Por: Eduardo Villagrán

El oficio de adaptar novelas para una película siempre es una labor exigente y pocas veces bien logrado, situación no ajena para el cine nacional que durante toda su historia le ha costado grandes dolores de cabeza a sus guionistas y directores. Pero afortunadamente las excepciones siempre existen, para beneplácito del arte y el espectador. Pocos realizadores mexicanos se interesaron por recrear un momento histórico sin pretensiones oficialistas, sin exaltaciones individuales y sobre todo sin compromisos con el Estado, Fernando de Fuentes fue uno de ellos e inició lo que sería el preámbulo de una industrialización cinematográfica con su cinta ¡Vámonos con Pancho Villa!, homónimo de la novela de Rafael F. Muñoz.

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En 1935 la administración del general Lázaro Cárdenas se vio alentada por producciones como El Compadre Mendoza (Fernando De Fuentes), Janitzio (Carlos Navarro), Redes (Emilio Gómez Muriel y Fred Zinnermann), Dos Monjes (Juan Bustillo Oro), las cuales sirvieron como motivación para financiar una propia, al mismo tiempo se creó Cinematográfica Latino Americana S.A (CLASA) debutando como productora de ¡Vámonos con Pancho Villa!. Según el artículo de Salvador Elizondo en Nuevo Cine, No. 2, México, 1961 que dice lo siguiente: “Se sabe que ¡Vámonos con Pancho Villa! es la primera superproducción mexicana, tuvo el costo (exorbitante en la época) de un millón de pesos, lo cual provocó la quiebra de CLASA; incorporó a la industria nacional procedimientos técnicos como la sonorización sincrónica, el empleo de cámaras Mitchell y el revelado con base en la curva gamma; Además, el Gobierno de la República facilitó trenes, comparsas del ejército y pertrechos militares”.

Estos datos se reflejan en el film, travelling de locomotoras, arsenal en abundancia, ejército real y batallas con tintes de veracidad que por momentos pareciera un documental revolucionario. Sin embargo, todo esto no significa nada sin el manejo eficaz de su director, quien junto a Xavier Villaurrutia lograron proyectar la figura del Centauro del Norte como un ser cruel, indiferente ante cualquier situación comprometida de sus subordinados, preocupado sólo por la posesión y conquista de tierras para repartir a granel, sólo él y su Revolución. Retomado de la primera parte de la novela de Rafael F. Muñoz, ¡Vámonos con Pancho Villa! proyecta la visión introspectiva del movimiento armado, los sucesos humanos que se viven en ella, hechos dramáticos, sin llegar al tremendismo o la truculencia. Reflejan las consecuencias que sufrirán sus protagonistas con tal de combatir junto a uno de sus más admirados líderes que en apariencia es la imagen de la justicia y el heroísmo.

Los Leones de San Pablo como se les apoda a Tiburcio Maya (Antonio R. Frausto), Melitón Botello, Miguel Ángel del Toro, Martín Espinosa y los hermanos Máximo y Rodrígo Perea deciden unirse a la causa villista, aunque sin conocimiento político-social alguno, “la bola” es capaz de convencer al menos interesado. Pancho Villa (Domingo Soler) los acepta en sus tropas y de inmediato las secuencias de combate no se hacen esperar, campos de batalla llenos de soldados muertos, fuego incesante que se confunde con el terregal y los rebeldes avanzan en su objetivo. Una de las secuencias memorables es cuando los militares logran repeler el ataque villista con una ametralladora, Pancho Villa molesto cuestiona la valentía de Los Leones de San Pablo, por lo que Máximo Perea decide cabalgar y cual jinete avanza en medio del tiroteo laza el arma arrastrándola a territorio propio y haciendo tremendo esfuerzo por llevarla cargando y entregarla a su general diciendo: “Aquí está mi general”. Villa sonríe, felicita a Perea y da el grito de ataque; de la boca de Máximo emana sangre y cae muerto sobre la ametralladora que lo sostiene y balancea.

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De Fuentes logra emplear una narrativa sencilla, resolviendo todo tipo de vicisitudes que se le van presentando, en el argumento la muerte de cada uno de los Leones de San Pablo se va justificando de manera convincente, de ser seis elementos, sólo tres logran salir adelante y recibir como gratificación la honorable condecoración de “Los Dorados de Villa”, escoltas del Centauro del Norte. El uso de gags no rompe el ritmo en la misma, los constantes cambios de tono en la cinta permiten que el drama vaya en ascenso. Las cortinillas empleadas generan una dinámica agradable para el público.

Por otro lado la parte estética luce en todo momento, los ferrocarriles generan ese ambiente guerrillero, es ahí donde vemos que surge la misma Revolución, pues están llenos de maíz para repartir, son los vehículos que transportan a la guarnición y donde se viven calamidades, también no pierde detalle en lo ambiental y humano, las soldaderas tortean la masa para las tortillas, carros llenos de parque, hasta una apuesta en la cantina que le cuesta la vida a Melitón Botello no sin antes aclarar que la valentía es una virtud. Pero su realizador es incisivo con el cuadillo revolucionario, ya que después de exhibir su imagen protectora y convencional y ruda, no vacilará en exponerlo temeroso e inhumano.

Si bien ¡Vámonos con Pancho Villa! fue un rotundo fracaso taquillero en su momento, dicho filme pasaría a la historia por un hecho que hasta la fecha sigue siendo el talón de Aquiles en el cine nacional: la censura gubernamental. En apariencia se sospecha que De Fuentes se autocensuró en la parte final de la cinta o quizás no quiso comprometerse más con la visión crítica hacia el héroe revolucionario.

Originalmente el Becerrillo (Miguel ángel del Toro), enferma de viruela y existe el peligro de contagiar a la tropa que viajará para la toma de Zacatecas, por lo tanto Pancho Villa ordena que sus dos guardaespaldas se queden en un vagón y esperen nuevas órdenes, sin embargo, el doctor del regimiento exige que sean quemadas las ropas y demás objetos de pertenencia del enfermo, incluso a él mismo para evitar futuras epidemias; ante la mirada atónita de Tiburcio, los subordinados de Villa le exigen que ejecute tal acción sin cuestionamiento alguno.

Villa llega al lugar de los hechos y es informado de la situación, no sin antes advertirle a Tiburcio que no se le acerque, pues el temor de la viruela lo invade, se retiran de regreso al ferrocarril. El último Dorado de Villa dice: “Está bien, aquí se acabó”, toma su rifle y se desvanece en su andar por las vías del tren: FIN. Casi cincuenta años después de su realización se descubrió otro final de ¡Vámonos con Pancho Villa! donde vemos un fade out que anuncia el paso de diez años, ahora Francisco Villa está debilitado y Tiburcio Maya vive en el rancho con su familia y dedicado al cultivo de la tierra enalteciendo el nombre de su héroe delante de su hijo; En ese momento lo ve llegar con otros acompañantes, Villa le dice que viene por él, que se le una nuevamente, pero Tiburcio le da una negativa argumentando que hora ya no es lo mismo, así que lo invita a pasar a su casa para que almuerce y de paso conocer a su familia, el verdadero motivo por el cual no seguirá en la lucha armada. Tiburcio sale a buscar a Encarnación (acompañante de Villa) y se escuchan disparos, Villa ha matado a la esposa e hija de Tiburcio eliminando así cualquier impedimento para seguir combatiendo, entonces Tiburcio con su rifle encañona a Villa envuelto entre odio y desesperación para detonar, pero cae al suelo después de haber recibido en la espalda las balas del general Fierro.

Villa le grita molesto a su guardaespaldas: “Imbécil, él nunca me hubiera disparado”. A un lado del cadáver de Tiburcio su hijo Pedrito llora desconsolado y le confiesa al general prepotente: “Ahora ya no podemos irnos con Pancho Villa”; sonriente de satisfacción, el Centauro del Norte le responde: “Pues vente con nosotros, vámonos con Pancho Villa” y cabalgan juntos con nuevos bríos: FIN.

Sin duda ¡Vámonos con Pancho Villa! desvirtúa toda versión oficialista y pretensiosa, una obra que genera polémica después de 68 años de haber sido filmada. En la historia del cine mexicano no se volvería a repetir una historia tan desgarradora, que pone el dedo en la yaga y sobre todo con un análisis profundo en el tema de la Revolución Mexicana. ¡Vámonos con Pancho Villa! no se compara con versiones folklóricas de otros directores que abordaron el tema de la rebelión campesina, tales como Emilio Fernández, José Bolaños, Felipe Cazals, Chano Urueta o el mismo Ismael Rodríguez quien acostumbrado a sus trilogías, no tuvo argumentos suficientes para descifrar el mito de Francisco Villa. Fernando de Fuentes logra hacer de lo épico, lo antiépico del cine.

El CONACULTA volvió a sacar a la venta una vieja edición del VHS de ¡Vámonos con Pancho Villa!, al parecer una edición limitada que se puede encontrar en una librería conocida que lleva por nombre el de otro líder revolucionario originario de la India.

VÁMONOS CON PANCHO VILLA
Dirección: Fernando de Fuentes; Guión: Fernando de Fuentes y Xavier Villaurrutia, basado en la novela homónima de Rafael F. Muñoz; Productor: Alberto J. Pani, CLASA Films Mundiales; Fotografía: Jack Draper; Música: Silvestre Revueltas; Edición: José Noriega; Elenco: Antonio R. Frausto (Tiburcio Maya), Domingo Soler (Pancho Villa), Manuel Tamés (Melitón Botello), Ramón Vallarino (Miguel Ángel del Toro), Carlos López Chaflán (Rodrigo Perea), Raúl de Anda (Máximo Perea), Rafael F. Muñoz (Martín Espinosa), Alfonso Sánchez Tello (General Fierro), Paco Martínez (general huertista), Dolores Camarillo (Lupe, esposa de Tiburcio)
México, 1935, 92 min.