Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Los olvidados

Por José Antonio Valdés Peña

Filmar Los olvidados significó para Luis Buñuel, además de un primer proyecto personal en su filmografía mexicana, la reaparición internacional después de un prolongado silencio fílmico: pasados los escándalos surrealistas de Un perro andaluz (1928) y La edad de oro (1930), una infructuosa estancia en Hollywood, y después del documental Las hurdes (1932), filmado en la España republicana, se había desempeñado como productor en la empresa Filmófono antes de que la Guerra Civil lo lanzara de nuevo a los Estados Unidos, donde fue curador en la sección de Cine del Museo de Arte Moderno de Nueva York. Más tarde aceptaría la invitación del productor Óscar Dancigers para unirse a la industria fílmica mexicana, debutando en nuestro país con Gran casino (1946), cinta de aventuras tropicales protagonizada por Jorge Negrete y Libertad Lamarque que fue mal recibida por el público y la crítica, mandando a Buñuel durante dos años a la banca, y filmando después la exitosa comedia El gran calavera (1949), que en un principio dirigiría el protagonista de la cinta, Fernando Soler.

El argumento titulado originalmente La manzana podrida, que en un principio era un convencional melodrama protagonizado por un chico vendedor de billetes de lotería, se convirtió con el apoyo de Óscar Dancigers en una ardua investigación documental y de campo sobre la niñez y juventud en el contexto de la miseria urbana. Buñuel contó con asesoría de Pedro de Urdimalas para los diálogos populares, mientras en el guión participaban Juan Larrea, Max Aub y Luis Alcoriza. La cinta se filmó en locaciones reales de la capital (la plaza de Romita en la colonia Roma, el barrio de Tacubaya, la Granja Correccional de Tlalpan, los entonces llanos de la colonia Doctores donde se levantaban gigantescas estructuras metálicas para dar forma al Centro Médico Nacional), con un reparto sin “estrellas” (conformado por intérpretes de cuadro como Stella Inda, Miguel Inclán, Alma Delia Fuentes o Roberto Cobo, entre otros, sin olvidar a los debutantes Mario Jiménez y Alfonso Mejía), y un presupuesto no mayor a los 400 mil pesos.

Desde su rodaje, Los olvidados molestó por su nada complaciente mirada a la pobreza: una maquillista renunció a la producción argumentando que una madre mexicana es incapaz de negar comida a sus hijos; un asistente del fotógrafo Gabriel Figueroa comentó a Buñuel que no era necesario filmar bajos fondos capitalinos tan deprimentes habiendo barrios residenciales tan “bonitos” como las Lomas de Chapultepec; el dialoguista Urdimalas renunciaba a su crédito en pantalla, pues la película denigraba a la Madre Patria (una escena suprimida del filme mostraba a la pandilla de chicos admirando burlonamente el retrato de un hidalgo español) y, finalmente, Jorge Negrete, por entonces Secretario General de la Asociación Nacional de Actores, le espetó al cineasta que, de haberse encontrado en México por el tiempo en que se filmó la cinta (estaba de gira artística en el extranjero), hubiera hecho todo lo posible por impedir su rodaje.

Y es que Pedro, El Jaibo, Meche, El Ojitos o el ciego Carmelo no son personajes buenos ni malos: viven existencias grises tratando de sobrevivir en medio de la miseria capitalina mexicana; no por ser pobres son solidarios, su mundo los encierra y limita sus opciones. Buñuel pudo imponer su sello personal a la cinta, de eminente corte realista, por medio de la intrusión de poderosas imágenes oníricas, como la de la gallina que atestigua la golpiza al ciego, o el sueño de Pedro, que lo acercaban a su vena surrealista. La fatalidad, lo irracional, la capacidad de soñar y las ilusiones rotas rodean a los personajes del filme. Las violentas reacciones de público y crítica provocaron que la cinta fuera retirada de cartelera a tan solo tres días de su estreno, ocurrido el 9 de diciembre de 1950 en el cine México. No fue hasta que Los olvidados regresaron a nuestro país triunfantes del Festival de Cannes (premio a Buñuel como Mejor Director) en 1951, que el filme fue revalorado, reestrenado y hasta premiado con 11 Arieles, entre ellos los de Mejor Película y Director.

Por su calidad fílmica y visión objetiva de un tema de relevancia universal que mantiene toda su vigencia hasta nuestros días, la cinta constituye un documento de inmenso valor visual y social para México. Buñuel dejaba correr por las imágenes del filme su cultura hispana, el esperpento y la picaresca, encarnadas por el ciego Carmelo y el lazarillo Ojitos, mientras que la estética del filme, enmarcada en la plomiza fotografía de un Gabriel Figueroa alejado de los cielos monumentales y la belleza plástica del paisaje mexicano tan del gusto de Emilio Fernández, la selección de su reparto (actores de cuadro con debutantes) y su visión descarnada del tema, lo acercaban al cine neorrealista de la época que deslumbraba a los públicos de la posguerra. La industria fílmica mexicana, pese al éxito mundial de Los olvidados, no intentó seguir la propuesta buñueliana, encerrándose en sus propias fórmulas desgastadas que no tardarían en arrastrarlo a un callejón sin salida.

Establecido en el 2001, el Comité Mexicano Memoria del Mundo de la UNESCO (integrado por los responsables de las principales instituciones públicas y privadas con documentos impresos, visuales, musicales, fotográficos, sonoros, electrónicos y digitales resguardados), respaldó la propuesta de Cineteca Nacional y Filmoteca de la UNAM para nominar el negativo original de Los olvidados al programa Memoria del Mundo. Con la autorización de Televisa, empresa dueña de los derechos del filme, se inició la integración de la información pertinente para llevar a cabo la nominación, labor combinada entre la Cineteca Nacional y Filmoteca de la UNAM, institución que custodia el negativo original de la película.

El 30 de agosto de 2003, en la reunión del organismo Memoria del Mundo organizada en Gdansk, Polonia, el negativo de Los olvidados fue incluido, junto con otros 23 nuevos documentos, en este programa internacional que busca preservar, dar acceso y difusión mediante el uso de avanzadas tecnologías como la digitalización a libros, manuscritos, archivos, materiales audiovisuales y tradiciones orales que son testimonio de la inteligencia y creatividad humanas.

Así, Los olvidados, tercer película filmada por Luis Buñuel en nuestro país, se une a un total de 91 propiedades provenientes de 45 países del mundo, registrados en el programa Memoria del Mundo desde 1993. La acompañarán la primera Biblia impresa por Guttenberg, el acervo documental jesuita del Archivo Nacional de Chile que resguarda documentos latinoamericanos de los siglos XVII al XIX, el documento original de la Declaración de los Derechos del Hombre y el Ciudadano, redactada en Francia (1789), 800 grabaciones originales de Carlos Gardel, códices prehispánicos mexicanos y sólo otra película hasta ahora, Metrópolis (1927), la monumental obra expresionista de Fritz Lang, entre otros tesoros de la humanidad.

LOS OLVIDADOS

Dirección: Luis Buñuel; Guión: Luis Buñuel, Luis Alcoriza; Producción: Óscar Dancingers; Fotografía: Gabriel Figueroa; Música: Rodolfo Halffter sobre temas originales de Gustavo Pittaluga; Edición: Carlos Savage; Con: Stella Inda (madre de Pedro), Miguel Inclán (don Carmelo), Alfonso Mejía (Pedro), Roberto Cobo (el Jaibo), Alma Delia Fuetes (Meche), Mario Ramírez (Ojitos), Afraín Arauz (Cacarizo), Francisco Jambrina (director de la escuela granja), Javier Amézcua (Julián).

México, 1950  -  80 min.

Participaciones: Festival de Cine de Cannes (Premio a Mejor Director y Premio de la Crítica Internacional), Francia 1951; Premio Ariel de Oro a Mejor Película y Premios Ariel de Plata a Mejor Director, Coactuación Femenina (S. Inda), Actuación Infantil (Alfonso Mejía), Actuación Juvenil (Roberto Cobo), Mejor Fotografía, Mejor Adaptación), Mejor Argumento Original, Mejor Edición, Mejor Escenografía y Mejor Sonido. Academia Mexicana de Artes y Ciencias Cinematográficas, México 1951.

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