La primera parte de Drácula Mascafierro es exactamente lo que podemos esperar de una comedia de vampiros dirigida por el Güoero Castro: una colección de albures, leperadas y encueradas. Ahora le toca al Flaco Guzmán interpretar por segunda ocasión a un risible chupasangre, ya antes lo había hecho en Curados de Espantos, donde seducía a Lina Santos y se enfrentaba a dos brujos de Catemaco, Alfonso Zayas y César Bono.

En su segunda interpretación de un vampiro al Flaco se le nota en la jeta la pereza que le daba el papel. En nada ayuda que Drácula Mascafierro parezca una comedia en piloto automático, donde nadie parece esforzarse en dar algo más que lo estrictamente indispensable para cobrar su cheque y llegarle a su cantón. Para acabarla de fregar el subgénero de las comedias de vampiros ya está más que agotado. Aunque cada año se estrene una nueva comedia de este tipo, en su mayoría de bajo presupuesto, parece que ya no se puede añadir nada a lo hecho por Mel Brooks (Dracula: Dead and Loving It), George Hamilton (Love At First Bite) y hasta Pedro Weber Chatanuga (El Vampiro Teporocho). Es posible que algunos de los ejemplos más underground tengan cierto valor, como A Polish Vampire in Burbank de Marc Pirro, pero como no los he visto no puedo opinar al respecto. Lo que me ha tocado ver no pasa de mediocre.

Normalmente lo más rescatable de las películas del Güero Castro son los diálogos. Como heredero de la tradición carpera, Castro estaba destinado a convertirse en un maestro del doble sentido. En el teatro de revista nacional hasta la más chimuela masca tuercas y todo aquel cómico que pretenda subirse a un escenario debe estar listo para contestar los más ingeniosos retruécanos lanzados por el respetable. De otra forma corre el riesgo de que lo bajen a naranjazos y mentadas, que también duelen. Como tal, las cintas dirigidas por el Güero Castro, junto con los discos de Chaf y Queli, se han convertido en referencia obligada para los interesados en aprender el noble arte del calambur.

Por eso sorprende que los diálogos de Drácula Mascafierro sean tan malos. Sin gracia, aburridos, falsos. Hasta parece que el libreto lo escribió Paz Alicia Garciadiego (guionista y nalga de Arturo Ripstein, para los que no se atrevan a ver el “nuevo cine mexicano”). Como ejemplo basta este intercambio entre el Flaco Guzmán, como el vampírico dueño de un hotel, y Gary Rivas, como su asistente:
Rivas: Últimamente hago lo que usted hace…
Guzmán: ¿Y qué es lo que yo hago?
Rivas: Hacerse buey
Guzmán: Y tú pendejo
Rivas: ¿Eso quiere decir que me vaya a trabajar?
Guzmán: Exactamente
Rivas: Con permiso, patrón
Guzmán: Pásele, pendejo
Con esos diálogos la hueva de los actores es comprensible.

Claro que en la filmografía del Güero Castro se puede confiar en que a falta de chistes y buenas actuaciones siempre aparecerán unas nalguitas para hacerle la película más llevadera al espectador. Otro gran defecto de Drácula Mascafierro es que esto tampoco se cumple. En la primera parte de la película, la que transcurre en el hotel, sí aparece una mujer de nombre Liliana Pérez, de abundante trasero y prominente pechonalidad, que se encuera a la menor provocación, ya sea duchándose o fajando con actores secundarios, mientras los héroes la espían y comentan lo buenota que está. Claro, sin atreverse nunca a echarse un quién vive con ella.

En la segunda parte hasta esto falla y nos tenemos que contentar con ver los esfuerzos de los dos personajes principales, que resultan ser Martín (Gary Rivas) y su compadre Jorge Orgasmón (Jorge Aldama y no estoy inventando el nombre del personaje, así se llama), por ligarse a unas chavas que conocen en un restaurante. Para hacer esto los compadres se hacen pasar por dueños de un hotel aunque están igual de jodidos que al principio de la película. Se les perdona lo habladores porque las reinas a las que les quieren dar por su culpa lo ameritan. De hecho, creo que lo más interesante de Drácula Mascafierro sería saber de dónde sacó el productor a esos cueros. Obviamente una cosa es que estén sabrosas y otra que sean actrices.

Decía que la segunda parte de Drácula Mascafierro es la peor. Si pensaron que es porque las mujeres que mencioné no enseñan nada, están en lo cierto, pero más que eso el problema es que aquí se acentúa algo que resulta bastante molesto a lo largo de toda la cinta. Nadie espera que una película del Güero Castro tenga una trama lógica y perfectamente planeada, pero en este caso al director y guionista se le olvida el argumento a la mitad y todo lo anterior, que incluye el vampiro, el hotel y la nalgona que faja con todo mundo, pasa al olvido mientras vemos las aventuras de los dos compadres.

Aclaro que la primera mitad tampoco es ninguna maravilla. Es más, por momentos parece video porno. Hay una secuencia donde Laura (es decir, la nalgona) sale del baño y se encuentra a su marido poniéndole con la recamarera más fea del universo, una güera que hasta desnuda parece hombre, y lo único que dice es “No te preocupes, mi amor. Ahora vas a sentir lo que nunca has sentido en toda tu vida”. Sólo que en lugar de capar a su marido, la esposa ofendida también se mete a la cama.

¿Cómo podría empeorar semejante babosada? Con una subtrama en la que los dos compadres son requeridos por una misteriosa organización, la Border Association Company, a cargo de Douglas MacArthur (Mario Zebadúa Colocho) y Candelaria, una gata autóctona y respondona, para advertirles de una plaga de vampiros que convierten a sus víctimas en jotos. Esto da pie a escenas donde el patrón de la Border Association Company y la folclórica discuten idioteces, hasta que MacArthur se la deja ir a Candelaria.

El predecible final nos presenta a Martín y a Orgasmón convertidos en vampiros puñales, más interesados en morder la almohada que en conseguir sangre fresca, y es el remate de un videohome barato, mal hecho, sin chiste y que confirma que combinar el humor y el terror casi nunca funciona, ni siquiera cuando el director es el Güero Castro.

DRACULA MASCAFIERRO
Dirección, Guión: Esteban Rivas, Víctor Manuel Güero Castro; Productor: Juan Cruz; Fotografía: Salvador Cerecero, Manuel Martínez; Música: Music and Images; Edición: Angel Tellez; Con: Roberto El Flaco Guzmán (Ricardo Rivas), Liliana Pérez (Laura Mendoza), Gary Rivas (Martín), Jorge Aldama (Jorge Orgasmón), Siena Pérez Cano (Diana), Nora Edith (Verónica), Lety Uri (Marcela), Mario Zebadúa Colocho (Douglas McArthur)
México, 2002, 75 min.