo como secretaria, consiguiendo empleo en la oficina del abogado E. Edward Grey (James Spader), quien contrata asistentes con tanta frecuencia que en la entrada de su despacho tiene un anuncio luminoso de “Se Solicita Secretaria” como quien anuncia las vacantes de un motel. La entrevista de trabajo es poco común. Grey le pregunta a la joven, que lleva una gabardina morada tres tallas demasiado grande y su diploma arrugado en la mano, si está embarazada o si lo tiene planeado, si vive en un departamento y si ha ganado algún premio. Satisfecho con las respuestas de Lee, el abogado la contrata en el acto y así comienza un romance atípico, que no enfermizo.
Muy pronto Lee comprende por qué el señor Grey emplea secretarias con tanta frecuencia. A pesar de ser un hombre introvertido y que corre a esconderse cuando aparece su aún esposa a exigirle que firme el divorcio, el señor Grey goza humillando a sus empleadas, haciendo exigencias irracionales e ignorando cualquier intento por parte de ellas de establecer una relación más aceptable. Para sorpresa del señor Grey, Lee acepta estas condiciones, a medida que descubre lo agradable que le resulta este trato. Las nalgadas, los regaños constantes por errores de ortografía (el señor Grey no permite el uso de computadoras y todas las cartas deben ser mecanografiadas), entre muchos otros sutiles tormentos, son menos degradantes que el hecho de que su madre la espere afuera de la oficina para llevarla de vuelta a la casa, aunque falten varias horas para que su jornada de trabajo termine.
El entusiasmo con el que Lee acepta esta sumisión llega a preocupar al señor Grey, quien intenta frenar sus impulsos por considerarlos vergonzosos. Por otra parte, la entrega de Lee pone en entredicho la distancia que él prefiere guardar con su secretaria, ya que la atracción es mutua y esto es algo que él no se puede permitir, pues corre el riesgo de perder el control que tanto le ha costado obtener. En este cuento de hadas, donde nada demasiado terrible puede suceder y menos cuando las acciones de los personajes van acompañadas de la música de Angelo Badalamenti y las canciones de Leonard Cohen, Cake y Esquivel, no resultará sorprendente que las cosas terminen bien para todos. Cualquier otra cosa, como castigar a los protagonistas por su comportamiento o, peor todavía, “curarlos” de su “enfermedad”, sería traicionarlos.
A diferencia de la pueril fantasía feminazi que era Viólame (Baise-Moi, Virginie Despeintes, 2000) aquí el personaje femenino nunca actúa en respuesta a las acciones de los hombres, sino que obedece siempre a sus propios deseos. Si seguimos en la comparación de ambas películas, queda claro que la francesa sale perdiendo en todos los rubros, ya sea que hablemos de dirección, guión, música, edición, etc. En donde resulta más abismal la diferencia es en la actuación. Mientras que las interpretaciones de los franchutes eran de auténtica pena ajena, el trabajo de Maggie Gyllenhaal y James Spader en la obra de Shainberg es magistral. No se puede calificar de otra forma lo que hacen estos dos actores.
Spader había interpretado a personajes similares en sex, lies and videotape y Crash, en donde había ya demostrado su capacidad para darle vida a tipos perversos pero carismáticos, por lo que la verdadera revelación es Maggie Gyllenhaal. Al principio, Lee Holloway es una joven tan frágil y vulnerable que la actriz tenía que dar a entender que incluso en el momento de clavarse agujas en las piernas ella era más fuerte que el resto de su familia, para evitar que el público la compadeciera. Más adelante, debía convertirse en una mujer decidida a no perder el maltrato de su jefe, sin caer en la caricatura o en los aspavientos en los que incurrió Charlize Theron en Monster con tal de que le dieran un Oscar. Ante todo, Gyllenhaal nos transmite lo que su personaje está pensando y sintiendo a través de los más pequeños gestos, por su postura al caminar o por la forma en que se ve al espejo, con una sinceridad que otras actrices más famosas no parecen tener en su repertorio .
A diferencia de la típica comedia romántica hollywoodense, con Tom Hanks y Meg Ryan, en La Secretaria los personajes no son sólo los engranes de un mecanismo tan predecible como el de un reloj. Las dificultades que tienen para estar juntos no son externas, ni circunstanciales, como en las superproducciones que existen sólo para asegurarnos que a todos nos corresponde una pareja ideal y que sólo hay que tener un poco de paciencia para encontrarla. Por el contrario, Steven Shainberg nos recuerda que las más de las veces la culpa de que no podamos establecer una relación satisfactoria la tenemos nosotros y nadie más, pero lo hace de una forma que lejos de ser deprimente nos anima a seguirlo intentando. Después de ver La Secretaria, uno bien puede preguntarse: si la esclava y su amo pudieron ser felices para siempre, ¿por qué yo no?
LA SECRETARIA
(Secretary)
Dirección: Steven Shainberg; Guión: Steven Shainberg y Erin Cressida Wilson, basados en el cuento “Secretary” de Mary Gaitskill; Producción: Andrew Fierberg, Amy Hobby, Steven Shainberg; Fotografía: Steven Fierberg; Música: Angelo Badalamenti; Edición: Pam Wise; Con: Maggie Gyllenhaal (Lee Holloway), James Spader (E. Edward Grey), Jeremy Davies (Peter), Lesley Ann Warren (Joan Holloway), Stephen McHattie (Burt Holloway)
Estados Unidos, 2002, 104 min.
Premios y nominaciones: Festival de Sundance, EE.UU., 2002: Steven Shainberg, premio especial del jurado, nominado al gran premio del jurado; Golden Globes, EE.UU., 2003: Maggie Gyllenhaal, nominada como mejor actriz de comedia o musical; Festival de Cine de París, Francia, 2003: Maggie Gyllenhal, mejor actriz; Steven Shainberg, nominado al Grand Prix; MTV Movie Awards, EE.UU., 2003: Maggie Gyllenhaal, nominada como revelación femenina; Festival de Cine de Locarno, 2002: Steven Shainberg, nominado al Leopardo de Oro; Independent Spirit Awards, 2003: Erin Cressida Wilson, mejor primer guión, Maggie Gyllenhaal, nominada como mejor actriz, Andrew Fierberg, Amy Hobby, Steven Shainberg, nominados por la mejor película; Premios Gotham, 2002: Maggie Gyllenhaal, revelación femenina; Fantasport, 2003: Maggie Gyllenhaal, mejor actriz; Festival de Deauville, 2003: Steven Shainberg, nominado al gran premio especial; British Independent Film Awards, 2003: nominada como mejor película extranjera
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