La pianista (La pianiste)
Por: Alfonso Reyes Santa Anna
Bajo la óptica del último film de Michael Haneke La Pianista (La Pianiste) se nos presenta un atisbo al extraño mundo de las perversiones sexuales, a través del solitario personaje de Erika Kohul, despiadadamente interpretada por Isabelle Huppert, una maestra de piano virtuosa en su arte pero de conducta abyecta, capaz de desenvolverse naturalmente en ambientes refinados y descender sin remordimiento alguno a ambientes sórdidos. Es esta una historia de dominación y humillación, de sufrimiento y placer, de soledad y represión sexual. Pero es ante todo una sorprendente caja de Pandora para el espectador común, quien será testigo de los atavismos de esta singular pianista. Para los conocedores de la psicología representa, además, un portarretrato tremendamente real de las desviaciones humanas.

Erika es una mujer madura, pequeña, delgada y adusta que vive con su madre -magistralmente personificada por Annie Girardot- en un pequeño departamento en Viena. Maestra de piano de profesión y voyeurista por afición. Su relación con su madre es simbiótica, de dependencia mutua, de amor y odio; duermen en la misma cama a pesar de tener dormitorios separados, pero prefieren compartir el lecho para recriminarse, pelearse y perdonarse una a la otra. Se odian pero se necesitan, se complementan como madre dominante e hija sumisa, pero en Erika existe la paradoja de ser sumisa en casa pero absolutamente dominante fuera de ella, al grado de causar daño emocional y físico a ella misma y a sus alumnos, sin intimidarse ni titubear siquiera, siempre con rostro huraño, mirada fría, labios apretados, comportamiento soberbio y sentimientos encontrados.
La ignominiosa vida de la pianista transcurre en sus selectas clases del conservatorio de música, donde es una de las maestras más cotizadas y exclusivas, y en sus correrías nocturnas en donde visita cabinas pornográficas y autocinemas en su afán promiscuo de observar actividad sexual y tener contacto con fluidos corporales. Nada la detiene, nada la avergüenza, a pesar de ser plenamente identificada en semejantes situaciones, ella continúa recreando su perversión con una tenacidad inaudita, llegando a la crueldad descarnada. Esto es sólo el principio, el modus vivendi del personaje principal, la caja de Pandora aún no ha sido abierta, los fetiches que moldean sus fantasías están aún en espera de ser invocados y salir.
El conflicto y la evolución de la psicopatía de Erika empieza con la aparición del estudiante Walter Klummer, caracterizado por Benoît Magimel, que a toda costa desea entrar en la vida de Erika, sin sospechar el monstruo que despertará en ella y las sensaciones que él mismo experimentará a lo largo de la corrupción que ambos ejercerán. Al principio la pianista exhibe un rol sexual dominante ante su alumno, inflige humillación, incita para después desdeñar, pone reglas y amenaza, lleva las situaciones al límite y justamente ahí se detiene, para acrecentar el malsano deseo y mantener su posición de poder. Pero lo que no se atreve a pronunciar siquiera lo escribe en una carta que dará una vuelta de tuerca a su posición, en espera que el largamente esperado pretendiente satisfaga sus más aberrantes deseos. Lo demás habrá que verlo para no traicionar los insólitos sucesos que hacen de La Pianista una cinta excepcional para los fuertes de espíritu.

La pianista recorrió el mundo causando una ola de reacciones angustiosas, desde gente que abandonó la sala huyendo del fuerte contenido hasta la protesta por medio de críticas mojigatas de los ultra conservadores. Arrasó con la premiación de Cannes en 2001 y provocó exasperantes movimientos de censura; en Estados Unidos se rentó en videoclubes con la desaparición de la muy comentada escena de automutilación genital, en algunos países esta prohibida y en otros se exhibió con una muy pobre traducción aunada a la censura de ciertas escenas. En esta cinta, basada en la novela homónima de Elfriede Jelinek, las palabras tienen un peso y un matiz especifico en el comportamiento de sus personajes, especialmente el de Erika, quien utiliza un amplio rango idiomático, resaltando así lo brillante de su discurso con lo abyecto de sus actos.
En el terreno psicológico, Erika refuerza el prototipo de que las personas solitarias son propensas a las perversiones, basta recordar que los asesinos más fríos han sido personas terriblemente solitarias, algunos con manejo de lenguaje excepcional y mente brillante pero todos con la apariencia de una persona inofensiva, introvertida. En términos de psicología, la introversión se caracteriza por su indiferencia hacia las personas y por la forma negativa en que se expresa de los sentimientos en general. Esto encaja perfectamente en la persona de Erika, cuyo complejo personaje de la pianista, nos muestra a una mujer que rebasa y desafía los límites de la conducta permitida por la sociedad contemporánea.
Enfatizar sólo sus preferencias sexuales sería superficial, limitaría la comprensión de su conducta, quedando la apreciación en una mera apariencia superficial. Hay otros elementos en su personalidad que están ocultos tras la máscara de la depravación sexual, dado que aparecen otros contenidos de su personalidad más fuertes y significativos, que nos muestran su incapacidad de vivir una vida por sí misma. Su deseo de morir supera en mucho su deseo de vivir. No consigue sujetarse a la vida a través del amor ni de la música. La relación con Walter apresura un final que ella presentía y pareciera haber adivinado al conocerlo. Lo que resulta contundente, es que ella esperó pacientemente por un hombre que le hiciera revelar su verdadera naturaleza; como una flor venenosa en espera de ser descubierta.

Michael Haneke confirma con La Pianista su habilidad para la descripción emocional de los personajes, no en balde estudió en su juventud la carrera de Psicología, cuyo dominio demostró con la película de Juegos Divertidos (Funny Games) con la que asombró al mundo entero por el aséptico manejo de la crueldad. Técnicamente La Pianista sigue los lineamientos de la escuela germana, con iluminación fría y el uso extensivo de claroscuros que contrastan fuertemente con la acción de los protagonistas. Está musicalizada por selecciones de Schumann y Schubert, resaltando el uso de la música para evidenciar atmósferas, aún de manera irreverente como el plano secuencia que va desde la proyección pornográfica hasta la ejecución formal de piano.
El final de La Pianista es abrupto, en la mejor tradición del neorrealismo, dando pie a numerosos comentarios por parte de la audiencia sobre el destino de Erika. La película funciona gracias al trabajo histriónico, sobresaliendo el desempeño de Huppert, al introspectivo guión y a la acertada dirección de Haneke. Como buen cine europeo se desarrolla lentamente, sin el frenesí de las producciones de Hollywood, pero ofrece un detallado retrato de la abyección y su paralelismo con la perversión. Sin duda una buena opción para quienes gustan del drama psicológico.
LA PIANISTA
(La Pianiste)
Dirección: Michael Haneke; Guión: Michael Haneke, basado en la novela homónima de Elfriede Jelinek; Productor: Alain Sarde; Fotografía: Christian Berger; Música: Selección de piezas de Schumann y Schubert; Edición: Monika Willi, Nadine Muse; Elenco: Isabelle Huppert (Erika Kahut), Benoît Maginel (Walter Klemmer), Annie Girardot (madre), Anna Sigalevitch (Anna Schober), Susanne Lothar (señora Schober), Udo Samel (doctor Blanskij)
Austria – Francia, 2001. 130 min.
Participaciones: Festival de Cine de Cannes (Gran Premio del Jurado, Premio a Mejor Actor -B. Magimel – y Premio a Mejor Actriz -I. Huppert-), Francia 2001; Festival Internacional de Seattle (Premio a Mejor Actriz -I. Huppert-), Estados Unidos 2002.
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