La caspa del diablo
En ciertas zonas del país siempre que aparece un cadáver en una cajuela, tambo o lote baldío o cuando se suscita una balacera con saldo de varios muertos las autoridades recurren a su explicación favorita: “ajuste de cuentas entre narcotraficantes”. Todos sabemos que estas organizaciones criminales cuentan con un ejército de pistoleros y con enormes recursos económicos, pero de todas formas parece un poco abusivo echarles la culpa de todos los actos de violencia habidos y por haber.
Si los encargados de combatir el crimen lo mismo usan el tema del narcotráfico para un barrido que para un fregado, ¿por qué no habrían de hacer lo mismo los productores de videohomes? Además de aprovechar la publicidad gratuita de todos los medios de comunicación que hablan de la “guerra contra las drogas” (que está perdida de antemano, pero esa es otra historia), los videohomeros tienen el pretexto ideal para mostrar madrazos, morras y corridos, todo a un bajo costo gracias a lo económico de las locaciones y el vestuario
Por esta misma razón abundan los productores improvisados que se han forrado de dinero en otros negocio y creen que es muy fácil hacer una película. Gracias a ellos la imagen que mucha gente tiene del cine de narcos es que el género consiste en argumentos rudimentarios llenos de traiciones y mentadas de madre, balaceras mal filmadas y actores luchando a brazo partido con unos diálogos infames.
Con muchos videohomes esta fórmula se cumple al pie de la letra. Sin embargo, existen algunas producciones que a pesar de tener un presupuesto mínimo y dos semanas de rodaje logran resultados al menos interesantes. En el caso de La Caspa del Diablo estamos ante un videohome que tiene como principal virtud un argumento bien elaborado y que retoma a los personajes de la saga de Emilio Varela y Camelia La Texana.
En esta ocasión el negocio por el que los protagonistas arriesgan la vida es transportar 500 kilos de coca a Chicago. Para hacer esto Humberto Varela (Carlos Cardán) decide aliarse con El Gallo (Fernando Saenz), un notable narcotraficante michoacano, algo que no es del agrado de su ahijado Martín (Gibrán González), quien se considera lo bastante huevudo para participar en esos jales.
Otro motivo para que Martín desconfíe del mentado Gallo es el interés que el michoacano manifiesta por su morra Mary (Roberta D´Nero), quien también está metida en el negocio del perico. Por desgracia para Martín a Mary no le desagrada la idea de involucrarse con el Gallo, aunque éste la regañe continuamente por consumir el mismo producto que vende y así perder sus ganancias.
El negocio se les complica a Varela y al Gallo por el acoso de Ordoñez (Bernabé Melendrez), encargado de combatir el narcotráfico en la región. En realidad todo el mundo sabe que Ordoñez está tan involucrado en las drogas como la gente a la que se supone que debe perseguir, sólo que en vista de que está próximo a retirarse el muy gandalla ha decidido quitar de en medio a sus posibles competidores para convertirse en el principal traficante de la región.
Y eso no es todo, también se incluye una subtrama en la que un agente ya veterano decide poner fin a tanta maldad e investiga por su cuenta los nexos de Ordoñez con el narco, a pesar de la desconfianza de su esposa, más preocupada porque su hermana anda en malos pasos.
Lo anterior está narrado de forma eficiente aunque poco inspirada por el director Fernando Durán. Es verdad que la película no es aburrida y que en ningún momento se torna confusa, algo que les pasa a cada rato a los genios del nuevo cine mexicano, pero también hay que decir que está filmada de manera bastante elemental, con master shot, campo/contracampo, algún paneo y párele de contar.
También cabe señalar que el guión también incluye situaciones que se antojan ilógicas, como cuando un par de narcotraficantes son capturados por detenerse a echar pata a un lado del camino cuando ya deberían estar al otro lado de la frontera. No dudo que en la vida real algún narco haya sido atrapado en estos menesteres, que de cualquier manera es preferible a ser capturado como El Tigre de Santa Julia, pero la verdad es que esta acción no corresponde a lo que le hemos visto anteriormente a los personajes, que por lo general son precavidos y están siempre un paso adelante de las autoridades.
Igualmente, los diálogos son desiguales. Los hay muy buenos, como los de Carlos Cardán, que recrea de forma muy veraz o al menos creíble la forma de hablar de los narcos y por otra están los diálogos del Lic. Ordoñez, que son demasiado explicativos y en los que se recurre a que el personaje piense en voz alta cuando sería mucho más fácil hacer que le comentara esto a un subalterno.
Creo que no hace falta decir que Carlos Cardán y Fernando Saenz están muy bien en sus respectivos papeles puesto que se trata de dos veteranos de este género. Cuentan con la colaboración de actores jóvenes que se están haciendo un nombre en el mundo del videohome como Gibrán González y Roberta D´Nero y que bien podrían ser tomados en cuenta para otro tipo de producciones. De Roberto López, el actor que interpreta al teniente Meza se puede decir que da el tipo de policía humilde con la capacidad de imponerse ante sus superiores y que su actuación sería mucho mejor si no tuviera la costumbre de… hacer pausas… inoportunas al decir sus diálogos.
No podían faltar los narco-corridos. Además de “La Caspa del Diablo”, interpretada por Los Originales de San Juan y que da título a la película, podemos disfrutar de otra bonita melodía llamada “De Sangre Michoacana”, a cargo de Los Jardineros de Jesús Chavez Jr.
LA CASPA DEL DIABLO
Dirección: Fernando Durán; Guión: Ignacio Rinza Oviedo, Fabian Paniagua; Producción: Felipe Pérez Arroyo; Fotografía: Lorenzo Contreras; Música: Music & Images; Edición: Jacobo Hernández, Salvador Plata; Elenco: Fernando Saenz (El Gallo), Carlos Cardán (Humberto Varela), Bernabe Melendrez “El Gatillero” (Ordoñez), Gibrán González (Martín), Roberta D´Nero (Mary), Flavio Peniche (colombiano), Roberto López (Meza), Angélica Peniche (Clarissa).
México, 2001, 90 min.
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