La Pasión de Cristo (The Passion of the Christ) -2a. opinión-
Por José Luis Ortega Torres
Para la mayoría del público, Mel Gibson sigue siendo Martin Riggs, el incorregible sargento de la saga de Arma Mortal. Para algunos más, nunca dejará de ser Max Rockatansky, el aguerrido guerrero de las carreteras de Mad Max y, para otros, el noble libertador escocés William Wallace en Corazón Valiente, película con la que también comenzó a ser reconocido como director, a pesar de que su carrera detrás de las cámaras comenzó en 1993 con The Man Without a Face, modesta cinta que ya demostraba su agudo sentido para el oficio.
Pero más que su vocación de cineasta, es su inquebrantable fe católica el aspecto más desconocido de su vida, por lo menos hasta hoy. Católico ortodoxo mandó construir una iglesia donde se celebran misas en latín y en más de una ocasión declaró que en su juventud pensó en ejercer el sacerdocio. Por si fuese poco alentó a una de sus hijas a tomar los hábitos religiosos. Así que cuando comenzó con los preparativos para filmar La Pasión de Cristo, realmente no había por que extrañarse.
El escepticismo que rodeó al planteamiento del proyecto giraba más en torno a su capacidad como creador de imágenes que a la sinceridad de sus intenciones -nadie ha olvidado como él mismo se hizo crucificar en el clímax de Corazón Valiente-, las cuales se encargó de dejar en claro desde el primer momento: crear relato fiel a las Sagradas Escrituras que él se encargaría de producir, escribir y dirigir, pero no de actuar.
Primeros aciertos de un hombre cuya visión -mística o no- fue más allá de lo que se podría esperar. Levantando un proyecto completamente independiente se aseguró una libertad artística fuera de lo común. De esta forma con la ayuda de Benedict Fitzgerald escribió un guión que efectivamente se apega casi por completo a los Evangelios más que a cualquier otra fuente, e incluso, tuvo el rigor de hacer que los diálogos fueran escritos por completo en latín y arameo, lenguas que se supone eran las corrientes en la época de Jesucristo -aunque aun se discute que debió ser en griego-.

Por si fuera poco se arriesgó con un casi desconocido Jim Caviezel en el papel de Jesús, acompañado de la polémica y hermosa Monica Bellucci como María Magdalena. Elementos que cualquiera de las productoras majors hubiera rechazado de inmediato: un filme de tema poco atractivo, sin el morbo provocado por algún hecho polémico -como en su momento lo tuvo la Última tentación de Cristo de Scorsese-, subtitulada al inglés para su propio mercado -algo inconcebible- y, por si fuera poco, sin el gancho publicitario de alguna estrella de renombre que por lo menos asegurara la taquilla. Desventajas que para Gibson se convirtieron en una bendición.
Cuando la información de lo filmado comenzó a filtrarse, la característica que más llamó la atención fue su violencia, dejando estupefacto a más de uno. Pronto, las distribuidoras rechazaron el riesgo de hacerse de un producto tan peligroso desde el punto de vista mercadotécnico, temiendo un unánime rechazo, tanto de público como de la siempre poderosa jerarquía católica. Para su sorpresa resultó ser todo lo contrario, pues jamás previeron que La Pasión de Cristo se convertiría en la cinta de mayor éxito de los últimos años, dueña ya de cualquier récord de ingresos económicos.
Pronto los altos comisionados del Vaticano alabaron el punto de vista del director sobre el Mártir del Gólgota, pasando por alto la violencia que en ella se plasma, aduciendo que ese era, en realidad, la versión más cercana a su calvario. Vamos, que hasta en México el inefable Serrano Limón se encargó de recomendarla ampliamente.

La razón es simple; Gibson, de manera consciente o no -no está en nosotros juzgarlo-, ha revalidado y legitimado de forma más que efectiva en tan sólo dos horas de película, el discurso que el clero en poco más de dos mil años ha predicado: sufrimiento y sacrificio personal como vía de dignificación del ser humano. El martirologio como piedra angular sobre la cual está edificada la cosmogonía del mundo occidental y que, paulatinamente, ha perdido fuerza con el paso de los siglos y el desarrollo del positivismo tecno-científico.
Ahora bien ¿Qué es, en términos estrictamente cinematográficos, esta Pasión de Cristo? La respuesta es simple: una gran película. Mel Gibson refrenda un inusitado sentido visual de la puesta en escena y dominio del ritmo narrativo sacando provecho de una historia contada ya bastantes veces y que no aporta nada nuevo en el desarrollo de los hechos. Tal vez sea arriesgado decirlo, pero en esta cinta es la forma la que prevalece sobre el fondo. Pero ojo, es ahí donde encuentra su verdadera fuerza.
Narrar el hecho histórico-cultural-sincrético más conocido de este planeta de manera plana no hubiera tenido mayor gracia. Católicos o no lo conocen a la perfección y a muchos ya no las provoca la más mínima sensación. Era el tratamiento visual del que debía valerse para hacer saltar nuevamente los resortes sentimentales que todo ser humano lleva dentro: la piedad, el amor, la tristeza y sobre todo el dolor, creando una mezcla de ellos a cada escena, que se sintetizan finalmente en la estupefacción.

Partiendo de la noche en que Jesús es traicionado por Judas (Luca Lionello) Gibson da paso a una pequeña batalla en cámara lenta que advierte sobre el estilo que regirá la cinta. De esta forma, el uso de las modernas técnicas de efectos digitales brinda momentos excepcionales aun en escenas de aparente sencillez -las monedas que Caifás (Mattia Sbragia) lanza a Judas-. Sin embargo, decir que el mérito radica en meros tecnicismos -maravillosas fotografía y musicalización incluidas- también sería minimizarla, porque cada plano está perfectamente intencionado, de allí que un impresionante acercamiento a un doloroso ojo ensangrentado sea capaz de provocar llanto en el público.
Otro aspecto importante es el estupendo nivel de actuación que evoca no a los personajes mitificados por las Escrituras, sino a los hombres de carne y hueso que vivieron el momento. Así vemos a Jesús sonreír y jugar con su madre (Maia Morgenstern), a su vez vaciada de amor en su hijo. A un enloquecido Judas carcomido por los remordimientos; a María Magdalena eternamente agradecida. Poncio Pilatos (Hristo Naumov Shopov) debatiéndose entre los sentimientos personales y sus deberes políticos; al intolerante y despótico Caifás, que viendo en Jesús la amenaza de perder su poder secular, hace todo para lograr su muerte -rasgo que exaltó bastante a la comunidad judía, que ofendida, acusó a Gibson de antisemitismo-; a cada uno de los verdugos romanos cuya crueldad no conoce límites; e incluso, a Satán (Rosalinda Celentano), imagen perturbadora que es presentada justo en los momentos de mayor sufrimiento de Jesús, como testigo y síntesis de la perversión del ser humano.
Es justo de esa mezcla personalidades y sentimientos individuales de la que Gibson se vale para extraer lo más revulsivo del hombre: odio, morbo, violencia, intolerancia, crueldad y sarcasmo, para verterlo sobre el mayor de los iconos que representan la piedad y el amor a los semejantes, de una forma desgarradora y sin concesiones para el público. No es Satán, ni Judas, ni Pilatos o Caifás el responsable del sufrimiento de Jesucristo; es el hombre mismo que en su infinita ignorancia rechaza el amor universal por Él representado.

Que la película es exageradamente violenta es cierto, pero ello tiene justificación. ¿Cómo no iba a serlo en una época de la humanidad donde solamente la sangre del hombre puede saciar su propia sed? Por eso la falta de piedad al fustigar su cuerpo, el veneno escupido en cada palabra de los soldados al colocar la corona de espinas y cada martillazo al momento de la crucifixión.
Es allí donde mejor funciona la cinta, en la traslación de la brutalidad innata al género humano a un discurso plenamente tangible y de fácil reconocimiento para el espectador, donde cada maltrato recibido por el mártir es un golpe directo a la conciencia social. Mel Gibson, más allá de una simple representación del calvario de Cristo, lo que ha logrado es exponer al público de manera frontal y sin cortapisas a su propio lado oscuro, aquél que a diferencia de Jesús de Nazareth, no es capaz de perdonar. Por eso, al encenderse las luces al final de la proyección, es la tristeza y el remordimiento lo que explica el pesado silencio que invade la sala.
LA PASIÓN DE CRISTO
(The Passion of the Christ)
Dirección: Mel Gibson; Guión: Benedict Fitzgerald, Mel Gibson; Producción: Bruce Davey, Mel Gibson, Stephen McEveety; Fotografía: Caleb Deschanel; Música: John Debney; Edición: John Wright; Con: James Caviezel (Jesús de Nazareth), Monica Bellucci (María Magdalena), Maia Morgenstern (María), Mattia Sbragia (Caifás), Luca Lionello (Judas), Hristo Naumov Shopov (Poncio Pilatos), Rosalinda Celentano (Satanás), Fabio Sartor (Abenader)
Estados Unidos, 2003 – 127 min.
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