Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Ladrones de tumbas (aka. Grave Robbers)

Por José Luis Ortega Torres

ladrones01El cine de terror en México siempre ha estado más cercano al ridículo que al buen hacer fílmico. La parodia y el humor blanco se mezclaron con líneas argumentales que se pretendía provocasen miedo y los resultados fueron, en la mayoría de las veces, risibles.

No obstante, siempre hay gente empeñada en que el género sobreviva dentro de nuestra cinematografía, y así como en su momento lo hicieron nombres como el director Fernando Méndez, creador de El Vampiro (1957), el actor y productor Abel Salazar con su compañía ABSA Films, o el escritor y director Carlos Enrique Taboada; durante la década de los ochenta el principal artífice del terror mexicano fue Rubén Galindo Jr.

Rubén Galindo Ubierna es hijo del también director mexicano Rubén Galindo. Nace en la ciudad de México en 1962 y realiza sus estudios en Canadá hasta 1981, año en que ingresa a la Universidad de Los Ángeles California (UCLA) donde cursa la carrera de Artes y Ciencias de Cine y Televisión, además de diversos cursos de efectos especiales.

De regreso en México, escribe y comienza la pre-producción de lo que será su ópera prima, Cementerio del Terror, una historia que debido al alto costo del arrendamiento del equipo técnico e instalaciones de los Estudios Churubusco, decide filmar en Crownsville, Texas. Al momento de su estreno la cinta conoció un aceptable éxito en taquillas y aunque las críticas la trataron bastante mal, resultó galardonada con la Diosa de Plata a Mejor Ópera Prima.

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Galindo Jr, se decantó no por el terror atmosférico y preciosista como el desarrollado por el maestro Taboada, sino por el gore más obvio y descarado, como se puede observar muy claramente en Ladrones de Tumbas (1989), un nuevo pastiche de horror y gore con muchachos sacrificables, para la que contó con su estrella recurrente Edna Bolkan, además de los jóvenes de moda Ernesto Laguardia, Andrea Legarreta y Erika Buenfil; un histérico Fernando Almada como el comisario de un tranquilo pueblo y un divertido Roberto Cañedo como el cultísimo sacerdote local.

Pido mil disculpas por la siguiente sinopsis que contiene spoilers, pero es obligada ante la nula posibilidad de que se vuelva a exhibir por televisión y, casi es seguro, poca gente la recuerda:

Un prólogo nos sitúa en tiempos de La Colonia, cuando un grupo inquisitorial condena a muerte a un hereje renegado. En la era actual una pandilla de jóvenes -hombres y mujeres- se dedican a robar las joyas con las que los muertos han sido enterrados. Sin saberlo abren el ataúd del hereje, del que roban un hacha, desatando una maldición que lo traerá de vuelta  zombificado en busca de venganza. Los jóvenes son apresados por el comisario, mientras la hija de éste se encuentra esa misma noche de campamento con sus amigas, primeras víctimas del zombie.

Uno a uno los ladrones mueren de manera grotesca, y cuando el monstruo recuerde en la figura del comisario a uno de los inquisidores, rapta a su hija para hacer un sacrificio en medio de una misa negra. Una pareja de novios del grupo de ladrones que sobrevivió al ataque se unirá al comisario para liberar a su hija y terminar con la maldición, ayudados por el sacerdote del pueblo, que ha traducido de un viejo libro en latín, el conjuro contra el hereje.

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Cine-diversión de pura cepa mexicana. Ladrones de Tumbas es una película tan descarada como divertida y aun cuando en su estreno la vieja guardia de la crítica cinematográfica seria -que huele a rancio- como Tomás Pérez Turrent se limitó a menospreciarla calificándola de chilaquil-gore [en el diario Universal del 11 de noviembre de 1990] con todos los ingredientes del género, los cinéfagos de buen mal gusto como nosotros sabemos apreciar sus virtudes, que las tiene.

Con esta película y a fuerza de labrarse él mismo un oficio como director, Rubén Galindo Jr. logró darle cierto ímpetu a los resortes del género, consiguiendo su película más redonda y mejor ejecutada, aunque, la verdad sea dicha, al sostenerla básicamente de los efectos especiales, olvidó fortalecer más el argumento, que tropieza con los lugares comunes de otros productos similares hechos en los Estados Unidos e Italia.

El desfile de imágenes shock, ciertamente se encuentran bien logradas y surtidas: mutilaciones, degollamientos, evisceraciones y demás escenas gore muy raras, casi inexistentes en el cine mexicano y que Galindo se ha atrevido a mostrar. Es innegable que conoce a los maestros italianos del género y es en esta cinta más que en ninguna otra de su filmografía donde se nota la influencia de por ejemplo Lucio Fulci, aunque no logra alcanzar, como el maestro italiano, una cohesión de obsesiones o constantes que sean identificables a lo largo de su carrera como gore maker.

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Es decir, con Galindo el género se minimiza a su baza más simple: realiza el ejercicio del cine sanguinolento por el mero gusto de mostrar las escenas lo mejor y más gráficamente posible, tanto como se lo permitan los presupuestos, pero sin la pericia de otros realizadores, que vieron en el gore el medio para presentar puntos de vista personales.

La violencia como forma de mensaje extremo, se ve reducida a simple espectáculo de barraca, arrancándole cualquier posibilidad expresiva… ¡pero que caray! Cuanta honestidad hay en cineastas como Galido Jr. en los que prevalece la premisa de diversión por encima del discurso moralizante. Ladrones de Tumbas es únicamente una película para el chacoteo y allí radica su completa fuerza. Si ya Pérez Turrent se encargó de calificarla de chilaquil, nos toca a nosotros poner las cervezas y disfrutar del banquete de vísceras sancochadas a la mexicana.

LADRONES DE TUMBAS

Dirección: Rubén Galindo Jr.; Guión: Rubén Galindo Jr., Carlos Valdemar; Producción: Raúl Galindo; Fotografía: Antonio de Anda; Música: John Michael Bischop, Ricardo Serraldo; Edición: Antonio López; Con: Fernando Almada, Erika Buenfil, Edna Bolkan, Ernesto Laguardia, Toño Infante, Roberto Cañedo, Ton Bravo, América Gabriel, Maria Rebeca Zepeda, Andrea Legarreta, Óscar Bonfiglio.

México, 1989   -  90 min.

Fecha de estreno en México: 7 de septiembre de 1989 (un sólo día);  estreno comercial el 8 de noviembre de 1990.

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