150 años sin Mary Shelley
Posted by Revista Cinefagia on 9/08/03 • Categorized as Cinembargo Se Mueve
Por José Antonio Valdés Peña
Montañas majestuosas, una vista al lago Leman, espectaculares tormentas eléctricas. Esa imponente naturaleza rodea una cabaña a las afueras de Ginebra, Suiza. Ahí se hospedan un grupo de amigos con la única intención de disfrutar un apacible veraneo; entre ellos está el poeta Lord Byron, el doctor John Polidori -compañero de viajes del escritor- y el matrimonio formado por el también poeta Percy B. Shelley y su muy joven esposa Mary. Al calor de sesudas discusiones sobre las teorías sobre la electricidad de Franklin, la resucitación por medio de impulsos eléctricos, y la lectura de cuentos de fantasmas germanos, Byron convoca a un improvisado concurso literario: escribir, en una noche, la más aterradora historia de terror jamás contada. Esa noche de 1818, bajo la centelleante luz de los relámpagos, Mary vio entre sueños la imagen de un joven estudiante de medicina que permanecía arrodillado, exhausto ante su creación, un cuerpo humano formado por partes de cadáveres, que después de pasar por una compleja maquinaria, cobró vida agitando sus miembros y abriendo torpemente sus tristes ojos ambarinos…
Titulada Frankenstein, o el moderno Prometeo y publicada por primera vez en 1818 de manera anónima (el nombre de su autora se conoció hasta la edición de 1823), narraba la historia de una ambición: competir con Dios, crear una vida que no corresponde, y sufrir las consecuencias. El capitán Walton, aventurero incansable, desea conquistar el Ártico; su barco queda atrapado por el hielo, y en el paisaje helado descubre a un hombre que persigue una extraña figura que corre entre las nieves.
El marino da posada al extraño, y de una novela epistolar (Walton guarda sus experiencias en un diario), pasamos a la narración en primera persona del extraño, de nombre Víctor Frankenstein, un brillante estudiante de medicina que da vida a un ser humano artificial con partes de cadáveres y estimulación eléctrica; el resultado es una abominación, a la que abandona a su suerte. Cuando su hermano menor es asesinado, la niñera, acusada del homicidio, es ejecutada. Víctor sube a las frías montañas de Los Alpes para enfrentarse a su creación, que a su vez, narra su peregrinar: rechazado por los hombres, se refugió en el sótano de la humilde choza de una familia campesina, donde aprende a hablar, leer y escribir. Conociendo su nefasto origen, busca a su creador para demandarle una compañera que comparta su soledad; aunque acepta la afrenta, Frankenstein teme la propagación de la nueva especie, y destruye a la inconclusa nueva creación. En venganza, la Criatura asesina durante la noche de bodas a Elizabeth, prometida de Víctor, en su propio lecho, iniciando así la eterna persecución.
Tomando mitos clásicos, como Prometeo (escultor que roba la luz al sol para dar vida a su creación, y que es castigado) y El Golem (criatura hecha de arcilla, a la que un rabino dio la vida para defender a la comunidad judía de Praga), Mary Wollstonecraft Shelley unió el horror y la ciencia-ficción con el tema de la obsesión y sus nefastas consecuencias. Perseguida eternamente por la muerte, que se llevó a su madre -pionera activista por los derechos de la mujer- pocos días después de su nacimiento en agosto de 1797, quedó al cuidado de su padre, el escritor William Godwin, espíritu rebelde admirado por su visión crítica de la realidad inglesa de la época.
Mary, ya adolescente, era una chica con una cultura muy superior a las muchachas de su edad, y tras conocer al poeta Percy B. Shelley, se hace su amante. Él, ya casado y padre de una niña, fue blanco de serias críticas por parte del conservadurismo inglés, y padeciendo pobrezas varias, la pareja buscó refugio en Francia, Suiza e Italia, intentando alejarse del temperamento británico. La muerte la sigue de cerca: muere su media hermana, la esposa de Shelley perece ahogada en un accidente, su primer hija con el poeta fallece a los pocos días de nacida. En plena era del romanticismo, de la exaltación de los sentidos, de imponer la pasión a la razón por medio de la poesía y el arte en general, por medio de atmósferas góticas, nocturnas, Mary W. Shelley escribe una obra espeluznante, poética, llena de vida, y a la vez, triste y melancólica. Parece que con su muerte, acaecida en 1851, su Criatura cobró vida infinita.
Aunque hay una versión fílmica firmada por la Compañía Edison en 1910, en la que el monstruo brotaba de un caldero, el padre fílmico de Frankenstein fue James Whale, sensible cineasta británico, que inspirado en el expresionismo alemán -cine de luces y sombras- filma una primera versión de la novela en 1931, Frankenstein, con Colin Clive como el atormentado científico, y el inolvidable Boris Karloff, que sometido al clásico maquillaje de Jack Pierce, con su costura en la frente, tornillos en el cuello, semblante triste y cabeza casi cuadrada, será la imagen más popular del monstruo.
El éxito motivó una secuela, La Novia de Frankenstein (1935) en la que Whale superó su obra anterior, con apuntes fantásticos (como el malvado doctor Pretorius, y sus hombrecillos artificiales encerrados en frascos) y momentos conmovedores (la decepción de la Criatura ante el rechazo de su compañera recién creada, interpretada por Elsa Lanchester). De la poesía de Whale en la Universal a la británica Hammer que retomó -en color y con violencia explícita- al personaje, hasta parodias inmundas y películas porno, además de una versión muy apegada a la obra original en su espíritu y atmósfera que Kenneth Branagh dirigió en 1994, interpretando él mismo al atormentado Víctor Frankenstein y con Robert De Niro como el monstruo. Creador y Criatura, Dios y su ángel caído, figuras que seguirán persiguiéndose hasta la inmortalidad en futuras obras fílmicas.
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