Un Gran Ladrón
Neil Jordan, el director irlandés de The Crying Game en los últimos años ha estado atrapado en ese limbo que está reservado para aquellos cineastas, actores, músicos, novelistas, etc. que logran un gran éxito y luego no pueden repetirlo. En el caso de Jordan, la película que filmó a continuación fue muy publicitada por tratarse de la adaptación de un bestseller y por estar estelarizada por Tom Cruise y Brad Pitt. Sin embargo, después de Entrevista con el Vampiro el irlandés realizó varias películas que pasaron sin pena ni gloria por los cines y la memoria del público: Michael Collins (1996), The Butcher Boy (1997), In Dreams (1999) y Not I (2000). Son títulos que tal vez sean conocidos para aquel sector de la población que registra obsesivamente las altas y bajas de los directores de cine, como si de la bolsa de valores se tratara, pero que para el resto del mundo no significan nada. Es más, para el espectador común y corriente, el que va de vez en cuando al cine con la única intención de divertirse, el encontrarse con un cartel que anuncia una película “dirigida por Neil Jordan” tal vez lo lleve a hacerse la nada halagadora pregunta “¿qué no se había muerto?”, suponiendo que dicha persona relacione el nombre con aquel Juego de Lágrimas que en su momento ganara múltiples premios.
Su más reciente cinta, Un Gran Ladrón, probablemente no sea suficiente para volver a colocarlo en los cuernos de la luna, pero esto no quiere decir que se trate de una obra prescindible. Aun si no saca a Jordan del estado de no-fama (decir no-vida sería exagerado) en el que se encuentra, se puede considerar una película que bien vale el precio del boleto y que representa una opción para los que estén interesados en ver un thriller sin ser bombardeados por incesantes close-ups del galán de moda, una banda sonora estruendosa confeccionada con nü metal y hip-hop aunque no vengan al caso y efectos especiales incluidos con el único fin de justificar un presupuesto millonario.
Por fortuna la relación entre The Good Thief (olvidemos el título en español, que hace a un lado las referencias bíblicas del original) y Hollywood es tenue. Se limita a la participación -en el papel protagónico, eso sí- de Nick Nolte, ese rebelde que ha consumido más alcohol y drogas que todos los demás actores de su generación juntos y que ha vivido para contarlo. Los estragos que estos excesos han provocado en la fisonomía de Nolte se ajustan perfectamente al personaje que interpreta en esta ocasión. Bob es un exiliado norteamericano en Niza, apostador y heroinómano, que en los primeros minutos de la película le salva la vida a un policía, recibe una golpiza, se inyecta su droga preferida y ayuda a una prostituta croata de 17 años a escapar de su “protector”.
Pero Bob, además de tener un código moral propio que lo hace ser querido y respetado incluso por sus enemigos en el bajo mundo y por el policía encargado de atraparlo, cuenta con un pasado glorioso como ladrón de alta escuela. La trama arranca cuando uno de sus socios le propone robar la colección de arte moderno usada por los propietarios de un casino para atraer a la clientela. Está de más decir que las pinturas exhibidas son copias y que las verdaderas se guardan en una bóveda que cuenta con las más sofisticadas medidas de seguridad.
En un principio Bob se niega, argumentando que si es atrapado no sobrevivirá a la cárcel, pero la recompensa es muy grande, la necesidad de conseguir dinero para mantener su estilo de vida -que incluye proporcionar techo y comida para los raterillos y muchachas prostituidas que ocasionalmente recoge de la calle- demasiado apremiante y la idea de lograr un robo que para cualquier otro sería imposible tan adecuada para su estatus de ladrón legendario que acaba por aceptar, aunque para siquiera pensar en acometer una empresa tan riesgosa deba encadenarse a su cama hasta superar su ansiedad por la heroína y a continuación reclutar a su antiguo equipo de colaboradores, burlar la vigilancia de la policía y sortear a los inevitables delatores.
Como pueden ver el argumento es bastante convencional. Nada que no hayamos visto ya en otras películas donde se intenta un robo imposible. El atractivo de The Good Thief no radica en lo innovativo de su propuesta, sino en la eficacia de la realización y en algunos aspectos que pueden parecer secundarios, como la ambientación y la música, pero que sirven para darle a la cinta una atmósfera netamente europea, alejada del modelo estadounidense que ha desechado la intriga y el misterio del thriller tradicional en favor de cretinos argumentos al alcance de cualquier teenager.
No se trata de la Europa de posguerra que Jean-Pierre Melville y Auguste Le Breton usaron como escenario en 1955 para darle vida a Bob le Flambeur, cinta en la que se basó Jordan para escribir el guión de The Good Thief. Nos encontramos en la Francia moderna, donde conviven personas de Marruecos, Argelia, Rusia, Alemania e Inglaterra en busca del espejismo de la abundancia del Primer Mundo o que simplemente aprovechan la libertad de tránsito que les brinda la Comunidad Europea para evadir a las autoridades de su país de origen. Esta diversidad de acentos, culturas y vicios le brinda a la película un tono distinto al que tendría si se ubicara en otro país más homogéneo.
Esto se complementa con el elenco, que es tan variopinto como los personajes. Además de Nolte tenemos a Tchéky Karyo en el papel de Roger, el policía que le sigue los pasos a Bob, a un Saïd Taghmaoui menos acelerado que en La Haine (Mathieu Kassovitz, 1995), al cineasta yugoslavo Emir Kusturica interpretando a un genio de la electrónica ruso, a Ralph Fiennes en una aparición pequeñita y sin crédito y a la georgiana Nutsa Kukhianidze, de apenas 19 años, en uno de los papeles principales.
Como mencioné al principio, es poco probable que The Good Thief saque a Neil Jordan del estado de no-fama en el que se encuentra actualmente. La misma abundancia de personajes secundarios y subtramas que le dan un ambiente más sofisticado y “europeo”, si se puede decir tal cosa, hacen que el robo al casino pierda importancia, lo que le resta fuerza al desenlace. Además, el sólo hecho de que la estrella sea Nick Nolte, un hombre de 60 años que representa muchos más gracias a las drogas, ya es un obstáculo para que el público se acerque a la película, por no decir nada de la trama, que es demasiado complicada para el nivel medio de lo que vemos en cartelera. De cualquier manera, Un Gran Ladrón es una buena opción para los que se pregunten por el paradero de Neil Jordan así como para los interesados en pasar un par de horas en compañía de un buen thriller.
UN GRAN LADRÓN
(The Good Thief)
Dirección: Neil Jordan; Guión: Neil Jordan, basado en el guión de la película Bob le Flambeur de Auguste Le Breton y Jean-Pierre Melville; Producción: Seaton McLean, John Wells y Stephen Woolley; Fotografía: Chris Menges; Música: Elliot Goldenthal; Edición: Tony Lawson; Con: Nick Nolte (Bob), Nutsa Kukhianidze (Anne), Tchéky Karyo (Roger), Gérard Darmon (Raoul), Saïd Taghmaoui (Paulo), Marc Lavoine (Remi), Ouassini Embarek (Said), Emir Kusturica (Vladimer)
Inglaterra – Francia – Canadá – Irlanda, 2002, 108 min.
Participaciones: Festival de Cine de San Sebastián, España 2002 (Neil Jordan, nominado a la Concha de Oro)
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