Bajo el Sol de Toscana
Tras su divorcio, la reconocida escritora Frances Mayes (Diane Lane) se sume en la depresión. Su mejor amiga, Patti (Sandra Oh) intenta levantarle el ánimo con un regalo: un paseo de diez días por lo más pintoresco de Italia. Durante el viaje Frances encuentra una finca que está prácticamente en ruinas y la compra sin pensarlo mucho. Francesca, como es rebautizada por sus vecinos, no sólo se esfuerza por hacer habitable su nueva casa, sino que descubre que el destino le depara aún muchas sorpresas. Con la ayuda de sus nuevos amigos y, más que nada, los galanes que encuentra en Italia, Frances rehace su vida.
La anterior descripción hace que Bajo el Sol de Toscana parezca un episodio de Mujer, Casos de la Vida Real combinado con un video turístico (“Visite Italia”) y por lo tanto un ejemplo típico de lo que se conoce vulgarmente como chick flick o lo que es lo mismo película para mujeres, género que para los hombres es más aterrador que un examen de próstata. Creo que no necesito abundar en las razones de este miedo. Todos en algún momento nos hemos visto obligados a acompañar a la esposa, novia o prospecto a una de estas películas y hemos tenido que soportar las consabidas escenas lacrimógenas, los diálogos melosos y la alarmante falta de violencia de este tipo de cintas.

Bajo el Sol de Toscana tiene todos los ingredientes necesarios para ser catalogada como una comedia romántica. Por fortuna, cuenta con varios elementos que la hacen recomendable para espectadores de ambos sexos.
El factor determinante es sin duda que la directora y guionista Audrey Wells se basó en la novela autobiográfica de Frances Mayes, lo que le da a la cinta una verosimilitud de la que otras en su género carecen. La película se mantiene siempre en un tono amable y cálido, en donde nada demasiado terrible puede suceder, pero está narrada con tal sencillez que esto en ningún momento se vuelve molesto. En la mayoría de las comedias románticas los personajes son tan guapos, tan perfectos y tan despreocupados que uno desea fervientemente que los atropelle un camión o les caiga un rayo, cualquier cosa con tal de frenar el despliegue de felicidad que hace de la vida del espectador, en comparación con la de los personajes, un valle de lágrimas.
El papel principal, la mujer treintañera que supera sus inseguridades y decide darse una segunda oportunidad, que sería insoportable en manos de una Meg Ryan, es no sólo creíble sino simpática gracias a la interpretación de Diane Lane. Frances se muestra determinada a enfrentarse a la soledad y a su desconocimiento del idioma y cultura de su nuevo lugar de residencia, pero sigue teniendo la capacidad de reírse de sí misma, algo que la actriz transmite sin esfuerzo aparente.
Para superar estos retos Frances cuenta con la ayuda de varios personajes igualmente agradables. La hedonista Katherine (Lindsay Duncan), quien se comporta como si viviera en una película de Fellini y que tiene la habilidad de decir la frase justa en el momento adecuado, junto con la fiel Patti, el trío de albañiles polacos que trabajan en la reconstrucción de la casa y el apuesto Marcello (Raoul Bova), dueño de un bar en la playa en Positano, son sólo algunos de las personas que acompañan a Frances en esta etapa de su vida. Un gran acierto de la cinta es que los actores que los interpretan lo hacen de una forma muy natural, a diferencia de otras comedias románticas donde se esfuerzan tanto por ser simpáticos que acaban por volverse odiosos.

Incluso las lecciones de vida que acechan a Frances a cada paso que da, y que son otro requisito indispensable de las chick flicks, son manejadas de manera discreta, por lo general bajo la forma de comentarios o anécdotas que el resto de los personajes le mencionan a esta escritora desencantada. Por momentos Bajo el Sol de Toscana se acerca peligrosamente al tipo de sabiduría que aparece en las páginas de Kena o Vanidades, pero estamos lejos de las moralejas que los guionistas de Hollywood incluyen en sus libretos con tal de tener un “mensaje”.
Por último habría que mencionar una de las mayores virtudes de esta cinta, que es retratar los paisajes, la comida y las costumbres de Italia de una forma que hace enteramente comprensible que una norteamericana decida dejar todo atrás para instalarse ahí. En este sentido mi única queja es que después de ver la película a uno le dan ganas de empeñar hasta la palangana para recorrer aunque sea por unos cuantos días esa parte del mundo.
Hay que estar muy amargado para poner a esta película al mismo nivel de las de Sandra Bullock. Así como entre los perros también hay razas, las comedias románticas no están todas cortadas con la misma tijera. No es lo mismo el sentimentalismo falso y ramplón de Nora Ephron, plasmado en cosas como Sleepless in Seattle o You’ve Got Mail, que una cinta tan agradable como Bajo el Sol de Toscana o la estupenda El Amor Cuesta Caro, de los Coen. Quién iba a pensar que en un año que se anunciaba como el regreso de los espectáculos de acción iba a presentar dos buenas propuestas de un género que ya parecía agotado.
BAJO EL SOL DE TOSCANA
(Under The Toscan Sun)
Dirección: Audrey Wells; Guión: Audrey Wells, basada en el libro de Frances Mayes; Producción: Tom Sternberg, Audrey Wells; Fotografía: Geoffrey Simpson; Música: Christophe Beck; Edición: Arthur Coburn, Andrew Marcus; Elenco: Diane Lane (Frances), Sandra Oh (Patti), Lindsay Duncan (Katherine), Vincent Riotta (Martini), Raoul Bova (Marcello), Pawel Szajda (Pawel), Giulia Steigerwalt (Chiara), Valentine Pelka (Jerzy), Sasa Vulicevic (Zbignew).
Estados Unidos – Italia, 2003. 115 min.
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