Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Embriagado de Amor

punch-drunk-love-posterPor: Montgomery Guilleaume Frankenheimer van der Beck

Paul Thomas Anderson, cineasta proveniente de la nueva camada de independientes estadounidenses ya había dado buena muestra de sus dotes como realizador en su opera prima Hard Eight (1996), pero sería con su segundo largometraje Boogie Nights (Juegos de Placer, 1997), con el que daría mucho de que hablar escarbando en los recovecos de la floreciente industria del cine porno en el San Francisco de los años setenta. Después, su excesivo y demoledor fresco llamado Magnolia (1999) terminó por situarlo como un cineasta con vocación para diseccionar los comportamientos humanos. Ahora, con su tercer filme, Punch-Drunk Love (Embriagado de Amor, 2002) demuestra ser un hombre que gusta de las propuestas arriesgadas.

De entrada, contrasta el hecho de que cambia de ruta genérica para situarse dentro de los territorios de la comedia, pero por si fuese poco, lo hace apoyándose de unos de los comediantes más insufribles de toda la camada salida del televisivo Saturday Night Live: Adam Sandler, ejemplo de neurosis ambulante, cuya dudosa comicidad se ha visto patente en filmes como Little Nicky (El Hijo del Diablo, Steven Brill, 2000), Big Daddy (Un Papá Genial, Dennis Dugan, 1999), o The Waterboy (El Aguador, Frank Coraci, 1998).

La causa por la que ambas figuras – tan dispares entre sí – se encuentren juntas en esta cinta, es muy simple: P. T. Anderson se ha declarado admirador del trabajo de Sandler, por lo que decidió escribir exclusivamente para él una comedia donde diera rienda suelta a su acentuado histrionismo; trabajo que también le permitiría al director alejarse temáticamente de la densidad de sus anteriores trabajos y abordar un filme más sencillo y digerible.

Ver para creer: ambos salen bien librados. El director y guionista da muestra una vez más de su innegable talento formal, además de saber crear complejos estados de ánimo para personajes de fuertes cargas psicológicas. Por su parte, el cómico se gana a pulso el calificativo de actor, dando una sorprendente caracterización, para la cual echa mano de sus tics más recurrentes, creando el perfil de un hombre que va de la violencia casi psicópata a la ternura de un niño que ha crecido sin darse cuenta. Juntos, director y actor, entregan una atípica comedia, cuyas risas provocadas llevan implícito un sabor más bien amargo.

Adam Sandler en Embriagado de Amor

Adam Sandler en Embriagado de Amor

Aun cuando la idea parece disparatada, vistos los resultados en pantalla podemos decir que se trata de un gran acierto. De entrada, Anderson perfila a un grupo de personajes más complejos de lo que en realidad parecen, iniciando por su Barry Egan (Sandler), un gris y apocado comerciante de destapacaños con claros rasgos neuróticos que rayan en la psicopatía agresiva, producto de la represión a la que se ha visto sometido por la presencia y personalidad dominante de sus siete hermanas, sustitutas en conjunto -y muy a su pesar- de la figura materna.

El segundo personaje en importancia es la misteriosa Lena Leonard (Emily Watson), una mujer que aparece en la inerte vida de Barry en el momento más inesperado, provocando toda una aglomeración de sentimientos y represiones que saldrán a flote con la fuerza de un géiser que ha estado por años al borde del límite.

El perfil que como personaje muestra Barry Egan es el de un tipo víctima de una fuerte neurosis, resultado de severos traumas infantiles provocados principalmente por la intromisión de siete caracteres distintos -el de cada una de sus hermanas- que hicieron mella en la personalidad de Barry por la ausencia de una figura materna real. Por si fuera poco, desde niño es vapuleado con constantes ataques acerca de su sexualidad, siendo calificado de “gay-boy”, situación que lo ha llevado a una permanente represión de sus pulsiones, cuyo primer síntoma visible es la soledad extrema en que está inmerso.

La energía reprimida, el trauma de la soledad y los constantes ataques por parte de sus hermanas le han hecho una persona sumamente insegura. Anderson nos deja entrever parte de esas características del personaje desde el momento mismo en que abre el film, ubicando a Barry sentado detrás de un escritorio. El plano es abierto y en éste solamente vemos el mueble y a Barry. Alrededor no hay nada más que el ángulo formado por dos paredes pintadas de un azul similar al del traje que viste, lo que le hace confundirse, perderse y opacarse a sí mismo aun en el entorno cotidiano que forma parte de su hábitat natural.

Emily Watson en Embriagado de Amor

Emily Watson en Embriagado de Amor

La evasión se convierte en la única forma de sobrellevar la cotidianidad por parte de Barry: pretextando cualquier cosa se rehusa conocer a una mujer que su hermana está empeñada en presentarle. Otro rasgo clave lo encontramos en los momentos en que suple sus carencias afectivas por medio de valores externos, como el acumular obsesivamente vasos de budín canjeables por millas de viajero que no piensa utilizar.

Lo que hasta ahora se nos viene mostrando como detalles excéntricos y ciertamente graciosos, pronto se tornarán en actitudes agresivas que dan cuenta del grado de enfermedad de Barry, cuando en una reunión familiar destruya a patadas los vitrales del comedor sin aparente causa, para acto seguido pedir disculpas y llorar como un niño. Digo aparente porque podemos darnos cuenta que para él ingresar a esa casa y exponerse al escrutinio de sus castrantes hermanas significa una verdadera tortura -ojo a la escena que da inicio a esta secuencia, en la que entra y sale un par de veces de la casa sin atreverse a terminar de hacerse presente, sobre todo porque escucha que la conversación gira en torno a él y algunos de sus arranques nerviosos.

Significativo es también que decida exponerse a salir con Lena, la amiga de su hermana, cuando sea ella quien lo invite a cenar. Una vez en la cita un nuevo arranque de furia descontrolada provocado por un comentario de sus hermanas en boca de Lena, hace que Barry destruya el baño del restaurante como válvula de escape de ese odio, también reprimido. Destruye el mobiliario porque es incapaz de destruir a sus hermanas, no tanto en el plano físico/real, sino en el moral/psicológico donde han ejercido toda la influencia que ahora se refleja en su inestable personalidad.

La calma vuelve con el trato dulce y la paz interna que emana de Lena. Aunque en realidad no sabemos la procedencia de esta mujer -de quien sólo se nos informa es compañera de trabajo de una de las hermanas incómodas-, sí alcanzamos a percibir que su función se erige por encima de la simple compañera o amante ocasional. En realidad jugará el papel de ser la antítesis de Barry, convirtiéndose en su punto de equilibrio. Ahora él tiene un motivo que le hace mirar la vida de distinta manera, pero habrá un fuerte impedimento para realizar su amor.

Durante un momento de soledad, Barry utilizó los servicios de una hot line y ahora es víctima de un chantaje perpetrado por Dean, un vendedor de muebles sin escrúpulos, en realidad el hombre que dirige una pequeña mafia de pornografía telefónica –genial Philip Seymour Hoffman– que le manda golpear por un cuarteto de hermanos ante las negativas a ceder su dinero.

El conflicto esta dado: si Barry quiere iniciar una existencia tranquila con Lena aun quedan cosas por resolver, esta vez de manera frontal. Ya no puede, ni debe esconderse más. Cuando la vida de ella esté en peligro por culpa de Dean, toda la furia sin control de Barry encuentra por fin un cauce, llamémosle adecuado: protegerla de cuanto mal pueda amenazarla. El enfrentamiento entre ambos hombres es el nuevo inicio para Barry, pues está dispuesto a todo por amor.

…Aunque el amor que Barry siente por Lena es extraño y así puede parecerle al espectador. A cada momento se disculpa con ella, pide perdón por actos aun no cometidos y justifica cada una de sus acciones. En realidad busca su comprensión más en el sentido materno que en el de pareja. Tal vez ésta es la verdadera clave de la relación, pues Barry encuentra en ella no sólo a la amante, sino también a la madre ausente y esa afirmación parece quedar asentada por la manera en que P. T. Anderson establece la puesta en escena de esa relación mezcla de pasión, complicidad y comprensión.

Lena ha salvado a ese Barry Egan infantil, que ha estado perdido por años, escondido y temeroso del exterior. En su lugar a encausado a un Barry Egan adulto, violento y reprimido dándole nuevos motivos de vida. Este nuevo Barry Egan parece renacer de sus miserias existenciales. Ahora está embriagado de amor y en este maravilloso estado de ebriedad, la vida, por simple que parezca, se hace mucho más soportable y digna de ser disfrutada.

EMBRIAGADO DE AMOR
(Punch-Drunk Love)
Dirección y Guión: Paul Thomas Anderson; Fotografía: Robert Elwiss; Música: Jon Brion; Edición: Leslie Jones; Con: Adam Sandler (Barry Egan), Emily Watson (Lena Leonard), Philip Seymour Hoffman (Dean Trumbell), Luis Guzmán (Lance), Mary Lynn Rajskub (Elizabeth).
Estados Unidos, 2002.
Participaciones: Festival de Cine de Cannes 2002 (Premio a mejor director); Festival Internacional de Cine de Gijón 2002 (Premios a mejor actor –A. Sandler– y mejor guión); Festival Internacional de Cine de Londres; Festival Internacional de Cine de Toronto.

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