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En el país de los cinéfilos, el cinéfago es rey

Buscando a Nemo (Finding Nemo)

buscando-nemo-poster1Por Montgomery Guillaume Frankenheimer van der Beck

Desde hace ya algún tiempo los estudios Disney se han visto en serías dificultades con sus productos. Las cintas de “acción viva” cada vez resultan más anodinas, y salvo contadas excepciones, sus nuevos filmes en animación tradicional, parecen no haber captado muy bien el gusto del público. Es por eso que su asociación con los estudios Pixar se ha convertido en un negocio muy lucrativo.

Especialistas en la animación por computadora, Pixar – ganadora ya de premios Oscar por sus cortos animados – es la responsable de Toy Story y su secuela; también lo es de Bichos y por supuesto de la entrañable Monsters, Inc., indudables éxitos de taquilla solamente superados por esa joya llamada Shrek – producción del emporio Dreamworks ganadora del primer Oscar en la historia otorgado a Largometraje de Animación -. La apuesta de Pixar-Disney para este verano del 2003 responde al título de Buscando a Nemo y es el cuarto largometraje del convenio firmado entre ambas compañías que los compromete a producir de manera conjunta cinco filmes, sin contar secuelas de títulos originales, como es el caso de Toy Story 2.

En esta nueva aventura computarizada contamos con un escenario tan gigantesco como majestuoso: el océano. Allí se desarrolla la aventura de Marlin, un pez payaso víctima de una traumática experiencia que le lleva a perder a su esposa y a la camada de huevecillos de los que es padre, y de los cuales sólo logra salvar a uno, de donde nacerá Nemo.

De entrada, el prólogo de esta historia juega con la emotividad al presentar el contexto de una familia feliz desintegrada de manera brusca, por lo que desde la primer secuencia se apela a la sensibilidad del espectador, que se supone está conformado mayoritariamente de infantes. Pero no nos dejemos engañar por el prejuicio que supone la etiqueta de “película infantil”. Si algo distingue a los filmes de Pixar del resto de las producciones de este corte – como las producidas por Nickelodeon – es que el discurso desarrollado a través de sus historias se abre en un abanico de interpretaciones capaz de mantener alerta también a los adultos.

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La relación de los personajes niño-adulto se encuentra perfectamente diseccionada en el guión y mostrada en la pantalla, y para ambos públicos van dirigidos mensajes a diferente escala. Si en Monsters, Inc. la relación afectiva que se establece entre Sully y Boo da pie al florecimiento de sentimientos de amistad y sobre todo confianza mutua, estas emociones no son menores en Buscando a Nemo.

Debido a la tragedia familiar, Marlin se ha convertido en un padre sobreprotector -invirtiendo el papel, por lo regular asignado a la madre- temeroso de la suerte de su hijo, que por cierto cuenta con un impedimento físico: tiene una aleta más corta que otra, lo que le impide ser un buen nadador. La poca confianza que Marlin tiene en sí mismo la proyecta sobre Nemo, quien cada vez se harta más de no poder jugar como cualquier pez-niño de su edad, lo que además le hace foco de las burlas.

Un acontecimiento inesperado provoca que un buzo humano capture a Nemo ante la mirada impotente de su padre. La reacción inmediata hace a Marlin olvidar sus temores y recorrer el océano sorteando los peligros que eso conlleva, iniciando una serie de aventuras en las que se verá acompañado de Dory, una desmemoriada pececilla. Juntos recorrerán los misterios del mar en su viaje rumbo a Australia, lugar donde Nemo se encuentra cautivo en compañía de peces de otras especies, a los que pronto tiene oportunidad de demostrar su carácter osado, sorprendiendo incluso al viejo Gill, líder moral y guía de la pecera.

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La separación forzada templará el carácter del padre y el hijo, e impondrá una meta a conseguir: reunirse nuevamente. Ambos personajes encuentran en el amor filial la mas poderosa de las fuerzas para sortear sus respectivos destinos y cambiarlos. Así, el mensaje para los padres de familia se dirige hacia la confianza depositada en sus vástagos, la que no debe estar condicionada por los miedos personales, cuya peor válvula de escape es la proyección en los infantes.

Para los niños, nada mejor que reforzar el sentimiento de amor a sus padres, inculcándoles a no crecer cargados con complejos de impedimentos físicos, sembrando además la semilla de la solidaridad y el trabajo conjunto en busca del bien común. Sobra hacer mención del evidente contenido ecologista que se enfoca a condenar el cautiverio de las especies animales, además de impulsar la convivencia y la tolerancia entre grupos multirraciales, si queremos leer así la amistad entre las distintas especies de seres marinos -tiburones abstemios incluidos-, tantas y tan variadas como las de humanos que podemos encontrar en cualquier ciudad cosmopolita.

Con Buscando a Nemo, los estudios Pixar entregan nuevamente un producto redondo, adecuado a los nuevos tiempos sociales y a los nuevos niños, que ya no se conforman con ver animalitos que cantan alegremente y sin parar a lo largo de todo el metraje -de hecho no existe un sólo número musical-, por el contrario, sabe tratarlos como lo que siempre han sido: personas inteligentes, pero en tamaño pequeñito.

BUSCANDO A NEMO
(Finding Nemo)
Dirección: Andrew Stanton y Lee Unkrich; Guión: Andrew Stanton, Bob Peterson y David Reynolds, según el argumento original de Andrew Stanton; Producción: Graham Walters; Fotografía: Sharon Calahan y Jeremy Lansky; Música: Thomas Newman; Edición: David Ian Salter; Voces originales: Albert Brooks (Marlin), Ellen DeGeneres (Dory), Alexander Gould (Nemo), Willem Dafoe (Gill), Brad Garrett (Bloof), Allison Janney (Peach), Barry Humphries (Bruce).
Estados Unidos, 2003.

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