Nicotina
Por: José Luis Ortega Torres
El tan llevado y traído slogan que marca una supuesta revitalización del cine mexicano tiende a sonar más anodino cada día. Como industria, sigue sin consolidarse, aunque continúa resoplando; pero como propuesta parece haber llegado a una cresta que inicia su descenso. En este declive es donde podríamos situar a Nicotina, filme dirigido por el argentino Hugo Rodríguez, de quien muy pocos pudieron apreciar su anterior cinta En Medio de la Nada (1993), filmada hace justos diez años, mucho más sencilla en cuanto a producción, pero en todo caso, superior en cuanto a propuesta, pero que desgraciadamente no contó con el apoyo publicitario -entrevista en horario estelar de Diego Luna con López Dóriga incluida- de esta su segunda película.
En términos reales podemos suponer que Nicotina será un filme que goce del favor del público gracias a que cuenta con un reparto estelar encabezado por los nacionales Diego Luna y Jesús Ochoa y el argentino Lucas Crespi, secundados por un sólido reparto conformado por Daniel Giménez Cacho, Rafael Inclán, Rosa María Bianchi, Carmen Madrid, José María Yazpik y la ibérica Marta Beláustegui; pero sobre todo por contar con una estética impactantemente “amorperruna”, es decir, vertiginosa, de encuadres rebuscados y fotografía “realista” con tendencias videocliperas, pero que para nada ayudan en el desarrollo de un guión prácticamente inexistente.
La anécdota es llana. Un hacker de aspecto apocado y con nombre de nerd, Lolo, (Luna) es dueño de un edificio de departamentos donde tiene como vecina a la violonchelista española Andrea (Belaustegui). Como la calentura de Lolo es mucha y su valentía poca, se conforma con espiarla por medio de cámaras ocultas que colocó en su departamento. Cómo podrán ver estamos ante un mini William Baldwin chilango llevando a cabo su muy personal Invasión a la Intimidad (Phillip Noyce, 1993).
Al mismo tiempo el distraído y fumador Lolo-Baldwin ingresa ilegalmente vía internet a un banco suizo para elaborar un CD de códigos de seguridad robados para el mafioso norteño Tomson (Jesús Ochoa en el eterno papel de Jesús Ochoa), que en compañía del Nene, un hampón de mala muerte, pero bonito, que en plan de Perros de Reserva (Tarantino, 1992) sueltan una larga perorata acerca de las bondades del fumar y las coincidencias de la vida, o lo que es lo mismo un discurso sobre la ilógica de la vida… y de la película.
A su vez, Tomson y el Nene deben de entregar el CD al mafioso ruso Svóboda (Norman Sotolongo) recibiendo como pago veinte diamantes. Pero resulta que un incidente con la vecina hace que Lelo (¿o es Lolo?) confunda los discos, se arme un lío entre mafiosos, se extravíen los diamantes, se sucedan varias muertes violentas, se desaten frustraciones romántico sexuales (la pareja de boticarios formada por Giménez Cacho y Carmen Madrid) y se de rienda suelta a la avaricia más desbordada (la pareja de peluqueros Inclán y Bianchi).
Contado así -sin vender la trama, aclaro- podría parecer una violentísima ola de crímenes, pero no es así. Lo que se pretende sea una comedia negra, se pierde en absurdos diálogos que efectivamente, mueven a la risa, más por lo inverosímiles que por inteligentes, destacando por supuesto algunas ocurrencias del Ochoa en cantadito norteño y de un Rafael Inclán ya muy experto en el arte de hacer reír.
Es ahí donde radica la pobreza de una historia, que para todos aquellos que tuvieron la oportunidad de ver Snatch: Cerdos y Diamantes (2000) dirigida por Guy Ritchie, Nicotina no será ni atractiva, ni mucho menos novedosa, ya que en la obra del británico también se parte de la premisa de diamantes extraviados con un manejo visual de mucho más impacto y concordancia en su discurso narrativo.
Aun cuando esos recursos visuales en Nicotina puedan resultar atractivos, debemos decir que se agotan desde los primeros instantes. Rodríguez recurre a pequeños recuadros dentro del plano para remarcar detalles que se pretenden importantes para el desarrollo de la trama, evidenciando su inseguridad en la puesta en escena y lo endeble del guión, recurriendo después a flashbacks doblemente reiterativos sobre esos mismos recuadros, logrando con esta técnica anular cualquier suspenso o sorpresa posible para el desarrollo de la acción.
Por ello la historia resulta predecible, cometiendo, además, el grave error de dejar al descubierto el final de la película desde las primeras secuencias en el apartamento de un Lolo aburrido, mal desarrollado, plano en sus emociones y ridículo en sus reacciones, como la mayoría de los personajes: Jiménez Cacho gritoneando para demostrar que es muy macho -una pena que tan buen actor siga desaprovechándose en México-, Ochoa repitiéndose una y otra vez en papeles de bandolero norteño, chistoso y buena onda; o Crespi de galán filósofo de bolsillo.
Los personajes rozan las situaciones sin comprometerse demasiado y dejan la sensación de que la película no acaba de cuajar. Estamos ante una cinta fragmentaria que no logra sostenerse como conjunto porque falta la vuelta de tuerca que amarre el contenido. Así, las relaciones entre los personajes tienden a ser anticlimáticas. Lolo y su vecina, desperdiciados porque sólo sirven como mero pretexto para la confusión inicial; el Nene y la boticaria que perfilan un momento de fuerte desasosiego cuando la represión que ella vive de manera cotidiana se tope frontalmente con la tentación que él representa como elemento desestabilizadoramente atractivo y tentador a su aburrida existencia de ama de casa y vendedora de mostrador sexualmente frustrada; momento que se diluye paulatinamente sin que pase nada, para finalmente desembocar en la solución más atrabancada -a balazos- y carente de credibilidad.
Así, a todo lo largo de la trama nunca se da el giro necesario para ir más allá del remedo que se pretende comedia negra, porque, incluso, cuando el momento se presta para desarrollar este estilo -toda la acción que tiene lugar en la peluquería- pierde fuerza por culpa de la pudibundez del guión y la debilidad en la dirección, defectos que se refuerzan en un final tremendamente moralista -el crimen no paga, por muy Lelo que sea el antihéroe- y que pretende “suavizarse” con insertos de escenas graciosas, pero francamente innecesarias, intercaladas en los créditos finales.
Ahora bien, si ya líneas antes decíamos que la película puede llegar a ser taquillera es simple y sencillamente porque esta diseñada para eso. Resumiendo, como ya dijimos, por el elenco, que aun desaprovechado pesa bastante; después por la estética visualmente atractiva -aunque hueca- y finalmente, más allá de lo contenido en el celuloide, gracias a un fuerte aparato mercadotécnico que se ha propuesto venderla como el non plus ultra del cine nacional y que la estrena justo cuando la oferta comercial está bastante endeble una vez pasados los hits veraniegos que sin duda le opacarían el mercado.
Aun así no dejo de lamentar que en las comedias que se están filmando últimamente se prefiera echar mano de muletillas y chistes fáciles que dan la engañosa impresión de que estamos frente a un guión “tremendamente divertido”, cuando la realidad es que se tratan de remedios fáciles ante la carestía de una trama bien hilvanada. Eso sucede en esta cinta, donde algunos diálogos resultan hilarantes pero no dejan de ser los alfileres que sostienen una historia mínima. Nicotina es, en términos de fumadores, un entretenimiento light envuelto en cajetilla flip top de lujo que se vende a precio de habanos importados, pero que en realidad termina “chupando faros”.
NICOTINA
Dirección: Hugo Rodríguez; Guión: Martín Salinas; Producción: Laura Imperiale, Martha Sosa Elizondo; Fotografía: Marcelo Iaccarino; Con: Diego Luna (Lolo), Jesús Ochoa (Tomson), Lucas Crespi (Nene), Daniel Giménez Cacho (Beto), Rafael Inclán (Goyo), Carmen Madrid (Clara), Rosa María Bianchi, Marta Belaustegui (Andrea), José María Yazpík
México, 2003. 93 min.
