Sexo en el Cine: Pornografía o Erotismo (primera parte)
Por: Francisco Campa
El ser humano es sexo desde que nace hasta que muere. De un sexo o de otro, pero sexo (no es raro escuchar que por eso trabajamos o deseamos ser de tal o cuál forma siempre pensando, precisamente, cómo obtener placeres sexuales) y. el cine, como otras artes que le anteceden, no ha podido escapar a esa necesidad-particularidad y condición humana. Cuando los hermanos Auguste y Louis Lumière inventan el cinematógrafo, artefacto que mejoró los anteriores intentos de captar y proyectar imágenes en movimiento, poco podían suponer que acercaban a los seres humanos de finales de siglo XIX, no sólo al arte más exquisito creado por el hombre, sino que abrían la puerta al placer de mirar y disfrutar.
El hombre mira desde que existe. Lleva siglos mirando. Mirando a su alrededor, mirando a su interior y mirando lo que otros seres humanos han creado. El sexo no solamente se practica, también se mira. La pulsión visual del hombre es tan vieja como la raza humana. Todos somos “mirones” (y chismosos, especialmente los mexicanos) en mayor o menor grado. Mirones de todo, y entre ese todo, mirones de sexo. El ser humano empezó pintando en las paredes de las cuevas, levantando monolitos, construyendo habitáculos, presas, etc., tanto por necesidad primaria, como para dejar huella de su existencia. A su vez, el hombre miraba lo que acababa de hacer o lo que hacían otros hombres, nos gusta apreciar lo bien hecho (claro, también hay algunos a los que les gusta apreciar lo mal hecho).
Desde la aparición de la raza humana en el planeta tierra existen referencias gráficas de su sexo -una evidencia que se descubre en la infancia- y del aspecto erótico que el sexo proyecta. No hace falta aquí recordar la inmensa, y en ocasiones, desconocida iconografía existente en todo el mundo -desde Japón hasta la India- sobre el sexo del ser humano y su aplicación práctica (el Kamasutra, por ejemplo).
La pintura más académica, o la escultura más clásica han sido fiel testimonio del cuerpo humano y del sexo. Los adelantos tecnológicos hicieron posible que en 1827 J. N. Niépce realizara la que está considerada como la primera fotografía de la historia, aunque es bueno recordar que desde mediados del siglo XVI ya se estaba trabajando en los distintos campos -física, química, etcétera- sobre este arte. Con la fotografía se da una nueva vuelta de tuerca al tema del sexo. Si hasta entonces tan sólo los maestros de la pintura o de la escultura podían aproximarse a un retrato de un desnudo o a la representación de una relación erótica, la fotografía revolucionó la situación. El desnudo artístico, la fotografía naturalista y la fotografía explícitamente pornográfica, abren unos campos a la mirada humana imposible de imaginar cinco siglos antes.
UNA PROYECCION HISTORICA
Un sábado 28 de diciembre de 1895, en el Grand Café de Paris, se celebró la primera sesión pública del cinematógrafo de los hermanos Lumière. Es una fecha más importante que la batalla de Waterloo, que la guerra de Secesión, que el día que el hombre pisó la Luna y el más largo etcétera que quieran añadir. Con el cine, mucho más que con otros descubrimientos tecnológicos o que con otras disciplinas artísticas, el ser humano cambia, no únicamente de siglo, sino de galaxia. La galaxia Gutemberg (es decir, la de la imprenta inventada en el siglo XV por el alemán Johanes Gutemberg que permitió la difusión de la letra impresa, y por tanto, la difusión del conocimiento y de la cultura) fue sustituida por el cine. Era una nueva galaxia, mucho mas poderosa, mucho mas impactante. Con el cine, el ser humano alcanza la plenitud de su condición de mirón. El cine, casi no hace falta mencionarlo, forma parte indivisible de la condición humana de inicio de siglo y de milenio.
La cámara de cine, no hay que olvidarlo, es un ojo voraz -tal y como Buñuel o Vertov se encargaron de mostrar en sus películas-, un ojo que mira y observa. Los pequeños, amables y simpáticos documentales de la vida cotidiana que los hermanos Lumière van realizando no son más que esa sublimación del acto de mirar. El espectador de cine es, en esencia, un Voyeur . Con la aparición del cine el sexo encuentra su vehículo idóneo, el único posible. Sin la mirada del enamorado no puede haber pasión. En cierta medida, el espectador es un enamorado apasionado de la mirada. Mientras que la lectura de un libro requiere un esfuerzo físico considerable y una concentración muy especial, o la audición de una pieza de música necesita de un determinado esfuerzo auditivo, y una obra teatral, ópera o espectáculo pide un esfuerzo desigual de los cinco sentidos humanos, el cine suma todos y en él confluyen todos los elementos que hacen grande la mirada. El cine se ve, físicamente sin esfuerzo, y en una hora y media convencional de proyección son tantas las emociones que vive el espectador, que es incapaz de analizarlas todas inmediatamente y necesita de una sedimentación de pensamientos y sensaciones.
Igualmente, se ha afirmado que el cine cumple con una función pedagógica y en algunos casos (como lo es el cine de carácter sexual) puede llegar a instruir a alguien generando una especie de “profilaxis” al hacer que el sujeto evite caer en determinadas prácticas de riesgo que lo lleven a contraer enfermedades, ayuda a socializar mejor con las personas (al dar tips de cómo hacer mejor sexo), e incluso cómo válvula de escape demográfica a escala mundial para evitar la natalidad, entre otras cosas.
Con las primeras películas de los Lumière el cine empieza a caminar, abre una generación de posibilidades visuales, en la que están la televisión, el video y los multimedia 3D, modernas variaciones tecnológicas sobre un mismo tema: la mirada.
LAS PRIMERAS MIRADAS EROTICAS
A principios del siglo XX aparecen en el cine, tanto en Europa como en Estados Unidos, una serie de películas que se podrían clasificar como films-voyeurs, donde lo mostrado se veía a través de un agujero de cerradura (la sublimación del mirón), presentado a partir de una silueta en negro de una ficticia cerradura en el encuadre. Aparece así el motivo del mirón erótico, que se puede encontrar en primitivas películas de la época como Through the Keyhole in the Door, realizada por la empresa cinematográfica norteamericana Biograph en 1900; L’Amour a Toutes les Etages, dirigido en 1902 por Lucien Norguet para la francesa Pathé, Peeping Tom in the Dressing Room y He Went into the Wrong House, ambas realizadas por la Biograph en 1905, e Inquisitive Booths, un filme británico de Cecil Hepworth realizado en 1905 .
Las primeras películas eróticas que dio el cine estaban mayormente inspiradas en actuaciones en directo de profesionales del strip-tease de la época, como es el caso de Le Coucher de la Mariee, que tuvo varias versiones y que no era mas que un candoroso y políticamente correcto strip-tease de una recién casada en la intimidad de su habitación, tal y como se hacia en los espectáculos de variedades de aquellos años. Pero es importante señalar que este tipo de primitivas miradas eróticas hizo su aparición en 1896, sólo un año después de aquella importante proyección en el Grand Cafe de París, y que algunos de sus directores eran nombres tan prestigiosos como Méliès, Zecca y Pirou.
De ese mismo año es una película fundamental en la historia del cine erótico. Se trata de El Beso (The Kiss, 1896 de May Irvin, John C. Rice), que, como es lógico, levantó ámpula en la sociedad puritana de la época -en una demostración digna de estudio sobre la dualidad entre los códigos morales de la sociedad y las necesidades primarias del individuo-, y en la que se veía un primer plano (el cine es por antonomasia primer plano) de un beso entre dos actores, una mujer y un hombre. Era la primera vez que se veía a dos actores interactuando eróticamente entre sí mediante un contacto físico. Es curioso señalar que la escena procedía de una comedia teatral que se representaba en Estados Unidos y que no levantaba escándalo alguno. La fuerza del primer piano -otra vez el primer plano- fue lo que escandalizó a aquella generación de nuevos espectadores cinematográficos, todavía ignorantes del valor y de la densidad del lenguaje cinematográfico.
Desde sus primeros pasos, como en todas las actividades del ser humano, hubo una cara y una cruz para el cine erótico. Desde la misma aparición del cine, las normas sociales y las pautas morales marcaron, bien a través de la censura estatal y social, bien a través de la propia autolimitación de los productores o realizadores, dos formas de sexo: el explicito y el implícito. El primero, por razones lógicas, tuvo que marginarse, volverse clandestino. Es el cine pornográfico, el hardcore y todas sus variantes, limitado en la actualidad al formato video, ya que muy pocos utilizan celuloide, prefiriendo áquel recurso para plasmar sus pensamientos y sus visiones. El segundo, que se entiende es para todos los públicos, se ha convertido en uno de los negocios más grandes de la sociedad contemporánea, algo realmente fuera de serie si se compara con aquellos años de experimentación. Es el de los contenidos eróticos que evolucionan según las normas morales de cada época y de cada sociedad, pero que de forma tácita sabe lo que puede ofrecer y lo que no debe mostrar.
Así pues, desde la aparición misma del cine, el apartado erótico, esa parte integrante cien por ciento de la personalidad de cada individuo, se diferenció de forma total. En la clandestinidad, el denominado cine pornográfico; y a la luz pública, el que es legalmente autorizado, dos vertientes que hacen circular a un cine con determinadas -y controladas- dosis de erotismo. Como en muchas otras artes, también el cine, sólo por el hecho de nacer, ha sido y es víctima de la moral social. El mirón, es decir, el espectador, se convirtió en dos, el clandestino y el legal. Aún hoy se vive esta absurda paradoja. Como todo en la vida, el problema gira sobre dos ejes siempre polémicos: erotismo o sexo, sexo o erotismo, que finalmente podrían fundirse en uno mismo.
