Revista Cinefagia

revistacinefagia.com

En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Cien Años del Indio Fernández (primera parte)

Por: Eduardo Sánchez Villagrán

El cine no soy yo, es México,
basta y sobra con tomar una cámara y fotografiar
México para que sea cine mexicano,
porque México es tan noble y tan bueno
y magnifico que lo que haga uno es bueno

- Emilio Fernández Romo

El cine mexicano no se puede entender sin la obra de Emilio Indio Fernández, mexicano mítico que difundió su obra aquí y en el extranjero a través de sus películas idealizando un México que si bien, no fue tan verosímil para unos, otros lo valoraron y aplaudieron. Para el Indio el cine significó un instrumento de divulgación personal donde podía plasmar sus obsesiones, sus deseos de exaltar todo aquello que le diera su patria el lugar que según él, le correspondía.

Fue un enamorado como condición esencial ante el concepto de hombre, mujer y pueblo. Su constante terquedad por dejar claro en su discurso que el nacionalismo es la única vía para el progreso mismo, lo llevaron al bloqueo de la industria cinematográfica hacia su persona, un boicot que le impidió poder filmar como lo llegó a hacer en el momento más esplendoroso de su carrera.

En los albores de los años 40, el Indio después de una discreta carrera de actor y habiendo aprendido algunas técnicas cinematográficas durante su estancia por Hollywood logra dirigir su primera obra, La Isla de la Pasión (Clipperton), 1941, un año después Soy Puro Mexicano, ambos dramas nacionalistas que se insertaban en una coyuntura que vivía el país tanto política, como artísticamente. Eran tiempos de la Segunda Guerra Mundial, la industria del cine lograba el control del mercado hispano, surgía la época de oro.

Fue hasta 1943 cuando por primera vez se reúnen grandes artistas para rodar Flor Silvestre, Emilio Fernández en la dirección, Gabriel Figueroa en la fotografía, Mauricio Magdaleno como argumentista quien le dio solvencia narrativa en esta y futuras películas, también como estelares Dolores del Río y Pedro Armendariz, el gran equipo del cine mexicano nunca antes visto. Es aquí donde apreciamos la predilección del director por los temas revolucionarios, exponía sus beneficios para los campesinos como movimiento social, así como la representación arquetípica del paisaje mexicano, una constante en sus trabajos posteriores como La Perla, Pueblerina, Maclovia.

Ese mismo año el grupo realizó María Candelaria, drama indigenista que si bien no es un logro argumental, sí lo es en el aspecto visual, porque enaltece la figura de los protagonistas indígenas quienes son estéticos, creó la imagen estereotipada y preciosista de sus rostros. Una nueva imagen fílmica se generaba con la exaltación de la mexicanidad, su visión romántica hacia los indígenas no reflejaba ese espíritu indomable del antiguo pueblo xochimilca, tampoco se registró algún resentimiento de los nativos por los mestizos o por los antiguos conquistadores españoles. Pero la cinta logró la proyección internacional que Fernández quería, María Candelaria recibió la Palma de Oro en el Festival de Cannes.

Los indígenas no sólo eran la única preocupación del Indio, también la educación fue una constante temática, los personajes doctos que aparecían en sus historias tenían como fin civilizar al pueblo y sacarlo de una vez por todas de la ignorancia y en el letargo en que vivían. Profesores, doctores, abogados, incluso militares eran la punta de lanza para impulsar a un pueblo oprimido por las injusticias de aquellas autoridades que sólo buscaban subyugar a los más indefensos. Río Escondido, de 1948, es el ejemplo más claro sobre esta afirmación; eran tiempos de Miguel Alemán, iniciaba su sexenio con la bandera del progreso para un México que deseaba dejar a un lado años de pobreza e ignorancia. Así que el Indio no dudó en llevar a cabo un argumento muy apropiado para el momento, pues su personaje principal Rosaura Salazar (María Félix) maestra rural quien obedece al llamado presidencial de ir a Río Escondido para ejercer su profesión y cumplir la tarea de crear un México con gente apta para los nuevos advenimientos políticos y sociales que están por llegar.

Río Escondido por un lado es la retórica de la civilización como una opción para el desarrollo de los indígenas, un nacionalismo que rescata las tradiciones interterritoriales autóctonas necesarias para un desarrollo coherente. Es la lucha social contra las fuerzas oscuras que buscan que los indios sigan con una imagen de campesino jodido, agachado al lado de un maguey o un cactus. Qué mejor arma para combatir a estos enemigos que el saber leer, escribir, venerar a héroes como Benito Juárez quien también siendo indio llegó a la cúspide más alta, ser el Presidente de la República.

Por otro lado la poesía de la imagen y la fotogenia como estética visual, las postales del campo árido, full shot de nubes alargadas, troncos de árboles, pencas de maguey, ramas y paisajes ofrecen matices postales. El juego de luz y sombra junto con la profundidad de campo, los contornos de las mujeres y hombres toscos, tristes y cansados hacen evidente el paupérrimo ambiente en el que se desenvuelven, pero paralelamente generan una belleza plástica con miradas llenas de esperanza, sobre todo cuando al llegar la escasez del líquido vital los indígenas acuden como último recurso al rito de ofrecer al crucificado en señal de desesperación.

Sin embargo, para Fernández hay momentos en que el “progreso” no siempre es benéfico para ciertos códigos de vida trastocados. En La Perla (1945), este objeto de codicia provoca la ruptura entre el mundo indígena de pescadores y el mundo “civilizado occidental”. La inocencia indígena acaba siendo aplastada por el deseo animal del “hombre blanco” por poseer una figura simbólica (la perla misma). Para Quino (Pedro Armandariz) esta perla representa la posibilidad de prolongación en el futuro de su hijo, un vínculo entre su comunidad y la superación del vástago como hombre de bien en un proyecto anhelado por un matrimonio sin ambiciones materiales.

Tal idea es adaptada del libro homónimo del autor norteamericano John Steinbeck quien transfirió un problema que viene repitiéndose durante años y distintas generaciones, la ambición, la avaricia. Una novela muy ad hoc para llevarla al cine cuya sencillez narrativa permite un manejo fácil al trasladarlo a un lenguaje cinematográfico; por lo que el Indio supo aprovechar tal tragedia que comulgaba con sus ideales y una vez más la mano de Figueroa logra un sentido de la plástica inherente como un elemento de expresión conjuntando dramatismo y belleza en el filme sobre todo en aquel cuadro de mujeres erguidas mirando hacia el mar.

Pero para un artista no siempre todo es miel sobre hojuelas, el Indio Fernández tuvo que someterse a las políticas que empezaban a reinar en la industria fílmica mexicana, los productores exigían al realizador trasladarse del campo a la ciudad. El auge del cine urbano de arrabal venía arrasando en el gusto del público mexicano, sobre todo en dramas como Nosotros los pobres, Esquina Bajan; el cine de cabaret vivía sus momentos de boga desde bodrios de Juan Orol hasta interesantes propuestas de Alberto Gout.

Salón México surge de inmediato como una respuesta a toda esa ola de películas populares sin exigencias argumentales, pero con una intensidad fuerte donde sin duda alcanzó una apoteosis en el periodo alemanista. El buen manejo en la puesta escénica y actoral el autor una vez más volvió a sus obsesiones. Mercedes López (Marga López) es la fichera-prostituta que rastrea el dinero desesperadamente en su ambiente oscuro para poder mantener a su hermana Beatriz (Silvia Derbez) y brindarle una educación de primer nivel en un internado para señoritas. No sin antes permitirle al Indio mostrar su nacionalismo en los paisajes del antiguo Zócalo, las obras prehispánicas que se exhiben en los museos.

El ambiente del salón de baile es quizás lo más apoteósico, pues logra impregnar un ambiente de viveza pura, el sonido de las congas, los tambores, cortinas de humo por las bocanadas de los cigarros que cubren todos los shots, el danzón en su máxima expresión, por lo que el Indio tuvo la destreza para practicarlo. Hay que señalar que a pesar de tener una percepción de la vida tan brutal y primitiva, consigue estremecer con un balance sentimentalista cuando triunfante llega el Escuadrón 201 quien trae de regreso al hijo e la directora del colegio de señoritas.

En la segunda parte de este artículo: Víctimas del Pecado, Pueblerina, Islas Marías, La Red y Reportaje.

1 Comment

  1. el indio es la chingoneria ¡¡¡¡¡¡¡¡¡LARGA VIDA A EL INDIO FERNANDEZ!!!!!