Revista Cinefagia

revistacinefagia.com

En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Masacre en el Río Tula

Por: José Luis Ortega Torres

En México, el cine de denuncia social no ha rendido los suficientes frutos como para crear escuela, no por lo menos en dentro del cine de ficción. El morbo, la escatología y el tremendismo son los recursos fáciles que se han impuesto a la objetividad y al trabajo de investigación que en un argumento de pretensiones serias debe prevalecer.

De esta forma, durante la década de los ochenta, cuando se dio un breve auge por llevar a la pantalla historias basadas en la nota roja de circulación nacional, las películas que se obtuvieron se acercaron más a la estética de Alarma! -aquella inolvidable publicación amarillista y sanguinolenta- que a un honesto ejercicio de denuncia fílmica, lo que no es del todo malo, pero sí tremendamente oportunista.

Escudados pues, en el pretexto llano de la veracidad, las historias hacen uso de una hiperviolencia poco vista en el cine nacional. Uno de los ejemplos más célebres de este mini-subgénero es la casi mítica Masacre en el Río Tula, película dirigida en 1985 por el debutante Ismael Rodríguez Jr., otro de los herederos de una de las familias de mayor peso en la “época de oro” del cine nacional.

Masacre en el Río Tula es una cinta que parte de una premisa que se volvería común: la deshonestidad y corrupción de los cuerpos policíacos. Pancho es un agente judicial que acompañado de sus inseparables madrinas se dedica más al pillaje que a cumplir con su deber, haciéndolo con lujo de brutalidad y prepotencia. Cuando logran capturar a un matrimonio de traficantes colombianos les hacen hablar después de la consabida tortura.

La pareja es en realidad un par de camellos, gente inocente que a cambio de un favor se encarga de pasar la droga de los capos de un país a otro y, que engañados por Pancho, delatan al Man, el Che y el Mulato, un trío de narcotraficantes a punto de pasar un gran cargamento por la ciudad de México. Durante el operativo de arresto, Pancho obliga al trío a trabajar para él trayéndole droga, a cambio de permitirles asaltar bancos y residencias bajo su total protección.

Durante una huida del trío abordan el taxi de Víctor, un joven que aspira a casarse con su casta novia Estrellita, mientras mantiene un amasiato con la Parabólica, una prostituta de la zona. Para salvar su vida, Víctor se convierte en el chofer del trío de asaltantes obteniendo jugosas ganancias.

La historia de esta película, como podemos ver, no brilla por su originalidad, es de hecho bastante ranfla y esquemática. Ahí están los personajes básicos del cine mexicano de los vapuleados ochentas -el sexenio de De la Madrid, uno de los más funestos para la producción cinematográfica-, mezcla de los personajes básicos de todas las épocas -la prostituta de buen corazón o la novia pura- con los más representativos del momento histórico -el paradigma del policía deshonesto impuesto por el Negro Durazo y los cada día más poderosos narcotraficantes- en una serie de diálogos tan mal escritos como interpretados.

El nepotismo o mal gusto del director debutante hace mella en la ya de por sí endeble historia al incluir a otro de los jóvenes miembros de la familia Rodríguez en uno de los personajes principales, Cuitláhuac, en el papel del taxista Víctor, que siendo el hilo conductor de la cinta que une la historia de los criminales y la propia, es un presencia débil, sin formación como actor, incapaz siquiera de sostener una buena replica de dialogo medianamente creíble en ninguna de sus escenas.

Por si fuera poco, en su ópera prima se nota la deuda a ese cine que ya jamás volverá y al apellido que ostenta, factura que este júnior quiere saldar, pero sin buenos resultados. Groseros son los insertos de un altar a Pero Infante; ridículo el entonar el silbido clásico de Blanca Estela Pavón en Nosotros los Pobres para que Víctor llame a Estrellita; y, de peor gusto, el guiño filial al incluir la fotografía de Ismael Rodríguez Sr. como el fallecido esposo del personaje de la madrastra alcohólica de Víctor, interpretada por Carmen Salinas -la mejor de la cinta, cabe decir-. Detalles que se pretenden amenos, pero que se pierden en la vacuidad del humor gratuito.

Masacre en Río Tula es una película fallida, carente de ritmo y de una puesta en escena decorosa, pues la forma en que está dirigida también deja mucho que desear. Al igual que varias de las películas derivativas de aquellos años, ésta también se encuentra exenta de un plano medianamente calculado que implique alguna intención dramática más allá de la muestra tosca del inserto morboso, porque los tiene, como aquél sumamente gore donde Pancho eviscera un cadáver y juega nauseabundamente con sus entrañas -en un descarado primer plano- con el pretexto de buscar la droga escondida en los intestinos.

Ahora bien, si la cinta es tan rudimentaria técnica, estética y temáticamente, ¿Cuál fue la razón de que resultase tan incómoda, hasta el grado de prohibirse su exhibición durante casi diez años? No lo es por el gore contenido, ni siquiera por los expeditivos métodos de tortura de la policía, asociados como ya se dijo con la época del Negro Durazo y mucho menos por la temática de corrupción y narcotráfico en altas instancias oficiales. Vaya, ni siquiera por el tremendista final donde son ejecutados todos los presentes y lanzados al desagüe -basado en un caso real que apareció en la nota roja de 1982, donde se hablaba sobre unos cuerpos flotando en el río del título, ejecutados después de una brutal tortura- ¿Entonces?

Simple, en la película existe una escenita que casi pasa desapercibida y que en realidad no tiene nada que ver con el conjunto de la historia de Víctor y el trío de criminales. Se habla de un periodista “que está dando mucha lata”, por lo que es necesario “darle un susto”. Hasta su casa llegan los secuaces de Pancho, quienes terminan por matarlo. La pequeña escena da paso a un titular del periódico La Prensa, que delata el asesinato de un respetable periodista y, la foto que aparece a cuadro, es la del columnista político Manuel Buendía.

Con sus muchos defectos, la ópera prima de Ismael Rodríguez Jr., puso el dedo en la llaga de uno de los homicidios más descaradamente impune -aun con todas las explicaciones oficiales- en contra de la prensa nacional y con ello presenta una hipótesis más que comprometedora: el asesinato de Buendía como resultado directo de una orden salida de alguna oficina del gobierno federal. Aunque decir que ese era el objetivo de la cinta, es pedir demasiado… y se nota.

MASACRE EN EL RÍO TULA
Dirección: Ismael Rodríguez Jr.; Guión: Ismael Rodríguez Jr., Ismael Rodríguez, Jorge Manrique; Productor: Ismael Rodríguez Jr.; Fotografía: Fernando Álvarez Garcés; Música: Manuel Esperón; Edición: Ángel Camacho; Con: Cuitláhuac Rodríguez (Víctor), Narciso Busquets (Pancho), Roxana Chávez (La Parabólica), Abril Campillo (Estrellita), Carmen Salinas (La madrastra), Gerardo Zepeda El Chiquilín (El madrina), Hugo Stiglitz (El Man), Carlos Cámara (El Ché), José Carlos Ruiz (El Mulato)
México, 1985

Los comentarios están cerrados.