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Masoquismo en el Cine (primera parte)

Por: Francisco J. Campa

La paternidad de la palabra masoquismo cabe atribuirla al estudioso de la mente Krafft-Ebing, que la utiliza por primera vez en 1869, en su celebérrimo volumen Psychopatia Sexualis, para designar una “perversión” que se caracteriza en quien la manifiesta por la búsqueda voluntaria de una sumisión a otra persona, que sea a la vez humillante y dolorosa. El término se refiere a las obras, muy de moda en ese momento, del escritor Leopold von Sacher-Masoch, cuyas ficciones, tanto como su propia vida, ilustran perfectamente la perversión a la que ha dado nombre.

Leopold von Sacher-Masoch nació en 1835, en Lember, en la Galizia entonces perteneciente al Imperio Austrohúngaro. Descendiente de una familia de la pequeña nobleza austriaca, en su sangre se encuentran raíces eslavas, bohemias y españolas. Sus abuelos habían sido funcionarios imperiales, y su padre el jefe de la policía de Lemberg. Desde muy pequeño, la salud de Leopold es muy frágil, por lo que es confiado a los cuidados de una nodriza, a cuyo lado permanecerá hasta muy crecido y que, en sus escritos, es descrita como una mujer muy bella y majestuosa.

Tanta parece haber sido la influencia de esta robusta gobernanta sobre el débil niño, que muchos de los estudiosos de su obra no han dudado en atribuirle a ella el nacimiento de los fantasmas que marcarán la vida entera de Masoch. Aunque también hay otros hechos, externos, que influirán en la vida del muchacho en formación: cuando sólo tiene diez años estalla la revuelta de los ruthenos contra los polacos, y tiene trece cuando en Praga es testigo de la revolución de 1848. Los actos de violencia a los que asiste en estas algaradas y la crueldad de la represión posterior lo marcan profundamente. Durante toda su vida darán lugar, por un lado, a sus fantasías sexuales de sumisión, y por otro, a un interés militante por los problemas de las minorías nacionalistas y de los movimientos revolucionarios dentro del imperio.

Pero, sin duda, el acontecimiento que más marcaría su infancia y que también aparece descrito en su obra, es cuando puede asistir a una extraña escena de la intimidad de su tía, la bella condesa Zenobia. Leopold niño está escondido, como acostumbraba, tras de un mueble en la alcoba de sus tíos ya atestigua cuando el conde sorprende a su mujer en flagrante delito de adulterio. Pero, en lugar de dejarse llevar por el terror, la dominante dama toma una fusta de montar y con ella fustiga a su esposo, que es quien acaba suplicando perdón.

Pero dejemos que sea el propio Masoch quien nos cuente, en un extracto de su obra Cosas Vividas, el impacto que tuvo en él tal escena despiadada en su infancia:
“…Este acontecimiento quedó grabado en mi alma como con un hierro al rojo vivo. En ese momento yo no comprendía como aquella mujer, siempre envuelta en voluptuosas pieles, podía traicionar a su marido y maltratarlo a continuación; pero yo amaba y odiaba, al mismo tiempo, a aquel ser que, por su fuerza y belleza brutales, parecía creado para poner, insolentemente, su pie sobre la nuca de la humanidad entera.”.

Hay que hacer notar que Leopold tenía una auténtica adoración por esa hermosa y dominante tía. Así, el mismo día que ha contemplado la escena de la alcoba; el pequeño, al momento que arrodillado calza los pies de la condesa con unas pantuflas -tarea que acostumbra hacer- no puede evitar el dejarse llevar y depositar un “ardiente beso” en una de esas zapatillas bordadas en oro -recurso/fetiche muy utilizado actualmente en el cine porno-. También es clara su admiración por la condesa Zenobia en los admirados términos que emplea para describirla: Bella y real, adjetivos, por otra parte, muy parecidos a los que también emplea para describir a su primer amor, su nodriza y gobernanta.

Tras su infancia, Masoch hará sus estudios en Graz en donde enseguida destaca y, aun muy joven, es nombrado profesor adjunto de historia. Son sus estudios en esta materia los que le inspiraran la primera de sus novelas: El Último Rey de los Magiares. Ya en ella, las mujeres protagonistas son presentadas como seres enérgicos, altaneros, crueles y autoritarios, mientras que los hombres, por el contrario, son débiles, pusilánimes y desprovistos de voluntad.

La fama literaria le llega enseguida y alguna de sus primeras obras, como La Mujer Divorciada, o El Relato Erótico de un Idealista, atraviesan las fronteras del imperio y llegan a conocer el éxito en los lejanos Estados Unidos. Tanta llegó a ser su fama, que hizo un viaje a París en 1866, para ser condecorado por las autoridades francesas, siendo muy festejado por la prensa del momento. Con esta fama y vista la temática de buena parte de su obra, parece normal que Krafft-Ebing utilizase su apellido para designar con él la perversión que tan bien conocemos.

Porque lo que está claro es que, en su vida privada, Sacher-Masoch fue un auténtico masoquista. ¿Qué otro apelativo podría recibir quien gusta de obtener su satisfacción sexual a base de ser perseguido por mujeres, como si fuera un bandido, o un oso acosado que ama disfrazarse de criado para ser humillado por una Ama cruel; que goza siendo atado para sufrir las humillaciones, castigos e incluso auténticas torturas de una mujer opulenta, calzada con botas y cubierta por suntuosas pieles, armada con una fusta o un látigo en la mano?

Su primera aventura amorosa, masoquista naturalmente, tiene lugar con Anna von Kottowitz, una mujer apasionada, varios años mayor que él, en la que se inspirara para escribir su obra La Mujer Divorciada. Otra aventura de este tipo es con Fanny von Pistor, y da como resultado literario la que posiblemente sea la más célebre de sus obras, La Venus de las Pieles.

Confundiendo literatura con realidad, Leopold intentará llevar a cabo lo que narra en La Venus de las Pieles: la sumisión total de un hombre a una mujer bella y autoritaria, con Aurora Rumelin, quien conociendo las tendencias sexuales del insigne escritor, primero lo excita con cartas en las que adopta una personalidad dominante y luego, adoptando el seudónimo de Wanda von Dunajev, el nombre de la protagonista de la citada novela, se casa con Sacher-Masoch en 1873. Fanny, o Wanda, va a ser la compañera ideal del escritor: a la vez dócil a sus gustos, exigente y perversa, acepta el rol de Ama y soberana que se empeña en imponerle su marido.

Así, Fanny acaba por romper todos los lazos que la unían a su familia y consagra buena parte de su existencia a satisfacer las perversiones de su famoso marido. Así, por ejemplo, aunque en principio le repugna la sola idea, finalmente acepta reproducir otra de las escenas de La Venus de las Pieles, introduciendo en su vida a otro hombre para serle infiel a su esposo y, satisfaciendo el perverso deseo de Masoch, lleva a la vida una escena del libro: deja que Leopold asista, desde detrás de la puerta de su propia alcoba, a los escarceos amorosos de su mujer con ese amante que él mismo le ha buscado, para luego verse injuriado y golpeado por los adúlteros.

Es, ya se habrán dado cuenta, una repetición de la escena vista en su infancia en la alcoba de su tía, la condesa Zenobia, aquel episodio sadomasoquista que lo marcó de tal modo, que le hizo dedicar toda su vida al dolor que da placer, e incluso a prestar su apellido para denominar tal perversión.

La curiosa unión entre estos dos personajes, Sacher-Masoch y Wanda, fue descrita muy explícitamente por ella misma en un libro titulado Confesiones de Mi Vida, una vida que terminó en 1886, durante el viaje a París de su esposo. Viudo de la que fue su musa, ama y señora, el escritor contrae segundas nupcias al año siguiente con la gobernanta de sus hijos, Hilda Meister, con quien tendrá, hasta su propia muerte en 1895, relaciones “honorables”, alejadas por completo de las locuras masoquistas realizadas con su anterior mujer.

Tras su muerte, su considerable obra literaria compuesta por varios centenares de cuentos y novelas, iba a caer en un inmerecido olvido, del que sólo se ha salvado, si acaso, su novela La Venus de las Pieles, reeditada de vez en cuando y llevada ocasionalmente a escena y a la pantalla grande, al igual que su propia y curiosa vida. Leopold Sacher-Masoch es el primer y mejor ejemplo que pueda citarse de lo que es ser un masoquista.

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