Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Vidocq

Por José Luis Ortega Torres

vidocq01Hablar de cine fantástico francés resulta peculiarmente difícil para los cinéfagos mexicanos debido a su escasez en nuestras pantallas. El cine galo que llega a proyectarse responde a los parámetros clásicos de su cinematografía, principalmente aquellos centrados en el amour fou o en las relaciones de parejas nihilistas desencantadas en los albores del nuevo siglo.

Aun así, haciendo memoria, podemos encontrar que durante el 2002 llegaron a las pantallas comerciales de nuestro país tres ejemplos del nuevo fantástico francés: En lo Profundo del Bosque, (Promenons-nous dans les bois, 2000), filme de terror adolescente -que echa mano de varios clichés propios de la serie B estadounidense- firmado por Lionel Delplanque y que retoma libremente el cuento de Caperucita Roja. Amélie (Le fabuleux destin d’Amélie Poulain, 2001) maravilloso cuento de hadas de Jean-Pierre Jeunet, que sin pertenecer estrictamente del género, tiene como principal virtud pintar al mundo color rosa por la mano de una graciosa jovencita. Last but not least, Pacto con Lobos (Le pacte de loups, 2001), segundo largometraje de Christophe Gans que se eleva como una conjunción de cine de terror, intriga política, misticismo y acción hongkonesa; elementos que al funcionar con precisión milimétrica hacen de ésta una de las más importantes películas del cine fantástico -no sólo francés- de los últimos años.

Un paso más atrás en el tiempo, durante la década de los noventa, dos nombres propios hicieron que las miradas más diversas se volvieran hacia el olvidado género en Francia: el propio Jeunet acompañado de Marc Caro entregaban en 1991 Delicatessen y en 1995 La ciudad de los niños perdidos (La cité des enfants perdus). En ambas películas, un joven técnico de efectos especiales conocido como Pitof, hizo que su trabajo se colocara como uno de los más importantes dentro de la cinematografía francesa. Después de su paso técnico por algunas otras producciones, llegó en el 2000 la oportunidad para debutar en la dirección con un proyecto sumamente ambicioso y atractivo: Vidocq.

Enmarcada en el contexto de un París convulsionado por la inminente Revolución, nos es contada una historia ficticia sobre un personaje real: Eugéne François Vidocq. Criminal reformado tras de su estancia en la cárcel, Vidocq llegaría a convertirse en uno de los inspectores de policía y detective privado, más reputados de Francia durante el primer tercio del siglo XIX por la lucha sin cuartel emprendida en contra de su ex colegas.

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El director debutante desarrolló un interesante proyecto donde contó con Marc Caro para el diseño gráfico de los personajes, pero que desgraciadamente no logró explotar adecuadamente. A lo largo de sus 100 minutos de duración podemos observar un despliegue visual sin precedentes en el cine fantástico francés -y en general en todo el cine galo-, muestra indudable del verdadero origen de Pitof: los efectos especiales y el videoclip. Tal vez de esa formación profesional parte el hecho de que para potenciar el impacto de la imagen en su opera prima, sacrifique el verdadero contenido del filme: la historia. Pitof ha estado más preocupado por la forma que por el fondo y así se deja ver desde el arranque mismo de la película.

1830. Un hombre corpulento se interna por los oscuros pasillos de una fabrica de vidrio hasta llegar a las mazmorras, donde un amenazante pozo de fuego le corta el paso. Se trata de Vidocq, quien ha seguido hasta allí la pista de su último caso, donde se enfrenta a un misterioso ser de larga túnica y una máscara de espejo como único rostro. Al pie del pozo ambas figuras se enfrentan en una espectacular pelea -con el estilo puesto de moda por el cine de acción de Hong Kong- donde el investigador cae a orillas del pozo. Antes de morir pide ver el rostro de su verdugo y una vez cumplido su deseo cae a las llamas. Vidocq ha muerto y así lo gritan los vendedores de periódicos en medio de los derruidos callejones parisinos en una eterna noche que sólo presagia desgracias y donde el mal parece acechar a cada momento.

Esa primer escena de lucha a pesar de ser espectacular en su conjunto, se siente fallida al estar constantemente interrumpida por bruscos insertos de close ups y planos detalles del rostro de Vidocq y del hombre de la máscara, fotografiados por medio de lentes angulares que deforman la imagen, tal vez con motivo de lograr una estética cercana al cómic, pero que le resta fluidez a la acción. Pero el uso -y abuso- en la utilización de esos recursos se extiende a lo largo de toda la cinta, incluso en escenas de transición donde la sobriedad hubiera sido mucho más de agradecer. De esa forma se le permitiría al público apreciar en todo su esplendor el despliegue tecnológico sólo en las escenas álgidas del filme. En pocas palabras, al no estar debidamente dosificados esos medios técnicos y de puesta en escena, resultan desperdiciados.

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Así lo podemos observar en la siguiente secuencia, donde hace su aparición el segundo personaje en importancia, el joven periodista Etienne Boisset, que se dice biógrafo oficial de Vidocq ante Nimier, ex socio del fallecido. El encuentro tiene lugar en el despacho de los investigadores y se trata de la escena que da pie a un largo flashback por el que conoceremos como se inicia la aventura del detective. Pitof decide fotografiarla por medio de planos picados y lentes angulares, que aunados a un descriptivo travelling lateral llegan a molestar, pero que dan a la escena un aire fantástico por completo irreal, que evita al espectador involucrarse de lleno con la trama. Ese es quizá el mayor defecto de la cinta, pues aun siendo un filme de género fantástico, debe de involucrarse al espectador en la situación, permitiéndole pensar y sentir que lo visto en pantalla es real, por lo menos durante el tiempo que dure la proyección. Aquí, esos factores tecnológicos impiden el proceso de identificación.

Sin embargo, esto no quiere decir que nos encontramos ante un filme del todo malo, pues si bien la excesiva carga de información visual no se logra apreciar al cien por ciento, existen detalles ampliamente logrados, sobre todo en la creación de los personajes, principiando por el propio Vidocq, encarnado por el siempre sobresaliente Gérard Depardieu, que en unos cuantos trazos perfila el carácter y espíritu del hombre de avanzada inteligencia para los estándares del siglo XIX.

Vidocq establece como bases para su trabajo los procedimientos científicos. Para él todo es consecuencia lógica de los actos. Es un científico positivista, aun cuando sus raíces provengan del crimen, y como el ex criminal que es, logra situar su pensamiento un paso delante de los demás, en especial de la incompetente guardia policiaca.

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Para darnos cuenta del comportamiento del personaje principal, muerto en la primer secuencia, el director recurre a estructurar el desarrollo de la anécdota por medio de dos historias en distintos momentos temporales, pero en un mismo espacio. Primero lo que acontece en el presente a raíz de la muerte del investigador y las indagaciones que el joven Etienne emprende con el fin de descubrir al asesino. Segundo, en pretérito, la pesquisa de Vidocq sobre el asesinato de tres importantes personajes masculinos de la escena francesa, muertos por un rayo en aparente castigo divino.

Los decesos aparentemente inexplicables son obra de un extraño ser con máscara de espejo llamado El alquimista, del que se dice es una especie de fantasma que ronda por el distrito parisino. Ciencia contra superchería, Vidocq contra El alquimista. El agudo investigador no está por completo convencido de que se trate de un ser del más allá, y bastante representativas de su sentido racionalista, son las escenas dedicadas a sus experimentos, por medio de los cuales descubre que los asesinatos de los tres caballeros fueron obra de un complot, donde su contacto y amante ocasional, la bellísima Préah ha estado involucrada, aunque sin saberlo.

Préah, en tanto haber sido una de las personas más cercanas al detective, se convierte en uno de los eslabones entre su pasado y el presente, jugando el papel de contacto de Etienne, siendo ella la primer persona en darle pistas concretas al reportero. Hay que reconocer que Pitof logra una transición de los dos distintos tiempos cinematográficos de una forma sutil y hasta elegante, utilizando objetos inmiscuidos en ambas partes de la historia -como unas peinetas de Préah- enmarcándolos dentro de un plano fijo y cambiando todo su entorno, llevándonos por medio de esos pequeños leit motiv de una a otra de las secuencias.

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Pero para ser justos, hemos de decir que esos detalles no pasan de ser eso, destellos acertados dentro de una cinta, que si bien es cierto, no llega al naufragio, tampoco se salva de duros embates. La historia, potencialmente rica sobre todo por el enfrentamiento de esas dos fuerzas antagónicas -entendidas como razón vs. superchería- avanza demasiado confusa en ocasiones, pues la soltura del discurso queda supeditada al desarrollo de la imagen, tan falsamente elaborada que a momentos llega a resultar chocante. Bastaría con observar varios de los extraños encuadres, ciertamente llamativos, pero de facto inútiles: las exageradas tomas de cámaras emplazadas en cenit utilizadas ad nauseam, o las vistas subjetivas de ¿los cascos de los caballos? corriendo a toda velocidad sobre caminos empedrados, eso sí, nuevamente fotografiadas por lentes deformadores.

También es justo señalar que Vidocq se ha ganado un sitio para la posteridad dentro de la historia del cine, por lo menos francés, pues ha sido la primer película rodada de forma íntegra con tecnología de cámaras de video numérico, lo que eleva aun más la definición de la imagen, sobre todo en lo relativo al color, permitiendo además nuevas experimentaciones en el uso del encuadre, trabajos sumamente retocados en el proceso de postproducción, realizada por medio de nuevas plataformas informáticas. La cinta ha rendido frutos logrando obtener merecidos reconocimientos por sus logros visuales -galardones que no significan mucho en cuanto a su valor intrínseco como filme- por parte de diversos festivales de cine especializados en el género fantástico.

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Profesionalmente, Pitof a conseguido que con el despliegue visual de su ópera prima le sean abiertas nuevamente las puertas de Hollywood, por vez primera como realizador -antes fue el encargado de los efectos especiales y digitales y director de la segunda unidad de Alien Resurrection, aventura américaine de su coterráneo Jean-Pierre Jeunet- vía uno de los nuevos proyectos basado en clásicos de los cómics gringos: Catwoman o Gatúbela, para los de acá. Esperemos que para el desarrollo de un personaje tan completo como lo es el de la némesis sexual de Batman, Pitof logre poner mayor atención en la historia como verdadero punto medular de la cinta y no se pierda en un brillante juego visual que no pasa de ser un ramo de fugaces fuegos artificiales.

VIDOCQ

Dirección: Pitof; Guión: Jean-Christoph Grangé y Pitof; Producción: Adam Fields, Nancy Juvonen y Sean McKittrick; Fotografía: Jean-Claude Thibault y Jean-Pierre Sauvaire; Música: Bruno Coulais; Edición: Thierry Hoss; Elenco: Gérard Depardieu (Vidocq). Guillaume Canet (Etienne Boisset); Inés Sastre (Préah); Moussa Maaskri (Nimier), André Dussollier (Lautrennes)

Francia, 2003  -  100 min.

Premios y Participaciones: Festival Internacional de Cine de Cataluña Sitges, 2001 (Premios a mejor película, maquillaje, música, efectos visuales y Premio Ciudadano Kane al mejor director revelación); Festival Internacional de Cine Fantástico Fantasporto 2002 (Gran Premio Europeo de Plata de Cine Fantástico y Premio a mejores efectos especiales); Festival Internacional de Cine Fantástico de Bruselas 2002

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