Revista Cinefagia

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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

El rey del tomate

Por: Montgomery Guillaume Frankenheimer van der Beck

En El Rey del Tomate, película de 1962, Eulalio González Piporro se estrena como escritor de sus propias cintas -habrían de pasar todavía siete años para que debutara también como productor y director- con argumentos obviamente realizados para su lucimiento personal, con todas las virtudes y defectos que eso pudiera significar.

Sin embargo, resulta sorprendente que más allá de servirse a sí mismo de manera ególatra, el Piporro escritor se preocupe por encadenar en una misma historia los tics recurrentes del norteño emprendedor, honesto y decidido que ya venía desarrollando en doce años de actuación -debuta en 1950- con un discurso de auto superación social y económica, sin dejar de lado la realización sentimental, y cabría decir que lo consigue de manera atinada.

Miguel M. Delgado -quien fuera el director de cabecera de Cantinflas- dirige esta cinta, que presenta el rápido ascenso y caída de Librado, rancherote productor de tomate que viaja a la capital en busca de vender su producto, pero que habrá de enfrentarse a la cerrada economía de la oferta y la demanda al darse cuenta que los puesteros del mercado están sometidos a un monopolio distribuidor, a una mafia de golpeadores que les venden “protección” y a los inspectores de mercados, que ya se saben corruptos por antonomasia.

Pero hay algo en Librado que le obliga a seguir adelante: el espíritu de triunfador, las ganas de comerse al mundo como si fuera uno de sus tomates. Para lograrlo trae del rancho a quien será su brazo derecho y personificación de su conciencia, su tía Milagros, una vieja bruja -literalmente- personificada por la siempre efectiva y divertida Emma Roldán. Entre los dos hacen de su puesto bautizado El Tomatazo el más redituable en el mismo mercado del que antes había sido rechazado, instaurando con él varias sucursales. Primer síntoma de valentía que habrá de convertirse en momento cíclico y representativo del valor de Librado: allí donde fue rechazado y expulsado, habrá de establecer su feudo, una cadena de puestos que lo erigen rápidamente en el Rey del tomate.

Como en todo reino, hace falta una soberana y no existe tal en la vida de Librado, por lo que debe de recurrir a buscar novia por correspondencia, conociendo así en una cita a ciegas a Silvia, una chica de sociedad aburrida de la vida y de sus estirados pretendientes. El tomatero, acostumbrado a piropear a sus clientas y cantarles coplas picarescas, no sabe comportarse ante ella, y frustrado habrá de sentirse menos, tirándose a la borrachera.

Sin embargo la película gira por el camino del discurso de mejora personal y escalada social. Silvia decide hacer del brutote tomatero un hombre de sociedad, es decir, no le pareció feo y si bastante divertido, por lo que decide “fabricarse” un hombre a su altura. El mito de Pigmalión vuelto al revés.

Librado parece perder piso, enloquecido por la endina riquilla que sólo juega con él sirviéndose del experimento para presumir con sus amigos, todos ellos una bola de juniors mentecatos. El colmo se sucede cuando en una fiesta en la residencia de ella Librado sólo sirve como foco de humillaciones. Únicamente don Cosme, el padre de la chica, sabe que las cosas no van bien y se lo recrimina a su hija, confesándole que para llegar a millonario y darle la buena vida que acostumbra, tuvo que empezar desde abajo, partiéndose el lomo igual que Librado.

Nuestro Rey del tomate ya ha cambiado de ropa, de modales y hasta de manera de hablar. Descuidó su trabajo y ahora está endeudado. Lo ha perdido todo y la única que parece preocuparse es su tía, que recorre todas las cantinas de los alrededores hasta encontrarlo para obligarle a empezar de nuevo. Con esa motivación Librado ingresa al mercado de manera humilde, cargando una caja de tomates en su espalda, saboreando la sencillez del trabajo honesto y la amargura del que sabe que erró el camino.

Su nueva entrada en el mercado cierra un círculo: si con la primera logró alcanzar la solvencia económica, con este segundo reingreso alcanzará la solvencia moral, aquella que le enseñará a levantarse de nuevo después de un descalabro, esta vez con el alma curtida. Pero el Piporro argumentista se permite además un lujo final: la joven rica se ha dado cuenta que en Librado encontró lo que ninguno de sus refinados pretendientes le ofreció: hombría y una visión sencilla de la vida.

Finalmente juntos habrán de enfrentarse a la vida que el destino les depare, resultando bastante significativa la escena final en el interior del mercado, que intencionalmente presenta a Librado vestido de smoking -algo desarreglado después de la borrachera- y a Silvia de tomatera componiendo el puesto. Velada alusión al intercambio y aceptación de sus nuevos roles sociales, pues suponemos que ni ella renunciará a sus comodidades ni él a su profesión, conformando una mixtura en la que ambas clases sociales se complementan, permutan, aceptan y toleran; ambos dispuestos a recuperar el feudo que alguna vez perteneció al Rey del tomate.

EL REY DEL TOMATE
(El Rey del Jitomate)
Dirección: Miguel M. Delgado; Guión: José María Fernández Unsaín, basado en un argumento original de Eulalio González Piporro; Productor: Pedro Galindo; Fotografía: Rosalío Solano; Música: Manuel Esperón; Edición: Jorge Bustos; Con: Eulalio González Piporro (Librado), Luz Márquez (Silvia), Emma Roldán (tía Milagros); José Jasso (Chema), Antonio Bravo (don Cosme), Lucila González (Domitila)
México, 1962. 95 min.

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