Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Sendero de Sangre

Al inicio de la opera prima de John Malkovich un letrero advierte al espectador que la acción se ubica en un país latinoamericano – no se menciona el nombre – y que se desarrolla en el pasado reciente. En medio de la noche, una camioneta que transporta a varios hombres, conducida por una joven mujer, avanza velozmente por una carretera que se extiende a lo largo de un paraje desierto. La sospecha de que se trata de un grupo de subversivos que evaden a las autoridades se ve confirmada cuando en un olvidado retén un policía les marca el alto y es arrollado sin miramientos. Los fugitivos muestran la misma sangre fría a la mañana siguiente, cuando se les obliga a detenerse en una caseta al mando del oficial Agustín Rejas (Javier Bardem) y explican que la sangre que cubre el vehículo es la de un perro al que golpearon por accidente. El líder del grupo (Abel Folk) mantiene la serenidad mientras Rejas le hace algunas preguntas de rutina y le toma una fotografía para completar un trámite, antes de permitir al grupo seguir su camino.

Rejas no lo sabe, pero ese encuentro casual, en medio de la nada, eventualmente se convertirá en uno de los momentos más importantes de su vida. Este abogado, que abandonara la jurisprudencia para empezar de nuevo como agente de la policía con el fin de “encontrar una forma más honorable de practicar la ley”, será el encargado años más tarde de investigar una serie de actos terroristas cometidos en nombre del “Presidente Ezequiel”, un misterioso líder revolucionario que parece estar en todas partes y en ninguna a la vez, que ordena la muerte de alcaldes y otros representantes del gobierno central en pueblos apartados y cuyos seguidores cuelgan perros muertos de los postes, con carteles en los que mediante aforismos se anuncia la caída del régimen.

A pesar del cuidado que tienen los realizadores para no mencionar el nombre del país donde está ubicada la película, cualquiera que esté familiarizado con la forma de actuar de la organización maoísta Sendero Luminoso podrá adivinar que se trata del Perú. Además de los métodos empleados por los seguidores de “Ezequiel”, Sendero de Sangre incluye diálogos en quechua e imágenes que irremediablemente remiten al tristemente célebre Abimael Guzmán, cuyo mesianismo y sed de sangre le permitía sacrificar la vida de niños, jovencitas y de aquellas personas culpables sólo de encontrarse en el lugar donde él había ordenado que se colocara una bomba. Al parecer, los distribuidores mexicanos consideraron insuficientes estos indicios y, con su acostumbrada obviedad, optaron por el título actual.

Justo es señalar que la novela del británico Nicholas Shakespeare, que él mismo se encargó de adaptar al cine, tenía esta misma característica. En cierta forma, esto sirve para darle una mayor relevancia a la historia. Al no especificar el lugar en el que suceden los hechos, la película sirve para recordarle al espectador que esto podría suceder casi en cualquier lugar de América Latina. Todos las circunstancias que han afectado a la región se encuentran ahí: la violencia omnipresente e interminable, el militarismo, la miseria de las grandes masas, las desapariciones, la falta de garantías individuales, la existencia de diferentes facciones que persiguen sus propios intereses – en cierto momento, el superior de Rejas se queja de que no saben si “Ezequiel” es parte del ejército, de los narcotraficantes, de los comunistas o de las organizaciones estudiantiles – y, por supuesto, la amenaza siempre latente de que se desate una revuelta popular que arrase con todo.

El mayor acierto de la cinta es precisamente esta sensación de peligro inminente que rodea a los personajes. Cuando los seguidores de “Ezequiel” se las ingenian para darle muerte a un ministro, el Capitán Rejas se encuentra con que el ejército ha recibido órdenes de participar en la búsqueda del líder rebelde, por lo que cada una de sus acciones es supervisada por la inteligencia militar. Para el protagonista, esto significa que debe desconfiar hasta de su propia sombra, y tal vez esta situación, aunada a la falta de interés que muestra su esposa por cualquier cosa que no esté relacionada con su círculo social, es lo que lo lleva a involucrarse sentimentalmente con Yolanda (Laura Morante), la maestra de ballet de su pequeña hija.

En mi opinión este es el aspecto menos interesante de Sendero de Sangre. Mientras que los efectos que la lucha guerrillera tiene en la vida cotidiana están bien plasmados por Malkovich, a quien no le tiembla la mano a la hora de mostrar las consecuencias de la violencia, el romance entre Yolanda y Rejas nunca adquiere la fuerza que debería tener dentro de la película. Incluso esto afecta el desarrollo de la historia, ya que las acciones de Rejas en el epílogo de la cinta parecen ser contrarias a lo que el personaje había dicho y hecho previamente. Quisiera aclarar que el responsable de esto no es Javier Bardem. Por el contrario, la interpretación de Bardem hace de Agustín Rejas un personaje contradictorio, que puede ser un hombre que está dedicado a su familia y que al mismo tiempo mantiene relaciones con otras mujeres o un agente de un gobierno corrupto que trata de evitar a toda costa que sus superiores actúen fuera de la ley, lo que siempre será más interesante que los supermanes que Hollywood no se cansa de fabricar.

El resto de los actores cumplen adecuadamente con su labor, ofreciendo momentos cómicos junto con el dramatismo que el guión les marca, pero la decisión de formar un elenco a base de actores españoles y latinoamericanos en una película hablada en inglés en ocasiones afecta el trabajo de los mismos. Han sido varios los críticos angloparlantes que se han quejado de que por momentos los diálogos son incomprensibles y tienen toda la razón. En varias escenas tuve que leer los subtítulos para enterarme de lo que estaban diciendo los personajes. Esto se explica por las dificultades que tuvo Malkovich para hacer realidad este proyecto.

El actor y director debutante ha explicado que le tomó alrededor de siete años llevar la novela de Shakespeare al cine. Malkovich descubrió el libro en 1995, mientras se encontraba filmando en Polonia, gracias a una pequeña nota en el periódico y cuando tuvo la oportunidad de leer la novela decidió de inmediato trasladarla a la pantalla. Tras fracasar en su primer intento, gracias a la falta de profesionalismo de una compañía distribuidora inglesa, Malkovich se vió obligado a buscar financiamiento por otros medios. Finalmente lo encontró en la persona del productor español Andrés Vicente Gómez. Aunque la relación entre los dos hombres no siempre fue cordial, el proyecto empezó a filmarse en mayo de 2000 con locaciones en España, Portugal y Ecuador, con un equipo técnico y artístico que incluía españoles, portugueses, ecuatorianos, italianos, ingleses, alemanes, belgas, mexicanos y estadounidenses.

Por último, Malkovich tuvo que enfrentar circunstancias imprevistas durante el rodaje. Varios integrantes del staff tuvieron que abandonar el proyecto debido a tragedias familiares y hubo también contratiempos menos lamentables. Uno de los más curiosos fue que debido a una deficiente planeación el equipo técnico llegó a filmar a Ecuador sin que la compañía productora hubiese depositado los fondos necesarios, por lo que Malkovich en persona tuvo que recorrer los cajeros automáticos de Quito, retirando la cantidad máxima en cada uno de éstos (unos 40 dólares), para poder cubrir los gastos durante los primeros días de rodaje en esa ciudad.

Espero que todos estos problemas no hayan convencido a Malkovich de que lo más conveniente para él sería dedicarse de lleno a la actuación. Si bien Sendero de Sangre tiene algunos defectos que la hacen menos efectiva de lo que podría ser, la primera obra de Malkovich como director es lo bastante interesante para suponer que puede desarrollar una carrera tan notable detrás de las cámaras como la que ha tenido hasta el momento frente a los reflectores.

SENDERO DE SANGRE
(The Dancer Upstairs)
Dirección: John Malkovich; Guión: Nicholas Shakespeare, basado en su novela; Producción: Andrés Vicente Gómez y John Malkovich; Fotografía: José Luis Alcaine; Música: Alberto Iglesias y Pedro Malgheas; Edición: Mario Battistel; Con: Javier Bardem (Agustín Rejas), Juan Diego Botto (Sucre), Laura Morante (Yolanda), Elvira Mínguez (Llosa), Alexandra Lencastre (Silvina), Oliver Cotton (Merino), Luis Miguel Cintra (Calderón), Javier Manrique (Clorindo), Abel Folk (Ezequiel)
España – EE.UU., 2002

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