Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Amor sin barreras (West Side Story)

Cuando se habla de cine de arte por lo regular acuden a la mente de los cinéfagos imágenes en blanco y negro, largos planos secuencias y tiempos muertos. Close-up de actores mirando al infinito y más allá en clara mueca de atravesar dilemas existenciales y casi siempre nos quedamos con la impresión de que se trata de filmes lentos e introspectivos, cine contemplativo que se piensa es filmado exclusivamente en Europa o Asia, cuyos títulos impronunciables solamente son recordados por las huestes cinéfilas más sesudas, y que este tipo de cine es por completo ajeno a los márgenes de Hollywood. Cierto, pero sólo en parte.

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El cine de entretenimiento no tiene por qué ser menospreciado bajo ningún contexto. Grandes obras del séptimo arte -revaloradas en nuestros días-, han surgido precisamente de las fórmulas de reciclaje, cuyo principal objetivo no es la trascendencia artística per se, sino simplemente el de agradar al mayor público posible. Justamente de estas pretensiones surge una película musical que hoy por hoy debe ser considerada como uno de los mejores ejemplos de cine de arte en su más amplia acepción -porque aun en nuestros días existen mentes tan retrógradas que se empeñan en creer que el cine de arte es sólo aquél que ni ellos pueden entender, pero que ensalzan por mero compromiso snob-, reconocida ya como una obra fundamental del cine moderno. Se trata de West Side Story, conocida en México con el romantiquísimo y delicado nombre de Amor Sin Barreras.

El cine musical se supone ya había alcanzado sus más altas cimas de la mano de nombres míticos como el coreógrafo y realizador Busby Berkeley y el director Mark Sandrich durante la década de los treinta. En los cuarenta las mejores obras vinieron del talento de Vincente Minelli, mientras que los años cincuenta verían en Stanley Donen y Gene Kelly a sus máximos artífices. Aquellos años de esplendor del cine musical dejaban ver coreografías siempre impresionantes, fastuosos despliegues que poco caso hacían de una trama por lo regular simple y en ocasiones apenas hilvanada para el lucimiento de las verdaderas estrellas de la función: los números musicales.

Pronto las escuetas tramas y la saturación ad infinitum de cantos y bailes desplegados a la primer provocación llevó al cine musical a un hartazgo donde pocas películas ofrecían alguna novedad. Así, en medio de ese declive del cine musical aparece en el año de 1961 West Side Story, con un sólido guión de Ernst Lehman, impresionante música de Bernard Bernstein y Stephen Sondheim y dirección de Robert Wise y Jerome Robbins, responsable también del manejo de las coreografías.

Siendo un éxito probado en los teatros de Broadway, su traslación al cine se convirtió en todo un fenómeno. La historia, que es en realidad una puesta al día del clásico de Shakespeare Romeo y Julieta sirve también como pretexto para evidenciar dos problemas sociales que comenzaba a dar dolores de cabeza a las autoridades estadounidenses: el pandillerismo juvenil y los constantes problemas con las comunidades de inmigrantes. En medio de este mar de confusiones y riñas por el dominio del territorio de un barrio al oeste de Nueva York se desarrollará la historia de amor entre María, una hermosa joven recién llegada de Puerto Rico, y Tony, un yanqui ex miembro de la pandilla de los Jets, quien ahora ha decidido rehacer su vida fuera de las calles.

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Las familias de los Montesco y los Capuleto son sustituidas aquí por las pandillas de los Jets (neoyorquinos) y los Sharks (puertorriqueños) que por ningún motivo desean entablar otra relación que no sea la de los golpes, por lo que el amor entre Tony -el mejor líder que han tenido los Jets- y María -hermana de Bernardo, jefe del clan Shark- es poco menos que imposible. Aun así ambos habrán de entablar una lucha personal en contra de los prejuicios étnicos.

La solidez del guión -basada perfectamente en esa lucha de contrarios- encuentra su equivalente exacto en la pantalla de la mano de Robbins, creador de una serie de coreografías majestuosas que van más allá del espectáculo caleidoscópico, es decir, cada uno de los movimientos es una puesta en escena de una pelea, cada baile maneja una pulsión de violencia que se desarrolla in crescendo, desde la secuencia inicial de la cinta -la presentación de los miembros de ambas pandillas caminando/bailando/luchando a lo largo del territorio que pretenden dominar- hasta la violenta cita bajo de un puente, donde Bernardo, Tony y Riff, su mejor amigo, se encuentran en una danza de furia y muerte.

Pero también la adecuada planificación de los encuadres es una muestra de que Robert Wise estuvo a la altura para dar a la cinta el equilibrio perfecto, pues más allá de los números musicales también las escenas de poderosos diálogos, la mayoría de ellos de una carga dramática pocas veces vista en el género, hacen que la tensión dramática avance de manera fluida hacia un clímax donde los celos, la mentira y la confusión se conjunten en un desenlace abrumador, impactante y melancólico.

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Sin embargo, esta es una historia de amor, y como tal alcanza algunas de las mejores escenas del género, sobrepasando el mero ámbito de la comedia musical. Ahí está ese bello juego de plano/contraplano que Wise utiliza para enfrentar por vez primera a María y Tony en una fiesta: ellos nítidamente enfocados al centro del encuadre, mientras a su alrededor todo se desarrolla fuera de foco. Una expresión onírica donde sólo ellos dos importan y su amor es lo único verdadero, más allá de cualquier rencor de sus respectivas “familias”.

Amor que irá creciendo con una fuerza natural y libre que no es comprendida, pero que ellos se esmeran en mantener con una pureza memorable. Allí quedan como ejemplo magníficas secuencias como el sueño de su boda en medio de los maniquíes de la boutique donde trabaja María, escena que finaliza con un contrapicado majestuoso de ellos dos arrodillados repitiendo una a una las palabras de su supuesto enlace matrimonial; o bien el diálogo que sostienen cuando Tony ingresa al cuarto de María, después del desenlace trágico de la pelea debajo del puente que no pudo detener.

West Side Story es, sin duda, una obra de arte redonda en todos los sentidos, poderosa como historia romántica y poderosa también como obra musical, aderezada por uno de los scores más recordados de la historia del cine (canciones ya clásicas como María, America, Somewhere o Tonight) y que ya es considerada como la tercer película romántica más importante de todos los tiempos -la primera es Casablanca y la segunda Lo Que El viento Se Llevó-, según el Instituto Norteamericano de Cine y ganadora en su momento de diez premios Oscar, cuando estos todavía tenían bastante credibilidad.

AMOR SIN BARRERAS
(West Side Story)
Dirección: Robert Wise, Jerome Robbins; Guión: Ernest Lehman, Jerome Robbins, basado en la obra teatral homónima de Arthur Laurents; Producción: Robert Wise; Fotografía: Daniel L. Fapp; Música: Leonard Bernstein, Saul Chaplin; Edición: Thomas Stanford; Elenco: Natalie Wood (María), Richard Beymer (Tony), Russ Tamblyn (Riff), Rita Moreno (Anita), George Chakiris (Bernardo), Simon Oakland (teniente Schrank), William Bramley (oficial Krupke), Tucker Smith (Ice), Tony Mordente (Action), José De Vega (Chino), Gina Trikonis (Graziella), Carole D’Andrea (Velma)
Estados Unidos, 1961, 151 min.
Participaciones: Premios Óscar a Mejor Película, Dirección, Actor de Reparto (G. Chakiris), Actriz de Reparto (R. Moreno), Dirección de Arte, Fotografía, Diseño de Vestuario, Edición, Música y Sonido. Academia de Ciencias y Artes Cinematográficas de Hollywood, Estados Unidos, 1962; Premios Globo de Oro a Mejor Película Musical, Actor de Reparto (G. Chakiris) y Actriz de Reparto (R. Moreno), Estados Unidos, 1962; Premio Grammy a Mejor Sound Track para cine o televisión, Estados Unidos, 1962.

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