La Maldición de Frankenstein
Por: José Luis Ortega Torres
Para todos y cada uno de los cinéfagos que pululan por este cada vez más polucionado mundo, existe un nombre básico para comprender el desarrollo del cine de terror: Terence Fisher y con él, el auge de una casa productora que brindó durante la década de los años cincuenta grandes joyas de nuestro género predilecto, comparables a cualquier clásico de la cinematografía moderna, la británica Hammer Films.
Esta importante compañía británica tiene su origen en 1935 cuando el actor de variedades William Hinds -cuyo nombre artístico era William Hammer- funda un pequeña compañía independiente con el apoyo de Enrique Carreras, un exhibidor de origen español propietario de una cadena de cines; ambos fundan la Exclusive Films, a la cual se incorporarían James Carreras y Anthony Hinds, hijos de ambos socios. A partir de 1947 se expanden hacia el mercado de la producción, cambiando el nombre de la empresa por el definitivo de Hammer Films Production Limited y la incorporación de un nombre clave para su evolución: Michael Carreras, nieto de uno de los fundadores.
La primer cinta formalmente producida por la Hammer fue River Patrol (1948) y desde entonces privó en la compañía la política de producir filmes de bajo costo y con actores no muy conocidos que pudiesen ser rentables por su impacto popular. No tardaron en darse cuenta de que los filmes en los que el suspenso y la intriga eran la base principal resultaron ser los predilectos del público por lo que pronto se dedicaron a la manufactura de policiales, thrillers y filmes de suspense. Pero fue hasta 1955 cuando llegó el primer éxito grande para la productora con The Quatermass Experiment (Val Guest), iniciadora del nuevo ciclo de películas verdaderamente pertenecientes al género fantástico, a la que seguirían X The Unknown (Leslie Norman, 1956) y Quatermass II (Val Guest, 1957).
Aun con estos antecedentes, el verdadero reconocimiento mundial para la casa Hammer llegó en 1957, cuando emocionados por el éxito de Quatermass decidieron lanzar una nueva versión de Frankenstein titulada Curse Of Frankenstein, echando mano de lo más brillante de su repertorio artístico y técnico, siendo esa una de las principales fórmulas de su éxito: contar con un equipo sólido y homogéneo en sus conceptos y objetivos, dándole a cada película lo que hoy conocemos como el inconfundible sello Hammer.
El equipo, estaba conformado por Michael Carreras como el jefe del estudio Bray; Anthony Hinds en la producción; Roy Ashton, maquillaje; James Bernard, música; Les Bowie, efectos especiales; James Need, edición y Bernard Robinson como el encargado de crear con sus maravillosas escenografías los densos ambientes de imaginería gótica. Pero la columna vertebral del equipo estaba conformada por Jimmy Sangster, guionista de apenas 20 años, aficionado a la literatura gótica, cuyos guiones son una oda a la estética de lo macabro, a los que supo añadir dosis de violencia y sensualidad nunca antes mostradas en las pantallas británicas.
Jack Asher, como director de fotografía, un artista “… de una acusada personalidad y un gusto excelente, su firme convicción acerca del inmenso valor dramático del color y su renovado formalismo expresionista contribuyeron poderosamente a la creación del estilo gótico-romántico de la primera y mejor época Hammer”, según las palabras del crítico español Carlos Losilla.
Es aquí donde debemos hacer mención de la gran visión de la Hammer Films con respecto a todo el cine de terror realizado hasta entonces. Por fin se cumplía el sueño tan largamente acariciado de los cinéfagos de antaño: ver la sangre en su rojo natural, mucho más impactante en pantalla que los grisáceos manchones impersonales de los años treinta y cuarenta, logrando el shock inmediato con base en el technicolor, y con ello, el favor del público ávido de emociones fuertes.
Capitaneando el equipo, un ex marinero mercante que se inició en el ambiente del cine por casualidad como ayudante de edición, pero que con el paso del tiempo logró convertirse en director y que en los albores de los años cincuenta fue reclutado por Will Hammer gracias a su habilidad narrativa y de puesta en escena, su nombre, Terence Fisher, que entre muchos grandes logros, tuvo el atino de ver en dos sólidos actores de reparto -con escaso brillo profesional hasta entonces- a potenciales iconos del cine fantástico: Peter Cushing y Christopher Lee.
Peter Cushing fue elegido para interpretar el papel del Barón Víctor Frankenstein, en tanto que Christopher Lee encarnó al monstruo. A pesar de haber obtenido los derechos, la Universal prohibió la utilización del maquillaje original -el mítico rostro encarnado por Boris Karloff-, por lo que se resolvió que la nueva criatura se tendría que nutrir del original literario, logrando crear una patética figura proto humana que lograba fascinar al público con una mezcla de horror y compasión. Fisher decidió abordar desde una nueva perspectiva la leyenda del nuevo Prometeo, haciéndola más acorde al contexto de mediados de siglo, situándola mucho más allá de la lectura del desdoblamiento psicológico del Yo maligno del doctor.
Esta vez el monstruo es simplemente una obra fallida de la ciencia, un experimento erróneo que nada tiene que ver con la mentalidad de su creador, hombre proveniente de las altas esferas aristocráticas, por lo que sus experimentos más que un reto a Dios, son un desafío a la moral y buenas costumbres de la moral victoriana. Moral, que en cierta forma, se ha encargado de pasar por alto, pues su conducta da motivos para pensarlo así.
Terence Fisher se encarga de hacer multi dimensional a su personaje principal, que no es el monstruo, sino el científico, a quien otorga la capacidad de sentir pulsiones sexuales y le da la oportunidad de vivirlas sirviéndose del dominio social que ejerce sobre su sirvienta Justine, en tanto que pretende, por mera conveniencia económica, casarse con Elizabeth, a diferencia de la versión de James Whale para la Universal de los años treinta, donde el científico era poco más que una neurótica víctima en espera de un casto matrimonio románticamente bien avenido.
El director expone los amaneramientos caducos de una sociedad inglesa por demás anquilosada que intenta guardar las apariencias, aun cuando de sus entrañas broten monstruos como la criatura de Víctor Frankenstein, que paradójicamente, no son más que el reflejo de la propia mentalidad retorcida de un hombre perteneciente a la clase burguesa, cuya moralidad se pone en este filme en tela de juicio.
De esta forma el nuevo cine de terror propuesto por la vanguardista Hammer Films no es en ningún momento unidimensional. Primero logra crear una atmósfera sugerentemente gótica donde por vez primera en el género -con excepción tal vez de Jacques Tourneur- la sensualidad y el erotismo se funden con la perversión propia del horror, gracias también a personajes cuya principal motivación son sus propias pasiones, haciéndolos complejamente humanos en situaciones claramente propias del género fantástico, pero que dejan sentir una fuerte crítica a una moral cada vez más rancia.
FRANKENSTEIN / LA MALDICIÓN DE FRANKENSTEIN
(The Curse of Frankenstein)
Dirección: Terence Fisher; Guión: Jimmy Sangster, basado en la novela original de Mary W. Shelley; Producción: Anthony Hinds, Max Rosenberg; Fotografía: Jack Asher; Música: James Bernard; Edición: James Needs; Con: Peter Cushing (Baron Victor Frankenstein), Hazel Court (Elizabeth), Robert Urquhart (Paul Krempe), Christopher Lee (La Criatura), Valerie Gaunt (Justine), Paul Hardmuth (Profesor Bernstein)
Gran Bretaña, 1957, 82 min.
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